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Territorios

Una temporada en el infierno

Una periodista argentina, de viaje por la India, se encontraba en Nepal durante los primeros días del terromoto que asoló la región. Esta es la crónica de esos días.   

Texto y fotos: Constanza Coll (Desde Nepal. Especial para Bacanal)

Lo primero que pensó Chris fue que había sido una bomba atómica. Estaba con su mujer en el mercado de Thamel, comprando abrigo extra un día antes de empezar el trekking al campamento base del Everest. Soltaron las bolsas y se agarraron de la mano, no entendían porqué el suelo se sacudía, pero lo que más les asustaba era el ruido que llegaba como una avalancha de todos lados, de las vidrieras que se quebraban a su lado, de un balcón que se cayó a media cuadra de donde estaban, de la gente corriendo, los gritos, los cascotes.

Chris miró al cielo cargado de nubes blancas y pidió ayuda. Son prowwwantes, nacidos y criados en West Virginia, altos, rubios y de caras alargadas. Dejaron a sus hijos en casa para hacer este viaje a Nepal, habían entrenado durante seis meses para la escalada de sus vidas, y para entonces faltaban menos de 24 horas. “Lo más difícil es pensar en que podríamos haber sido nosotros, que por muy poco no estábamos en la montaña, aislados, incomunicados o congelados bajo la nieve. Hasta ahora hay 18 muertos y otros tantos desaparecidos sólo en los Himalayas”, Chris no termina de creer lo que está diciendo, como si fuera el diálogo de una película de acción, de esas que encuentra haciendo zapping los domingos a la hora de la siesta. Clava los ojos en su té caliente y piensa que los doscientos dólares que donó para el rescate no van a resolver nada, que a esta altura no van a encontrar vivo a nadie más.

Chris y Martha cancelaron todos los planes y consiguieron un pasaje para volver a Estados Unidos recién dentro de cuatro días, dicen que este lugar está cargado de malas energías, que lo único que piden es poder irse a casa, con sus hijos.

El jardín del hotel parece un campo de refugiados de lujo, sacamos y pusimos sobre el pasto los sommiers y plumones para pasar la primera noche a cielo abierto y ahora, mientras desayunamos té con pan y mermelada de naranja, formamos una ronda donde cada uno cuenta su experiencia.

Estamos a diez kilómetros del centro de Katmandú, la capital de Nepal, donde hacía por lo menos 150 años no se registraba un terremoto de estas dimensiones. Las líneas de teléfono están muertas desde el temblor y tampoco hay luz en el edificio. El hotel  tiene su propio generador pero no lo quieren prender, salvo durante un par de horas a la noche, por miedo a que haya algún cortocircuito y pueda generarse un incendio. Algunos de los huéspedes se pudieron comunicar con sus familias, otros llegaron a postear que estaban bien en su muro de Facebook antes de que se cayera Internet.

En la ronda, la mayoría son indios, invitados a una boda que se venía celebrando hacía tres días en el hotel. Cuando llega el turno de la madre de la novia, sonríe con los ojos llenos de lágrimas y antes que nada, pide perdón. Usa el pelo hecho una trenza que le llega casi a la cintura y el tercer ojo -o bindi-, pintado con pasta de sándalo que tiene propiedades refrescantes, y por lo tanto, sirve para silenciar o calmar la mente, está un poco corrido. Sus manos y brazos, como los de todas las mujeres invitadas al casamiento, están tatuadas con henna. Son dibujos de flores y pavos reales, el ave sagrada para el hinduismo: simboliza la belleza, la fertilidad, la riqueza y la buena suerte.

Antes de la muerte
El sábado del terremoto me había despertado en un lodge de montaña, bien temprano para poder ver el amanecer sobre los Himalayas. Lejos de una misión épica como la que habían planeado Chris y Martha, yo estaba recorriendo el Valle de Katmandú para ver templos medievales, tomar clases de yoga y entender mejor la filosofía y principios del budismo.

Eran las 5 AM cuando sonó el despertador, me vestí a las apuradas y salí con la cámara cruzada para trepar hasta el mirador donde había quedado en encontrarme con Jyoti y Ayushma, dos hermanas de 14 y 5 años, vecinas del pueblito de Dhulikhel. No quisieron que les sacara una foto, pero me pedían ver en la pantalla cada una que tomaba del paisaje neblinoso, verde húmedo en primer plano y con terrazas cultivadas de arroz en las laderas del otro lado del valle. No se escuchaba nada salvo por un búho que custodiaba un pequeño templo de Vishnu, casi sobre el acantilado.

Antes de despedirnos con un abrazo, fuimos hasta la puerta del templo, ellas traían unas flores amarillas que dejaron junto a la figura del dios y susurraron algo en nepalí. Les pregunté qué rezaban, pero no supieron traducirlo a inglés.

