Publicidad Bajar al sitio
Columnistas

Volver a empezar

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Hay días que van a quedar en tu memoria para siempre. Suponete, un domingo, cualquiera, el 18 de mayo de 2014, por ejemplo. Estás en la San Martín media con Ezequiel, Mariano y Lucas. Y pensás si es necesario sufrir tanto por un par de colores, por una decena de muchachitos que se llenan de guita, que al fin y al cabo no es más que un juego. Entonces, mirás a los ojos a tus amigos. Y notás sus pupilas dilatadas por la ansiedad. Meneás la cabeza y te querés convencer: “Es sólo fútbol”.

Entonces, esperando que salgan los jugadores, te ponés a pensar: nacés varón. Te sueñan con unos colores. Tu viejo se ilusiona con que seas de su mismo equipo. Te compra una camiseta cuando sos un pibito. Aprendés a patear una pelota y tu viejo te aplaude. Y te reís. Jugás a hacer goles y a festejar, y tu viejo se tira al pasto, dejándose hacer goles para que vos te creas que sos un campeón. Y vas creciendo. De pibe, el mundo se divide, en gran parte, entre los que son del mismo cuadro que vos y los que no. Sentís que por muy amigos que sean con otro chico, si no es de tu mismo equipo, los lunes puede haber piñas y la amistad se va al diablo. Los domingos participás de la ceremonia de escuchar por la radio, con tu viejo, tu abuelo, tu tío, la metálica voz del relator que narra el partido de tu equipo.

Un día, tu viejo nota que estás preparado, te ayuda a ponerte la camiseta y te lleva al Monumental. Y ahí quedás fascinado con la fiesta. No entendés mucho qué pasa, pero comprendés que ahí hay magia. Y al otro día, mirás a tus compañeros del primario con la superioridad del que “ya sabe lo que es ir a la cancha”… 

Tenés 15 años y, en el colegio, en la plaza, en la calle, jugás a la pelota todos los días y cuando hacés una buena gambeta, te sentís el Beto Alonso, o Enzo Francescoli. Crecés, y te juntás con un par de pibes para ir juntos a la cancha en una complicidad irrompible. 


Llorás, puteás, te alegrás, te abrazás, alguna vez te agarrás a trompadas con algún salame que te gasta. Saliste campeón de todo. Ahorraste semanas y semanas para poder comprar una entrada para la final de la Libertadores. Fuiste con un par de amigos que hoy no sabés ni quiénes son. Te abrazaste con tipos en una tribuna que no sabías quiénes eran, pero por cinco minutos fueron hermanos. Escuchaste a tu tribuna cantar en las buenas y en las malas… se te puso la piel de gallina miles de veces cuando cantabas “olé, olé, olé” revoleando tu remera… lloraste de alegría y de tristeza… un día lo llevaste a tu viejo a la cancha y ya grande, te dijo: “Y por ahí esta es la última vez que vengo a la cancha” y te dolió como una puntada en el corazón… A ese monumental que fuiste con la mujer de tu vida y le ganaste 8 a 0 a Gimnasia de Jujuy y sentiste que se detenía la vida de felicidad. Y una tarde cualquiera te descubriste tirándote al pasto para que tu hijo te haga un gol y crea que es un campeón. Y otro día le pusiste la camiseta y lo llevaste al Monumental. Y una noche, la mujer de tu vida, te dejó de querer, aunque vos no puedas olvidarla.

Y un día empezaste a sentir que había algo que no funcionaba… Que tu equipo empezaba a renguear, que había algo que ya no funcionaba… Y te fuiste a la B… Y creíste que te morías… Que todo se acababa… Y tenías ganas de agarrarte a trompadas con cualquier boludo que te gastara, porque ese boludo no entendía una mierda… porque si entendía lo que pasaba, no podía cargarte o era un hijo de puta… Aguantaste todo un año en la muerte. Y un día resucitaste con tristeza, sin demasiada alegría. 

Pasaron un par de años y sentiste que ya nunca ibas a sentir la alegría, la misma alegría que cuando eras pibe. Entonces, llega ese domingo. Y tempranito metés un gol, porque cualquier gol que mete tu equipo lo metés vos. Y otro. Y el golazo de Ledesma… Y otro… Y otro… Y el Monumental, esa segunda casa, como canta Ariel Prat, esa casa a la que fuiste con tu viejo, tu hermana, tus amigos, la mujer de tu vida, con la que fuiste con tus hijos, se convierte en una fiesta. Y te ponés a llorar porque sentís el sabor de la revancha que te da la vida. Y te ilusionás con que, por unos segundos, podés volver a ser aquel pibito que fuiste… Y ahí, en ese instante tomás conciencia de que cuántas cosas más que simplemente fútbol es el fútbol.

×