Publicidad Bajar al sitio
Territorios

Y la nave va

Secretos y misterios de un viaje en barco lleno de ilusiones y trucos de magia para hacer que el pasajero se sienta en un verdadero parque de diversiones.

Por Javier Rombouts (enviado especial)
Fotos:Gentileza MSC

Ciertos libros leídos en la adolescencia marcan fantasías recurrentes. Si Dovstoieski y Tolstoi obligan a mirar a Dios, al héroe y a la estepa rusa de una manera distinta, Moby Dick llama a lanzarse a la mar en un barco. Así, en femenino: lanzarse a la mar. Algo parecido a un lento bote a China, como en ese tema que cantaba Ella Fitzgerald, casi meciéndose entre las olas, mientras la guitarra de Joe Pass marcaba el norte de los marineros. Lanzarse a la mar, que el agua se ocupe del destino.

Lo malo de ciertas fantasías es que no encuentran espacio en la agenda del siglo XXI. Y entonces ya nadie quiere llamarse Ismael, nadie quiere vivir sus aventuras y, menos aún, invertir los próximos meses de su vida en la búsqueda infructuosa de sí mismo. En todo caso, de usar ese nombre, será para ponérselo a un avatar en un juego sobre la búsqueda de sí mismo que saldrá para la próxima plataforma Play 4. Y justamente aquí, entre la próxima consola de Sony y la agenda del siglo XXI, es donde se ha establecido nuevamente una fiebre altamente contagiosa que muchos dieron por erradicada en la década del 70: los cruceros.

Los cruceros cumplen con algunas de las expectativas de los turistas de este nuevo siglo: tiene un alto grado de exclusividad y provee la adrenalina constante de ser siempre mirado. Sobre todo cuando el barco atraca en un puerto; sobre todo, como se verá, según los distintos niveles dentro del mismo barco. Supone una manera cómoda y confortable de traslado; establece un estilo de vida de diversión permanente; propone estadios de excitación y de relajación con muy poca distancia -física y espiritual- entre los extremos. Y ofrece todo el menú de un club Mediterrané pero dentro de un barco enorme, establecido en la mitad de ese lugar común que lo cosifica como una ciudad flotante.

CruceroEnumerado de este modo, suena horrible. Pero puesto en funcionamiento, se trata de un programa tan atractivo como adictivo: el 80 por ciento de los que realizan un crucero, reincide.

Esa fue una de las claves de la resurrección de este estilo de viaje que parecía perimido. Un estilo que retrata el punto extremo del turista que no tiene ningún rasgo de viajero. Se trata de alguien que prefiere ser llevado antes que asombrarse visitando un lugar impensado. Alguien que no cree en el verbo descubrir porque, con cierto escepticismo, sabe que todo ya está escrito, moldeado y estudiado en un focus group de márketing ad hoc. Alguien que disfruta de la repetición estética como si se tratara de una nueva droga de diseño.

Ahí están llegando desde Europa y Estados Unidos los grandes barcos. Ahí se posan en los puertos de Brasil, Argentina y Uruguay. Ocurre que este mes comienza la nueva temporada de viajes desde Buenos Aires a Río de Janeiro, pasando por Montevideo; tocando otras ciudades como Punta del Este, Buzios, San Salvador de Bahía. O, los más modestos, minicruceros que sólo involucran dos ciudades y un par de noches a bordo. O viajes que parten desde el puerto de Santos en Brasil y recorren toda la costa de ese país, hasta llegar a Recife o a Maceió. Todo eso, mientras se visita ese otro país de las maravillas que es el barco mismo. Todo eso, mientras se vive en un Titanic último modelo que ha tachado del menú la ingrata opción del iceberg.

Cuando se sube a un crucero ya no se espera encontrar un capitán Ahab ni mucho menos una ballena blanca porque, en rigor, el crucero en sí mismo es la ballena blanca.

O, dicho de otro modo, el objeto del deseo.

Tampoco se tiene la necesidad de escuchar la voz de Ella Fitzgerald. Ya no es importante el lento chap, chap, chap de la marea acunando la embarcación. La literatura y la música, en todo caso, están en otra parte: la primera, duerme en el bolso de mano, para las horas de pileta y la segunda en las bandas de covers que suenan en los infinitos bares del barco. Zarpemos.

