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X-Tremo

Volar sobre el agua

El deporte acuático de moda se practica en lagunas, rios y mares de todo el país.

Dice que está medio viejo y medio gordo. También que competir contra pendejos de veinte lo deja muerto. Queda claro que Tóbal Saubidet (38) tiene sentido del humor. La piel de Tóbal está curtida de tanta intemperie.

Es que él tomó el kitesurf como un estilo de vida. Compite en regatas (es el segundo del ránking nacional), es dueño del único centro-escuela internacional de kite del país, y además organiza viajes por el continente. El kitesurf sigue creciendo en forma exponencial y hoy es el deporte acuático de moda en el país. Tóbal navega a vela y compite desde que tiene 6 años. Ahora estaciona la camioneta frente al mar de Pinamar, infla el kite, se coloca el arnés, entra al agua, pega un salto sobre la tabla y sale cortando las olas a toda velocidad. Podrá ser medio viejo y medio gordo, pero pocos pueden alcanzarlo. Es un día de sol y sopla lindo desde la costa. En un rato se picarán unas rabas y se bajarán con cerveza fría. La vista del océano es hipnótica. Bienvenidos al mundo del kitesurf.

Hijos del viento

Durante el viaje Tóbal cuenta que son 9 hermanos. Todos navegan desde chicos y compitieron por el mundo en distintas categorías de vela: Optimist, Laser, J24. En el año 2000 uno de sus hermanos le prestó un kite y le enseñó lo básico. En aquel momento, Tóbal hacía windsurf. Una de las principales ventajas del kitesurf con respecto al windsurf es que necesita menos viento para navegar. Otra, es el tamaño del equipo; ¡el de kite entra en el baúl del auto! “Me acuerdo que fue un flash. En kitesurf con 12 nudos (de viento), ya salís andando como loco.” A pesar de su experiencia náutica, recuerda que al principio no le resultó para nada fácil. “Me costó mucho navegar para los dos lados. A los que empiezan les digo que hay que dedicarle horas para tomarle la mano”.

Isidro es un treintañero que trabaja como ejecutivo en una empresa de medios. Cuenta que era fanático del windsurf y que un día fue a comprar la tabla de sus sueños. En el negocio, se encontró a un ex compañero del colegio, al que no veía desde aquella época. Isidro, de traje y corbata, el otro en bermudas y remera: habían tomado caminos diferentes. El ex compañero de Isidro era Tobal. Se pusieron a charlar, a contarse las vidas. Poco más tarde, Isidro tomó los cursos de kitesurf y se fanatizó. Hoy, en la computadora de su escritorio pasan fotos suyas volando con un kite en distintos paisajes. Isidro cuenta que durante la semana chequea con ansiedad el “windguru” (gurú del viento), un sitio que tira los pronósticos del clima, para ver si va a soplar durante el fin de semana y hacerse una escapada a la costa. “La adrenalina es adictiva. Con buen viento, te la pasás todo el día navegando y quedás destrozado pero feliz.”

¡Con precaucion!

En 2003 Eduardo Costantini fue noticia y no por algún proyecto inmobiliario exitoso. Costantini sufrió un tremendo golpe contra las rocas mientras navegaba en kitesurf en Nordelta. En los comienzos del deporte, los accidentes eran comunes y hasta había fatales. “El kite era considerado de alto riesgo y tenía mala fama. Por los equipos que se usaban, era un deporte para locos. Uno iba atado sin posibilidad de zafarse.” Con el tiempo, los equipos evolucionaron y hoy son súper seguros: cuentan con un “eyector”, y si se suelta la barra, el kite deja de empujar. Isidro y Tóbal insisten en que hay que aprender en una escuela. “No conviene aprender con un amigo porque las medidas de seguridad son fundamentales. Hay que aprender con profesionales.” El barrilete se engancha a un arnés y el kitesurfista no tiene que hacer fuerza con brazos y manos para sostenerlo. Sólo se preocupa en manejarlo. Con tiempo y práctica se adquiere sensibilidad. Si sopla lindo, el barrilete se infla y tiene una fuerza impresionante: algunos alcanzan velocidades que superan los 90 kms/hora. Y vaya que saltan: el récord mundial es un vuelo -sin tocar el agua- de más de 20 segundos. Hoy Costantini está recuperado y sigue practicando, ¡con más de 60 años!

