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¡Wake Surf!

Hijo directo del surf, el deporte que se convirtió en la disciplina estrella de ríos y lagos.

Por Marina Agra
Juan Carlos Casas

El agua es una fuente de posibilidades. Esto es innegable: cubre el 71 por ciento de la superficie de la Tierra y el 65 por ciento de un cuerpo humano adulto. Se trata de una necesidad vital, una presencia absoluta transportadora de millones de dolares al año y es, a su vez, ingobernable: la contenedora de universos desconocidos –incluso inexplorados– y significa, para muchos, sinónimo de deporte, aventura y diversión.

Si se piensa en disciplinas acuáticas lo primero que aparece en mente es el surf. Y esto no es una casualidad ni producto del buen márketing. Este deporte es el padre de muchos otros que se practican sobre tablas y que fundamentalmente a partir de la década del 90 fueron ganando atletas y amateurs a lo largo del mundo. Uno de esos hijos del surf es el wakeboard, el esquí acuático y el más creciente de todos: el wakesurf.

A diferencia del surf que precisa del mar, el wakesurfing es una disciplina que –teniendo la lancha adecuada– puede practicarse en cualquier espejo de agua. Un río, una laguna, un pequeño lago o incluso una tosquera son escenarios suficientes para subir a la tabla y salir a montar una ola, tal cual lo haría un surfista en las olas de cualquier playa del mundo.

La suavidad de lo extremo
“Hay que diferenciar que es wake y no wave. La wave es la ola y el wake es la estela de una lancha”, explica Gabriela Díaz, campeona sudaméricana y subcampeona mundial de wakeboard, y actual competidora de wakesurf. Se trata de una diferencia sutil, pero fundamental: los deportes que se llaman wake se hacen detrás de una embarcación.

El wakeboard y el wakesurf son de la misma familia, casi hermanos. Dos disciplinas que crecieron en los últimos años y que requieren de condiciones muy similares. Sin embargo, se distinguen por dos grandes diferencias: en la primera, es necesario ser llevado por un manillar mientras en la segunda no, y el wakeboarding tiene un impacto permanente y extremo sobre el cuerpo, mientras que el wakesurfing es más sutil, se ejecuta con movimientos mucho más amigables.

“Considero al wakesurf como un deporte muy de mujer porque no es violento, se puede ir despacio y los movimientos son mucho más suaves –opina Díaz. Genera todo ese placer que surge de estar siendo propulsado por tus propios medios, poniendo en juego todo el cuerpo, fundamentalemtne el equilibrio”.

Ardilla Borrello es feerider (rider contratado por distintas marcas). Practica surf desde los diez años, kitesurf desde los 20 y wakeboard y wakesurf desde hace cuatro años. Conoce de deportes de tablas y asegura que el wakesurf es de los más divertidos. “Es una disciplina más fácil y te da más libertad para moverte detrás de la lancha. Te soltás y listo, estás surfeando”, cuenta emocionado, como si estuviera ahí sobre el río, haciendo su magia.

Surf de río
El wakesurf se hace escorando una lancha hacia un costado. Así, se genera una ondulación lo suficientemente grande como para que el rider pueda subirse a la ola sin estar sujeto a nada.

Lógicamente, la ola que es capaz de generar una lancha no está ni cerca de las que viven en un mar como el de las grandes competencias de surf de Australia, pero sí, al tratarse de una ondulación corta y constante, los rider la comparan con la experiencia de surfear en Mar del Plata.

“Empecé a hacer wakesurf por una lesión de rodilla que me generé compitiendo en wakeboard. Para mí, fue como una especie de salvación, el wakesurfing significó la alternativa para seguir en el agua”. El caso de Díaz es el de una atleta que después de competir durante años en wakeboard, ser campeona, viajar por el mundo y fundar su escuela en el río enfrenta a los 46 años las límitaciones físicas típicas de un deportista de alto rendimiento.