Para esa mañana había coordinado una caminata con Shree Krishna Lamichhane por la parte antigua de Dhulikhel, un pueblo de calles angostas, diseñadas muchos siglos antes de la existencia del auto, con casas del siglo doce y plazoletas donde la gente todavía se junta, cada mañana, a sacar agua del pozo con baldes y bidones.

Shree es guía de turismo freelance, trabaja especialmente con grupos de Latinoamérica y España, usa gorra con visera y es muy curioso: se detiene en cada tienda de souvenirs y mira al detalle candados con forma de elefantes, prueba los diferentes sonidos de los cuencos tibetanos, toca las pashminas para saber qué calidades de lana de cachemir se están ofreciendo, se prueba máscaras de madera tallada, huele el perfume de las especies y le pregunta muchas cosas a los vendedores. Le dije que parecía un turista más, y me respondió que un guía siempre tiene que estar aprendiendo, que es parte de su trabajo.

Subimos las escaleras empinadas del templo de Kali, la diosa que se visita generalmente los días sábado, asociada a la muerte y a la destrucción. Dimos una vuelta alrededor del santuario junto a dos mujeres que andaban con bastón y chinelas con medias. Canosas y charletas, avanzaban dando campanadas frente a cada imagen, para llamar la atención de los dioses. Y a cada uno, le dejaban una parte de la ofrenda que llevaban en un plato de cartón: arroz cocido y flores.

“El que no visita el templo cada día es porque tiene una figura en su propia casa. Los hindúes levantamos a los dioses cada mañana, les cambiamos la ropa y les damos de comer unas tres veces por día”, me explicó Shree, que también iba tocando campanas a cada paso.

El primer terremoto llegaría a las 11.57 horas de ese mismo día, con una fuerza de 7.9 grados según la escala de Richter, y provocaría la muerte de por los menos 7.600 personas.

Los días por venir
Antes de volver a Katmandú, donde nos esperaba el almuerzo, paramos al costado del camino para ver el cordón de montañas más altas del mundo por última vez. Saqué fotos, volví al auto, y cuando acomodaba mis cosas en el asiento para emprender la retirada, ví que Shree salía corriendo a los gritos y señalaba a lo lejos. En frente nuestro, la precordillera de Mahabharat Lekh se sacudía y lanzaba una polvareda en todo el horizonte.

Bajo nuestros pies, el asfalto también se movía  y nos hacía perder el equilibrio. Tuve que agacharme para no terminar en el piso. El terremoto duró entre 30 y 120 segundos según anunciaron más tarde en las noticias. Dos minutos, y fue demasiado: solo en el camino de regreso a Katmandú vimos una parte de la ruta quebrada en dos en una grieta profunda, varios postes cargados de marañas de cables caídos sobre los techos de las casas y cruzando las calles, muchas de las construcciones más antiguas, que habíamos visitado esa misma mañana, totalmente destruidas.

Según un informe oficial de Unesco, en Bhaktapur, que era la ciudad antigua mejor conservada del país hasta ese momento, la mitad de las viviendas quedaron destruidas y el 80 por ciento de los templos dañados. Entre los monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad, quedaron solo escombros del templo de Durga Vatsala, contruidos en el siglo XVI, y la hermosa torre de Dharahara. “Serán necesarias décadas y mucho dinero, pero tenemos confianza en que algunos de esos tesoros podrán reconstruirse”, anunció al día siguiente Christian Manharun, representante de esa organización en Katmandú. “Mucho dinero” que, según los cálculos de la Consultora Global de Riesgo Político y Financiero ISH, rondaría los 5.000 millones de dólares. 

Para la segunda noche ya había hecho varios amigos en el hotel. Nadie quería meterse en las habitaciones, dormíamos con los pantalones y las zapatillas puestas, y las únicas dos veces que conseguí ducharme tardé unos tres minutos y medio, no más. Porque no fue sólo el temblor del sábado al mediodía. Durante la semana siguiente hubo más de 150 réplicas con intensidades de entre 4 y 7 grados en toda la región, que también incluye India, China, Bangladesh, Bután y Pakistán.

El piso se movía a cada rato, tanto, que empezamos a pensar que era una sensación, que nos lo estábamos imaginando. Cem Haksal, un turco de 58 años que había viajado a Nepal para encontrarse con su novia rusa, encontró la solución para saber cuándo sí, y cuándo no, era necesario salir corriendo: “Hay que tener de referencia una botella o un vaso de agua, si el agua se mueve es porque sí está temblando”. Cem, nombre turco que él pronuncia Jam en inglés, es un bon vivant que viste de blanco y gafas Wayfarer , fuma con gestos elegantes y no pierde oportunidad para piropear a una mujer.

