Cine y Series

Una amistad inesperada

Starlet es una joyita del cine independiente que acaba de estrenarse. No hay que dejarla pasar.

Por Sandra Martínez

En la cartelera porteña, siempre saturada de blockbusters hollywoodenses, a veces se abre paso una perlita independiente. Este jueves, por ejemplo, estrena en algunas salas -no muchas, y probablemente no estará por demasiado tiempo- Starlet, una película que se vio en el BAFICI este mismo año y que resultó uno de los hallazgos de ese festival.

Es una de esas historias mínimas que demuestran que no son necesarios millonarios efectos especiales para mantener al espectador encantando con la pantalla. Jane es una actriz que vive en una casa compartida y hace lo necesario para sobrevivir sola en California, con la fiel compañía de su perrito, un chihuahua llamado Starlet. Con la idea de redecorar su habitación, una tarde recorre varias “ventas de garaje” buscando muebles y objetos por unos pocos dólares. En su última parada, compra un termo antiguo y la sorpresa llega cuando, ya en su casa, trata de usarlo como florero y descubre que está lleno de dinero.

Los momentos incómodos, divertidos, intensos se van sucediendo en un clima de cotidiana placidez cuando la relación entre la protagonista y Sadie, la viuda malhumorada que le vendió el termo, comienza a desplegarse a medida que Jane trata de decidir si debe regresar el dinero encontrado. Gran parte de la genialidad de la película recae en las actuaciones de este improbable duo. Jane es Dree Hemingway, la nieta del gran Ernest, una belleza rubia que hizo explotar su carrera actoral con este impecable trabajo mostrando el sutil rango de sentimientos de una estrellita apática. Besedka Johnson, por otro lado, es otra debutante: a sus ochentaytantos años fue descubierta por el director Sean Baker en el gimnasio, cuando estaba metido en la infructuosa búsqueda de una actriz para su Sadie. Besedka no había actuado jamás en su vida y lamentablemente falleció unos días después de la presentación del film en el BAFICI.

Starlet desnuda a sus protagonistas –en el caso de Jane, literalmente- y al mismo tiempo las cubre con una mirada tierna y sin abrir juicios. Habla sobre la amistad, sobre la soledad, sobre la posibilidad de conectar con alguien totalmente diferente y sobre cumplir los sueños. Y deja al espectador con un sabor agridulce, complejo, de esos que se siguen paladeando un buen rato una vez que las luces se encendieron en la sala.