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Wine News

Vinos caros ¿para qué?

La góndola nacional ofrece más de 50 vinos que van de $200 a $1400, una tendencia que no parece tener límite ni tampoco explicación.

Por Alejandro Iglesias (@aleiglesiaswine)

Las etiquetas de tres cifras se presentan como el nuevo fetiche de la industria local. Cada día, y ya sin que nadie se asombre, es posible encontrar vinos de $200, $300 y más (hasta los $1.400 si se busca con algo de ganas) en la góndola, como parte de una oferta que ya cuenta con más de 50 referencias. De hecho, mientras leas esta nota es posible que un nuevo ultra Premium se presente en algún evento chic de la ciudad. Y todo esto lleva a preguntarnos: ¿para qué?

Así, comprar vino en nuestro país va camino a convertirse en un verdadero lujo. Y el famoso cliché que aseguraba que en la Argentina se podía beber como en ningún otro país por unos pocos pesos pierde, día a día, parte de su sentido. Basta con observar la góndola de nuestra bebida nacional para comprobar que los precios están un 25% por encima de los del año anterior, con un impacto muy fuerte en las gamas más populares. Lógicamente, esto no responde a decisiones caprichosas de los bodegueros empecinados en engordar sus cuentas bancarias sino a una realidad que a esta altura no hace falta detallar.

Pero hay que dividir aguas. La inflación claramente afecta a los vinos diarios. Pero no es el dato clave a la hora de reflexionar sobre los ultra premium. El costo derivado de sueldos, de botella, de corcho, incluso de barrica que se amortiza por botella es insignificante cuando se pasa a estos astronómicos valores. Porque en estos vinos no se trata de costos, sino de algo muy distinto.

¿Quién la tiene más cara?

Con los vinos argentinos en pleno auge internacional gracias a la ecuación “buenos vinos a precios inmejorables”, muchos piensan que es momento de develar a pleno el potencial del terruño local y mostrarle al mundo que no solamente se trata de hacer “buenos vinos baratos” sino también de competir en las primeras ligas. Hasta acá, esta reacción no sólo es razonable y lógica sino saludable. Siempre que existan limites. Siempre que los vinos que se produzcan realmente se vendan. Pero analizando de cerca muchos de estos vinos de alto precio, resulta que en muchos -la mayoría- de los casos, no se trata de un negocio, sino de ciertas ansias por trascender. Por ver quién la tiene más cara. Es así que las botellas de $300 se convirtieron en regla de un mercado que supo tenerlos como excepción.

Preguntamos a bodegueros, enólogos y dueños de vinoteca el porqué de esta suerte de moda. La primera explicación la ubica como parte de las nuevas estrategias de branding de las bodegas, es decir, una bajada desde el Departamente de Márketing, que asegura que estos ultra premium sirven para generar posicionamiento en un mercado dominado por la imagen. ¿Cómo es esto? Hoy un vino de $500 brinda una imagen o aspiración (más allá que pueda tratarse de una producción de apenas 1.000 botellas, de las cuales 200 se regalan, otras 300 se quedan en bodega, y el resto se distribuye “a ver si se vende”) que genera un efecto derrame sobre el resto del portfolio. Es decir, jerarquizan a las líneas más bajas desde el discurso. Esta óptica la comparten tanto grandes bodegas con ganas de “premiurizarse” como otras que recién salen al ruedo. El mensaje final sería: quien quiera competir en lo más alto debe -sí o sí- tener su súper vino por más inexplicable e indefendible que sea su precio. “Ser el más caro es un diferencial en el mercado” nos dijo, en off, un bodeguero. Pero esta estrategia tiene su peligro, como la anécdota de una bodega muy tradicional que hace unos años se propuso elaborar el vino más caro del país. Antes de que salga a la calle se le preguntó cuánto iba a costar. La lapidaria respuesta fue: “Será el mas caro”. La realidad es que estaban esperando por un lanzamiento de la competencia. Y cuando esta competencia sacó su vino a $600, la otra bodega respondió con un $700. Juego de machos, donde al envido se le canta falta envido. Pero, a diferencia del truco, en esta baraja no hay limites. Apenas unos meses después, la competencia contratacó con un vino de $900.

