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Columnistas

¿Y vos para cuándo?

Chicas en salidas de chicas, donde se mezclan tragos y el plato de todos los días: los hombres.

Por Fernanda Nicolini

¿Cómo fue que quedé atrapada en este ping pong de preguntas y respuestas sobre programas infantiles? ¿Quién es la Doctora Juguetes? ¿Qué son los dibujos lisérgicos de Baby TV? ¿Por qué Bob el constructor es la receta perfecta para domar a niños hiperquinéticos? Estoy en el cumpleaños de una amiga a la que solo veo cuando cumple años y lo único que hice fue estirar el brazo para llegar al plato de quesos. No se puede desperdiciar una oportunidad de estar tete a tete con un Gruyere. Y acá me tienen, sonriéndole a dos chicas que también manotean el plato (¡queda un solo pedacito de Brie!) y que no sé por qué me acaban de incluir en el “Yo sé” del entretenimiento para niños.

-Al principio me resistía, con todo ese rollo de que no quería que Disney le colonizara la cabeza. ¿Pero qué hacés cuando el pibe está hace dos horas a los gritos y vos lo único que necesitás es meterte en la ducha un segundo porque el pelo te chorrea grasa?

-Y sí, nena, le enchufás lo que sea. Antes de clavarte un rivotril o de clavárselo a él, hacés un zapping rabioso hasta los canales infantiles y rogás que con alguno se calme.

-Y ¿vos? ¿Tenés chicos o preferís esperar?

Sí, esa pregunta es para mí. Es la variante copada de la pregunta inquisitiva de mi madre, o de las indirectas de mi tía que postea en mi muro de Facebook gatitos bebé, o del estilo descarnado de Mary, la del kiosco de la esquina, que el otro día tiró un ¿Y vos, linda, para cuándo? ¿O no servís?

-No, yo chicos por ahora no… Viste que con la ciencia, la nueva ley, eso del reloj biológico ya no corre tanto… –me escudo.

-Sí, totalmente. No sabés cómo te envidio. Mirá, oleme las manos: ¡no me puedo sacar el olor a hipoglós!

Dice una de ellas y me planta sus palmas a dos centímetros de mi cara. Podría ser algo violento, como cuando de chico te hacían el irritante “el aire es libre”. Pero enseguida me doy cuenta de que es madre y en eso reside, precisamente, el derecho a una mayor tolerancia. Esa mujer huele a culo de bebé, es cierto, y eso me llena de compasión. Y sé que mientras yo me clavo tres capítulos de House of Cards seguidos y estoy preocupada por el destino del vicepresidente de los Estados Unidos que no es otra cosa que un monstruo cínico, ella bañó, cambió y alimentó a un ser humano real, y volvió a cambiarlo, y lo alzó e hizo todo lo que tenía que hacer con ¿seis? ¿siete? ¿ocho? kilos en sus brazos.

-Disculpá –interrumpe la otra- pero te debe embolar escuchar conversaciones de bebés y todo eso, ¿no?

-No, no, para nada, si tengo sobrinos, y amigas con hijos y, la verdad, a esta edad es el tema… –digo en tono cómplice. Desde hace un tiempo, llegué a la conclusión de que si decís que los bebés te aburren, la gente te mira como si fueras mala persona. Casi como si dijeras que no te gustan los perros. Aunque creo que lo de los perros es peor. Ahí directamente te miran como si fueras gerente de Monsanto o alguna otra corporación anti-naturaleza.

-Entonces no te apures –me sugiere la que agarró el último pedazo de Brie. Lo dice bajito, como si estuviera traicionando a su propia clase. Y sigue: “Tener olor a hipoglós no es nada. Peor es tener la camisa vomitada y no darte cuenta. O salir a la calle con un pedazo de puré de calabaza en el pelo y que nadie te avise. Acordate lo que te digo: la maternidad es un ejercicio de supervivencia más allá de cualquier amor propio. ¿Querés que te muestre una foto de Milo?

Y acá estamos las tres, mirando fotos de Milo y de Benicia (¿de dónde sacan los nombres?), mientras decimos ay, qué lindos, y las tres coincidimos: Qué lindos por un ratito, y prometemos no decírselo a nadie.

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