CrucerosViaje a la ilusión

Cuando se habla de un nuevo resurgir de los cruceros, se habla en serio. La inversión para poner en el agua a un monstruo de estos tamaños es también monstruosa. Y no parece un mal negocio para las compañías navieras. Por caso, MSC aumentó para esta temporada 2013-14 su oferta de salidas de los puertos de Sudamérica en un 40 por ciento en relación con la temporada anterior. Y cada año esta compañía de capitales italianos trae un nuevo barco a recorrer las costas de Brasil, Uruguay y Argentina. Este año será el turno de Preziosa, decimotercer barco de la flota, que fue inaugurado en marzo y tendrá 21 salidas desde el puerto de Santos recorriendo hacia el norte las playas brasileñas.

Claramente, el negocio por el momento tiene todas las fichas puestas en el país de Lula. Incluso los mayordomos que trabajan en el área súper mega vip de estos barcos, conocida como Yacht Club, también la tienen. “Antes de 2008 nos convenía mucho más el verano europeo. Sobre todo por los turistas alemanes e ingleses. Pero a partir de la crisis, las mejores propinas se consiguen en los viajes por Brasil”, cuenta Lorenzo, guatemalteco, para más datos mayordomo en la zona más exclusiva del barco.

Detalle no al margen: en el Yacht Club cada cabina tiene un mayordomo personal que se ocupa de absolutamente todo: desde el traslado de las valijas al llegar hasta cualquier trámite que quiera hacer el pasajero durante su estadía: reservar entradas para el teatro, desempacar la valija, lustrar los zapatos, conseguir un desayuno a deshora. Las buenas costumbres estipulan que el pasajero le dará por día una propina equivalente al 10 por ciento del costo del pasaje en el Yacht Club. Estamos hablando de un ticket que ronda -según con la antelación que se haya comprado- entre los 4.000 y los 5.000 dólares. Estamos hablando de viajes que van de una semana a 9 días. Cada mayordomo tiene a su cargo unas 10 cabinas sobre un promedio de 70 que tiene el Yatch Club. La cuenta de las propinas que consigue cada mayordomo la hacen ustedes.

Es que este es el tipo de ilusión que brinda un crucero, al menos en los sitios más exclusivos: por unos días vivir como, ponele, un súper magnate o un jeque árabe. Y todo por unos miles de dólares.

Ahí hay piletas e hidromasajes sólo para estos pasajeros. Hay restaurantes que sólo pueden usar ellos. Hay bares y barras y spa y lounge exclusivos, así como prioridad de embarque y desembarque -aunque haya una fila de 500 personas adelante, así haya niños, ancianos o esté Madonna adelante, el que baja o sube primero es el pasajero del Yacht Club-. En el solarium privado hay más de tres o cuatro reposeras por turista. Y silencio y mozos que traen bebidas y platos gratuitos. Y siempre alguien dispuesto a solucionar cualquier incoveniente mayor o menor. Ahí, en el Yacht Club, la vida pasa más lenta.

CrucerosDivertite, es una orden

Cada barco tiene entre 15 y 18 pisos de altura. Los pisos superiores son para el ya mencionado YC pero de ahí para abajo hay miles de otros pasajeros. Para hacerse una idea, digamos que los barcos más chicos tienen unas 1.200 cabinas y albergan a unos aprox 3.500 turistas, como el Orchestra, que hará viajes desde Buenos Aires hasta el norte de Brasil. Los más grandes, como el caso del Preziosa, llevan a unos 4.400 pasajeros.

Después del YC, comienza una línea en bajada, más sutil pero evidente. Es cierto que el corte entre el YC del barco y el resto del pasaje es brutal. Pero después eso no disminuye: en todo caso, ya no hay tanta exclusividad, pero sí es bien distinto viajar en una cabina del piso 12, con ventana al mar que en una interna del 8vo. piso con un lindo espejo en la pared. Está claro: no valen lo mismo ni por asomo.

Donde el barco se democratiza es a la hora del sol y la piscina. Acá, si no se pertenece al YC, es importante llegar temprano para reservar reposera. Mucho más si se pretende estar en el centro de la acción, al borde del agua o cerca de los animadores que no paran -de verdad, ¡no paran!- de arengar a la gente. Clases de gimnasia, clases de baile, concursos permanentes, juegos, gags de humor, desfiles. Si es día de navegación full time, desde las 10 de la mañana aprox hasta la puesta de sol, hay uno o más de un animador sobre el escenario. A diferencia de la paz y el silencio del YC, en la cubierta de todos y todas, lo que vibra es el agite sin pausa. Llegar a la zona de piletas es enchufarse a un 220 violento que no disminuye de intensidad en ningún momento porque, además del animador o de los animadores, la música vía DJ suena sin misericordia. La diversión exaltada establece su regla máxima: no hay piedad.