Negocio indirecto

Pero no sólo de egos inflados se trata esto. Estos vinos súper exclusivos con rendimientos mínimos y precios notables, adquieren cierta utilidad sobretodo en mercados internacionales. Más bien, en concursos internacionales, donde los altos puntajes generan un efecto que beneficia el desembarco en nuevas plazas. No hace mucho una bodeguera nos confesaba que su importador le exigía que sus vinos figuren con altas calificaciones en los medios internacionales más consultados. Esta profesional, de envidiable habilidad comercial, puso manos a la obra y lanzó un vino ícono que superaba los u$s100 y se alzaría con 94 puntos en el medio de referencia de Estados Unidos. Acto seguido llamó a su importador y en perfecto inglés le dijo: “Ahora vendé”.

Pero aquí surge otra realidad. Estos vinos, que en la jerga se los conoce como “de concurso” y que se esmeran por superar los noventa puntos se convierten en los típicos “no venta”, ya que son más bien utilizados como envíos a la prensa especializada, a clientes VIP o para que los restaurantes los ostenten en sus cartas hasta que un adinerado comensal sorprenda al sommelier y lo compre. “Salvo casos puntuales, y hablo de no más de cinco bodegas que son los únicos sold out de los altos precios”, cuenta un bodeguero que prefiere quedar anónimo para evitar el tirón de oreja de sus colegas.

¿Cuánto vale un vino Premium?

Sin dudas este es el foco de la polémica. ¿Existen motivos objetivos, más allá del marketing, para que un vino cueste lo que se pide por estos ultra Premium? La respuesta es simple: ¡no!

Por más que las fichas técnicas hablen de bajos rendimientos en viñedo, cosechas extraordinarias, 18 más otros 18 meses en barricas nuevas, ediciones limitadas y los atributos más sorprendentes para sustentar tamaña exclusividad, lo cierto es que estos precios van mucho más allá de los costos. Lo que no quita que, si logran venderlos, no hay nada para reprocharles. .

“Ningún vino supera los u$s12 de costo, después cada uno le pone el precio que quiere o puede”, asegura un grupo de enólogos durante una cena distendida de ésas en las que se escucha todo y se puede revelar poco. El dato cobra vital importancia ya que según estos reconocidos winemakers es difícil justificar precios por encima de los $80, cifra en la cual está hoy la verdadera disputa entre las bodegas. Esto tiene como corolario que hoy se pueden conseguir en la Argentina excelentes vinos por u$s25, un límite que convierte en un lujo (algo absurdo) gastar mucho más por 750 cm3.

¿PPT o Premium Para Todos?

 Un dato que genera enojo entre los que consumen y conocen este mercado es el precio que muchos de estos vinos tienen en el exterior. Así, mientras que en el mercado local casi es necesario tramitar un crédito para comprarlos, en plazas como Estados Unidos, Canadá o Europa se los puede conseguir por la mitad de precio (o muchas veces menos). Esto no pasa en todos los casos. Por ejemplo, Achával Ferrer, Cobos, Chacra y Noemía respetan sus precios a rajatabla en todos los mercados. Pero son la minoría.

Algunos defienden esta diferencia de precios en la dificultad que puede tener un vino argentino a la hora de competir con un gran exponente europeo, algo comprensible pero que no justifica que sean los propios argentinos quieren deban subsidiar esa venta…

En resumen, hay varias teorías que sostienen a los vinos caros. En contados casos (contados con los dedos de las manos) son un verdadero negocio para la bodega. En otros, adhieren a la teoría del derrame, subsidian a los precios internacionales o son un gesto snob y arrogante. Lo cierto es que rondando los $100 a $150 hay grandes vinos en la góndola. Luego cada uno decidirá qué quiere comprar, gastar y beber.

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