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Territorios

Veo gente muerta

Una alegre multitud copó Retiro en una nueva edición de la Zombie Walk.

Por Sandra Martínez

A las 12:30 de un domingo perfecto, la Plaza San Martín recibe a sus primeros visitantes del día. Los zombies comienzan a llegar al punto de encuentro para una nueva edición de la Zombie Walk, ese evento extraño, ligeramente inexplicable y cada año más popular, que reúne a una multitud de muertos vivientes dispuestos a caminar juntos por las calles porteñas.

Al mediodía, los equipos de la academia de efectos especiales Metamorfosis FX ya están instalados en las carpas donde, por una módica suma, los que se acercan al lugar sin ninguna caracterización son transformados por profesionales del maquillaje artístico. Mientras tanto, en los medios de transporte la gente observa con curiosidad indisimulada a los zombies que viajan rumbo a su meca.

Pasa el tiempo y el parque comienza a poblarse. Se espera una buena concurrencia. La primera Zombie Walk, en 2007, reunió en este mismo lugar a unos 60 participantes, a los que los sorprendidos policías que patrullaban la zona se acercaban para preguntarles si se trataba de una prowwwa. Hoy, la organización del evento se extiende durante todo el año y resultaría impensable no contar con la colaboración oficial para garantizar la seguridad y el orden.

A las tres de la tarde una multitud rodea las escalinatas del monumento al General San Martín, donde muchos bailan la coreografía de Thriller de Michael Jackson, uno de los santos patronos de esta grey. Los atuendos son variados y año a año se vuelven cada vez más complejos y bien realizados. Parece que esta temporada el último grito (espeluznante) de la moda son las novias zombie: se las ve por todos lados con sus blancos velos salpicados de sangre.

Jóvenes que dedican meses a preparar sus trajes, adultos que crean un personaje nuevo para cada evento temático, familias con chicos que se animan por primera vez  a disfrazarse. ¿Qué los lleva a juntarse esta tarde de domingo? La organización busca darle al evento una motivación solidaria. Todos los años se juntan miles de kilos de alimentos no perecederos que se donan a distintos comedores. Este año le toca a Los Piletones, de Margarita Barrientos.También se sumaron espacios del INCUCAI dedicado a la concientización sobre la  donación de órganos, la Asociación de lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA) y la Asociación Hematológica Argentina fomentando la donación de sangre.

Pero si se indaga sobre las motivaciones, la respuesta más sincera quizás está estampada en la remera de un adolescente que no lleva disfraz: “no soy un zombie, pero me siento como uno”. De todos los monstruos clásicos del cine, el zombie es el único que no representa un espíritu solitario. Su fuerza está en los números, en la unión. En esta época de aislamiento, de relaciones virtuales, la Zombie Walk es la alegría de la reunión, de sentirse parte algo poderosamente colectivo por un rato.

Ya son las cuatro, y tras una suelta de globos rojos, el rebaño de no-muertos comienza a movilizarse. La mayoría baja por la calle Maipú rumbo a Retiro y otros tantos lo hacen por la barranca del parque, respetando los caminos: la horda sabe que destruir el espacio público no ayuda a la imagen del zombie como buen ciudadano. Al llegar al cruce con Alem, darse vuelta y ver el rio de gente que desciende produce un momento de shock. Son 50.000 personas, entre zombies y curiosos que los acompañan, según las estimaciones comunicadas al día siguiente. Una convocatoria que hace palidecer a más de un político.

Zombie King
Entre el gentío que avanza, sobresalen algunas pancartas que rezan “Rataplín Presidente”. De abundante barba gris que chorrea sangre y mirada penetrante de ojos blancos, Reynaldo Rataplín es el líder zombie que desde temprano, montado en el techo de un camión, arengó sin parar durante toda la previa. Luego guió a sus huestes hasta el destino de la caminata, en Parque Thays, llevando en alto sus inconfundibles copos de algodón azucarado.

Detrás del genial maquillaje está Ger Berstein, el gran propulsor de esta movida, que se encarga de todo el evento con un escueto equipo de ocho personas. Berstein, que ahora ronda los 40, fue un precursor cuando a los 17 años fundó la primera escuela de efectos especiales en Buenos Aires. También fue el que se animó a importar la movida de la Zombie Walk, que en Estados Unidos se realiza desde 2001, como una forma de mostrar su trabajo y el de su escuela. Hoy aspira a darle al evento un sentido más allá de la simple diversión, buscando poner la mirada en temas sociales: “si ves en la calle a un chico de ocho años jalando poxi, trabajando o pasando hambre y actuás como si nada pasara, el zombie sos vos”.

La caminata llega a su fin frente frente a un imponente escenario donde toca la banda Kiss My Ass, mientras muchos zombies buscan refugio del sol inclemente –más difícil de tolerar con varios kilos de maquillaje o sobretodos de cuero– bajo la sombra de los árboles.

Pero pese al rotundo éxito que crece cada año, los zombies siguen sufriendo la condena social. “No hay método anticonceptivo más eficaz que ir a la Zombie Walk”, es uno de los tantos mensajes despectivos que se podían leer el domingo en Twitter.

Confrontados con estas opiniones, los caminantes se encojen de hombros entre la indiferencia y la  resignación. “Siempre hay intolerantes que no entienden nada y que no se bancan que otros elijan una forma distinta de divertirse”, dice una chica enfundada en un desgarrado traje que seguramente pertenece a alguna heroína de manga o animé.  Su compañero, un zombie anónimo que en la vida cotidiana estudia letras, retruca: “muchos de los que nos bardean son tristes personas grises, que sólo salen de su cubículo en la oficina para meterse en el cubículo de su casa. Nunca van tener un estallido de creatividad, nunca van a vestir otra cosa que lo que puedan comprar en un shopping”. A sus críticos, la horda responde parafraseando a Phillip K. Dick: nosotros estamos vivos, ustedes están muertos. 

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