Para los más chicos hay canchas de fútbol, o paredes ficticias que se pueden escalar, o espacios para adolescentes, o mesas de pool y ping pong, o máquinas de juegos muy años 80, o simuladores siglo XXI, o cine 4D. Para las parejas hay reposeras dobles y lugares alejados de la fricción de la alegría permanente. Para los grupos de amigos están los hidromasajes XL, donde fácil entran 12 personas. Todos obtienen lo que vinieron a buscar: días sin otra cosa que hacer más que divertirse a su modo, comer y beber -los pasajes suelen venderse con paquetes de bebidas y con todas las comidas incluidas-, tirarse al sol mientras el barco sigue su marcha imperturbable hacia el próximo puerto.

CrucerosLa noche eterna

La cantidad de bares y restaurantes en un crucero seguramente pueda cubrir el apetito y la sed de todos los piratas de la Isla Tortuga. Hay unos 14 bares por barco y unos 7 restaurantes que van desde los self service pasando por los italianos, los tex mex, los japoneses, hasta los exclusivos de los pasajeros VIP que suelen especializarse también en la cocina italiana, al menos en los barcos de MSC. En estos últimos, el servicio es digno de un restaurante que aspira al menos a una estrella Michelin: todo está cuidado al máximo, los platos, sin llegar a ser de cocina ultramoderna, suelen ser sabrosos y están muy bien presentados. La carta de vinos es corta pero seria, con vinos italianos, argentinos, chilenos, franceses y españoles. También tienen una selección de etiquetas carísimas que, por supuesto, no están incluidas en ningún paquete y deben pagarse aparte. Acá no hay tarjeta de pasajero VIP que los suprima a la hora de la cuenta.

Los bares tienden a ser temáticos, lo que tal vez no sea la mejor de las ideas. Los hay deportivos -incluyen camisetas de fútbol en vidrieras, grandes televisores pasando viejos partidos y así-, los hay neoyorquinos -o, al menos, lo que el diseñador del barco supone que es un bar neoyorquino-, los hay parisinos -se repite la consideración hecha sobre los neoyorquinos-, tex mex, para cultores de los autos, para cultores de los juegos, para románticos, para grupos, para malabaristas de la noche en busca de chicas o de chicos. También hay un bar para fumadores donde no sólo se permite encender un cigarrillo sino que se ofrecen las mejores etiquetas de whiskys, rones y tequilas, con habanos cubanos o dominicanos a elección.

Cada barco tiene su correspondiente disco y sus barras al aire libre para un temtempié de última hora o el trago final, antes de regresar al camarote. Pasa que los cruceros siempre tienen un sitio para cada estilo de vida: independientemente del viaje que propone hacia un territorio de ilusión constante, el éxito del plan consiste en no dejar de tener -valga la paradoja- los pies sobre la tierra. Por eso el casino está en la planta principal, junto al teatro -lujosos escenarios que pueden albergar un promedio de 1.200 espectadores- donde se pueden ver performances alla Circo Du Solei, con mucho de acrobático, baile, canciones y poco de textos para no complicarse con el idioma de ningún pasajero. No es lo mismo fuera del escenario: casi toda la tripulación habla perfectamente italiano, inglés, portugués y -menos- castellano. También en la planta principal está el free shop permanente y diario, donde se pueden adquirir desde juguetes para los chicos hasta réplicas del barco en el que se está viajando -juguetes para los grandes-, pasando por cigarros, relojes, perfumes, ropa, carteras, zapatos, bebidas alcohólicas y dulces surtidos. En las plantas principales también están las fastuosas escaleras -adornadas, con gusto al menos dudoso, con cristales de Swarovski- que comunican los dos pisos de shopping y diversión bajo techo.

Afuera, las fiestas nocturnas, los concursos, los bailes a medianoche sobre la cubierta, forman parte de la rutina. Para los que pretenden seguir bailando, está la disco. Para los que se sienten afortunados, está el casino. Para quienes se quedaron con apetito, está el restaurante con autoservicio. Para quienes buscan una última copa, están las barras, los bares y el frigobar. La noche no termina hasta que el crucero lo diga.