Es que para ella es imposible imaginar una realidad sin tablas ni motores y su personalidad, igual de rápida y extrema como el deporte que la llevó a podios mundiales, la empujó a darle la vuelta al calendario y encontrar la forma de seguir sobre el agua, compitiendo. “El wakesurfing fue la alternativa. Hoy el wakeboard para mí es un hobby, y el wakesurf pasó a ser mi profesión. Cuando antes era al revés”, resume.

Díaz es la única mujer latinoamericana que llegó a un PRO en wakesurf en la máxima categoría. El año pasado quedó como séptima del mundo.

De lanchas y tablas
La perfección es una idea subjetiva e intangible, pero podría arriesgarse que un atardecer sobre las calmas aguas de un río, navegando en él y viendo una sesión de wakesurfing se acerca bastante a una escena impecable.

Hay videos de los años 50 y los 60 en los que se ve a surfistas subidos a olas detrás de una embarcación experimentando en el océano. Pero lo cierto es que el wakesurf como deporte nació formalmente una vez que se creó una embarcación específica para esto: una lancha sin motor fuera de borda lo cual es un punto clave para evitar accidentes.

“El wakesurf es muy nuevo. A principios de la década del 90, el dueño de una marca de lanchas optó por hacer una embarcación especial para la disciplina. En ese momento, fue como una especie de locura porque se trató de una innovación que no tenía sentido por la poca cantidad de riders que había. Hoy, veinte años despues, lo tiene amortizado”, asegura Díaz.

Hasta hace unos años, este tipo de disciplinas de río formaban parte de una elite o al menos eran asociados con un alto poder adquisitivo. De a poco, esta realidad fue cambiando. Al haber más información y generarse nuevos fanáticos, los astilleros comenzaron a fabricar lanchas más económicas y específicas, y la relación entre la oferta y la demanda abrió la posibilidades de que cada vez más gente se acerque al deporte en el agua.

“La venta en los últimos años creció exponencialmente. Se abrió un fenómeno que es que hoy los hijos adolescentes presionan a sus padres para que en lugar de invertir en una embarcación de paseo, compren una deportiva”, cuenta Daniel Canestrari, dueño de uno de los astilleros más importantes del país.

Lo mismo que sucedió con el running o el crossfit, que generaron toda una industria de moda y accesorios alrededor de ellos, está sucediendo con los deportes de tabla.

El wakesurfing nació casi a la par del wakeboard, pero en un principio se practicaba con tablas de surf que eran demasiado grandes para subir a una ola chica. En este punto, también fue clave la aparición de los elementos adecuados. “Traje la primera tabla en 2004. Ahí empecé a jugar, a probar, y a los dos años me fui a competir a un mundial. Claramente, no me fue muy bien porque no sabía qué había que hacer. Seguí investigando y, en 2007, viajé a otro mundial y ahí logré entrar en podio, momento en el que conocí al subcampeón mundial y lo traje a entrenar conmigo”, cuenta Díaz cómo fue la llegada de la disciplina a Argentina.

El precio del agua
A nivel deportivo, las dos grandes formas de practicar wakesurfing son simplemente surfeando o haciendo maniobras. “Lo más vistoso son los giros 180 shuvit (cuando gira la tabla abajo de los pies)”, describe Díaz.

Y a nivel recreativo, las posibilidades del wakesurfing son enormes e inclusivas. En el Delta, existe Wakeschool, la escuela de Díaz y su marido, Gustavo Tate, quienes aseguran que cualquier persona puede animarse y salir andando. “Para alguien que empieza de cero, aconsejamos hacer una previa de wakeboard, sobre todo para que se familiaricen con la idea de pararse sobre la tabla y estar detrás de una lancha. Si la persona que llega a la escuela no tiene conocimiento previo, calculamos entre el aprendizaje de la habilidad número uno hasta salir andando necesita unas siete clases de 25 minutos cada una”.

Las clases son cortas porque la demanda del agua no es igual a la de la tierra. Entrar al río y montar una tabla es como competir en una carrera de cien metros. Es intenso. Es constante y explosivo. Y es justo: el hombre le pide todo al agua. Y el agua lo da, pero le exige a cada rider que esté a su nivel.

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