Se casó tres veces, la primera vez con una turca, la segunda con una estadounidense y la última con una tailandesa, su amor actual por fuera de la rusa que, entre paréntesis, nunca pudo aterrizar en Katmandú. Cem juega al tenis y lee. De hecho, cuando se me terminó el libro que había llevado me prestó uno en inglés del peruano Mario Vargas Llosa, The Discreet Hero. “Si hay un buen lugar donde pasar estos días de catástrofe, ese lugar es este hotel”, nos recordaba de tanto en tanto, cuando alguno del grupo se ponía demasiado triste o ansioso por salir de Nepal.

Y era cierto. De hecho, el segundo temblor fuerte, de 6.7 grados en la escala Richter, nos encontró estirando las piernas en el campo de golf del resort.

Bárbara Pacheco
A la hora de la cena se prendía la luz y veíamos las noticias en la pantalla gigante del bar. En la televisión anunciaron la lluvia antes de que llegara. “Airport closed because of bad weather”, se leía en el videograph de la BBC, uno de los pocos canales que transmitía en vivo y en inglés desde Katmandú.

Cem encendió el cigarrillo que acostumbra después de cada comida, y a la segunda pitada estaban cayendo toneladas de agua del cielo. Y esta lluvia no era nada, el conductor del noticiero insistía en que la ayuda no podía esperar, que en poco más de un mes iniciaba la temporada de monzones y para entonces todo sería mucho más difícil.

Pensé en Shree, que esos días estaba durmiendo con su mujer e hijos afuera de la casa, en una tienda improvisada con plásticos que compartía con otras familias. Y así como ellos, ONU informó que alrededor de ocho millones de personas estaban afectadas por el terremoto. En un país de 28 millones de habitantes, esto es casi un tercio de Nepal. Algunos de los huéspedes se quedaban prendidos de las noticias y las comentaban eufóricos, otros no podían ni mirar, ni hablar.  Especialmente los viajeros que habían hechos amigos en Nepal y que todavía no tenían noticias de ellos, como le pasaba a Bárbara Pacheco.

Ella tiene 26 años, es azafata de LAN y usa el pelo larguísimo atado en una colita alta. Nació en la Patagonia chilena pero vive en Santiago, donde ya pasó por otros terremotos: “El más fuerte que tuvimos fue de 8.8 grados en la escala Richter, pero en comparación con este no fue nada. Creo que se cayeron dos edificios en la ciudad, y murieron unas quinientas personas. Acá todo está destruido y el número de muertos sigue creciendo de a miles”.

Bárbara no conseguía comunicarse con los tres amigos que había hecho en su semana de viaje por Nepal, Dipesh, Rubina y Rajesh. Ellos la habían recibido en su casa y hasta la habían invitado a una boda, para la que le prestaron la ropa correcta. Recién pudo hablar con ellos tres días después del terremoto, y quedaron en encontrarse a la mañana siguiente para salir a ayudar, como fuera y a donde fuera más necesario. Para entonces, a través de Facebook y transferencias bancarias de un extremo al otro del mundo, Bárbara ya había juntado US$ 750 de sus amigos y familia. Con ese dinero, que es mucho más en rupias nepalíes (US$ 1= 98 NPR), los cuatro compraron y llevaron personalmente en varios viajes en moto, desde pañales, jabón y medicamentos hasta bidones de agua, bolsas de arroz, cereales y frazadas.

Bárbara continuó su viaje. De hecho me contó todo esto por chat, ya desde El Nido, Filipinas: “No podía dormir bien hacía más de una semana, recién acá pude descansar. Cuando fuimos a ayudar a ese pueblito entre colinas sembradas de arroz, donde casi todo estaba en ruinas, lo que más me impresionó era su expresión de sufrimiento, pero de no poder llorar, de incertidumbre por no tener donde vivir, de miedo a que ocurriera otro terremoto, todo eso junto… y aún así estaban tranquilos, amables, nadie se abalanzó sobre lo que llevábamos, nadie quiso ganar más que el de al lado”.

Para los que profesan el hinduísmo, que es el 80 por ciento de la población de Nepal, en la vida hay que tener buenas acciones para ganar moksha y así conseguir la liberación espiritual. Si uno hace las cosas bien, reencarna en un ser superior y así hasta llegar al Nirvana. De otro modo, puede ganar miles de vidas como insectos o animales inferiores. Eso me había explicado Shree aquel día en Dhulikhel. Es duro, pero ellos ni lo piensan, lo tienen tan metido en el corazón que les sale solo, y ante todo, sonríen.

Agradecimientos de la autora. A mi familia que hizo lo imposible para que pudiera volver enseguida a casa y a las agencias TCI y The Travel Studio por ayudarme a resolver mi estadía esos días en Nepal. 

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