Casi cualquiera lo puede practicar. No hay que ser ni un genio ni tener experiencia previa en deportes acuáticos”, comenta Tóbal. Para practicarlo se necesita: kite (barrilete), barra, arnés, tabla, salvavidas, pita de seguridad y casco. El equipo se consigue usado o nuevo entre mil y tres mil dólares. En el curso básico de aprendizaje se aprende a armar el kite, a despegar y aterrizar. Se aprenden las medidas de seguridad como la desconexión inmediata.

Hoy, haciendo las cosas en forma responsable y con respeto, no se sufren accidentes.” Los cursos iniciales de 4 horas cuestan $600, y hay hasta de 12 horas por $1.800. Tobalkites funciona en Pinamar (Parador La Deriva), en un club en La Plata, y en Punta Rasa (San Clemente). Virtualmente, se lo puede encontrar en www.tobalkites.com.ar o en su grupo de Facebook, bajo el mismo nombre. La parte más divertida del curso es el Body drag, que es desplazarse sobre el agua utilizando la potencia del kite, como si fuera una tabla de surf. Tobalkites es el único centro internacional del país, es miembro de la IKO (International Kiteboarding Organization). Los alumnos obtienen un carnet que los habilita a alquilar equipos en cualquier lugar del mundo.

Entre marzo y octubre el viento amaina en el país. Entonces Tóbal organiza viajes a Chile, Perú, Brasil y el Caribe, entre otros. Cuenta que en Chile hay vientos “que te cagás de miedo”, que en el Caribe disfruta de las playas y le entra al ron con Coca, y que en Cabo Verde hay que tener cuidado con los tiburones blancos, “que se morfaron a unos cuantos muñecos”. Isidro viajó con Tóbal varias veces a Cumbuco, al nordeste de Brasil, donde llegan los vientos alisios desde Africa. Los viajes son de entre 7 y 9 días y cuestan entre 700 y 2.000 dólares, de acuerdo con el destino. Isidro y Tóbal sueñan con navegar en el Mar Rojo, en las costas de Egipto, uno de los points del momento en el mundo.

Barrilete cósmico

Dentro del kite hay tres disciplinas: racing, freestyle y olas. Tóbal compite en racing. Dice que se está preparando duro para las regatas que quedan en el año. Las regatas son iguales que las de barcos a vela. La cancha se marca con boyas. El año pasado Tóbal compró un equipo de punta y le empezó a ir bien: está rankeado segundo en el país y es conocido en todo el continente. Las tablas de racing tienen quillas de 42 cm de largo, entonces no se levantan. Hoy, los más veloces de la región son brasileños y colombianos. Tóbal compitió en campeonatos en Brasil, quedó octavo en la general, y en Ecuador, quedó cuarto. “Me divierte competir aunque más me interesa difundir el kitesurf.”

Para freestyle (estilo libre) lo ideal es que el agua esté planchada, sin olas. Ahí se ve la destreza del piloto. Se puede volar y hacer mortales, entre otras pruebas. Los new school hacen volar el barrilete más bajo para que empuje con más fuerza. Y hay que ver las caras de los que desafían las olas como surfers. Isidro y Tóbal son dos treintañeros, que están llegando a los cuarenta. Para pasarla cada vez mejor, fueron tentando a otros amigos…y el bicho del kitsurf también los picó. Hoy forman un grupo de varias familias que sale de vacaciones juntas. Todos disfrutan de la playa y pronto algunos hijos se animarán a aprender. La naturaleza, el deporte y la adrenalina se disfrutan mucho más rodeados de buenos amigos y familia. Después de un día duro en el mar, es hora de abrir una cerveza fría. Más tarde a comer y a descansar bien para mañana volver a volar sobre las olas.

Por Martín Llambí.