Escalas

Por lo general, los viajes que incluyen Brasil -que son casi todos- y duran una semana o más, tienen una parada de ida, otra de vuelta y el puerto de destino, como mínimo. Las paradas intermedias suelen ser playas que brindan comodidad y también cierto costado agreste. Pongamos Buzios, Maceió, Recife, Ilha Grande o Ilhabela como las principales candidatas. Y una ciudad destino: Río de Janeiro, Salvador de Bahía. En las playas, se trata de pasar el día. En las ciudades destino, el tiempo de estadía del barco se duplica.

Acá se puede optar: hay excursiones programadas por el mismo crucero -una manera de no perder nunca durante el viaje la actitud turista- o se puede probar con establecer agenda propia. En rigor, la mejor opción se presenta en un mix: para las playas, agenda propia; para las ciudades, tour. Incluso, hay una tercera opción: quedarse en el barco como si fuera el único país que se quiere conocer. “A Salvador vinimos mil veces, a un crucero es la segunda vez. Nos quedamos en el barco”, le dice en el lounge del YC una pareja paulista a otra, mientras piden un par de copas de vino blanco y se sirven un pre-almuerzo a base de pescados. Ellos no van a bajar y no son los únicos. De todos modos, la gran mayoría hace filas eternas para descender del barco, ya sea en los botes -en las playas- o a través de las explanadas, en las ciudades. Salvo los pasajeros del YC, esos no necesitan hacer ninguna fila.

Abajo, en tierra firme, comienza otra forma del viaje: la ciudad o la playa están esperando ansiosos el arribo de cada crucero. Y es entendible: en un análisis mínimo, se trata de una catarata de turistas con suficiente dinero en las billeteras como para consumir desde comidas y bebidas hasta souveniers varios. En Salvador, el Pelourinho -el barrio típico en la parte alta de la ciudad- se prepara como para los carnavales: el número de turistas que por tour o por su cuenta pasea por sus calles, lo justifica.

Es la hora de las fotos, de visitar las iglesias, de comprar en el mercado de la parte baja, de comer en alguno de los muchos comederos de menú fijo que hay entre tantas casas de colores, de pensar que los dioses efectivamente viven en Bahía.

Hay visitas diurnas y nocturnas: cenas con shows preparadas por el sistema de tours tanto en Salvador como en Río. Entonces, se entienden las tanguerías for export de Almagro y Puerto Madero: cada ciudad repite el mismo, exacto, salto mortal frente a los turistas. Y todos aplauden la prueba de circo, aun sabiendo que poco tiene que ver con la realidad.

Ultima parada

Desembarcar, finalmente, es dejar un estilo de vida. Abandonar un país donde se vivió de un modo poco habitual durante algo más de una semana. Y, de alguna manera, es también entender por qué muchos pasajeros vuelven a contratar otro viaje como este, en la misma compañía de cruceros o en otra.

Es que el sistema tiene mucho de adictivo. No pide en exceso -más allá del precio del ticket- y ofrece todo lo que tiene: desde un confort de primera línea hasta una atención permanente. No hay sorpresas, seguro. Todo lo que se imagina que puede dar un barco de lujo estará presente. Y sólo cambiará a partir del precio del boleto. Pero tampoco hay sobresaltos: no existen malos entendidos, problemas con el idioma, errores en la factura final, destrato en ningún momento del viaje. Y en esa cuenta de sumas y de restas, muchas veces el sistema crucero sale favorecido.

En todo caso, los sueños adolescentes surgidos de lecturas afiebradas no dirán presente. Pero eso no impide mirar con cierta nostalgia a ese barco enorme y blanco que queda detrás. No impide recordar el silencio exclusivo del YC y el agite constante de los animadores en la zona de piscinas. Y al capitán del barco aseverando: “El mar es neutral”, para establecer esa sensación de país propio, donde todo lo que ocurra jamás bajará del barco. Y los distintos bares y restaurantes. Y la música atronadora de la disco.

Desembarcar es dejar un país llamado crucero: una suerte de Disneylandia sobre el agua. Y más allá de que no se sea fan de Mickey y los suyos, cualquiera se va un poco triste de un parque de diversiones fabuloso. Así se desciende de un crucero, como extrañando.

×