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Música

Un ritual de dance, barro y carpas

Te contamos como se vivió el festival de música electrónica más importante de la agenda porteña.

Por Gisela Etlis

Con 40 mil personas de todos los colores -flúo, sobre todo- uno de los festivales de música dance más importantes del mundo volvió a llenar de punchi punchi el Autódromo de Buenos Aires. Y como en las últimas ediciones, en Creamfields 2012 no faltaron ni las pantallas de led, ni las caras destroyed, ni el morfi caro, ni las largas filas frente a cada uno de los baños químicos. Esas filas fueron la excusa perfecta para ponerse a charlar con el buena onda de atrás que seguro te convidaba un pucho, te daba fuego y hasta, como la pensó antes, te prestaba un pañuelito descartable (para las chicas, claro).

Un verdadero fiestón pasó por el país desde las 18:00 del sábado 10 de noviembre, hasta las 6 de la mañana del domingo. Mucha, pero muchísima gente en trance bajo el mismo cielo, a pesar de los pocos grados de temperatura y el vientito molesto, se descontroló bailando al ritmo de las bandejas de discos, distribuidas en siete escenarios simultáneos con artistas como Sven Väth, Richie Hawtin, Solomun, Infected Mushroom, Paul Van Dyk, entre otros. Claro que la joda estuvo, como siempre, en no quedarse en el mismo lugar, sino en moverse de un lado a otro. Porque tantas lucecitas, tantas voces que dicen “che, vamos a Cream Arena que arranca Hernán Cattaneo” o “Bancame un toque que allá venden conitos de pizza”, tantas diferentes opciones dentro de un mismo espacio, te hacen insasciable.

Hablemos de la moda Creamfields

Doce horas seguidas de mucho saltito, caminatas y poco asiento, deberían obligar al público a ir cómodo y más después de la tormenta del viernes que dejó el predio embarrado. Zapas de running, un pantalón de esos que no importa si se manchan, y un buen abrigo. Pero en la Cream 2012, como ya sucedía en las anteriores, desfilaron muchachas con altos tacos.

Aunque el frío esta vez avisó desde temprano, los shortcitos ajustados y cortos en extremo fueron un denominador común entre las veinteañeras. “Si estoy bailando todo el tiempo, me da calor”, aseguró, convencida, la rubia que combinó el short de jean con la remerita amarillo fúo, mientras temblaba y caminaba hacia al Main Stage, a minutos del show de Calvin Harris. Y eso que después bajó más la temperatura, pero como dijo un pelado en el puestito de hamburguesas: “Las minas acá están buenísimas. Posta, parecen modelos. Esto en el recital de Las pastillas del abuelo no pasa”.

Y es que para disfrutar de una genuina Creamfields, hay que disfrazarse un poco. Las cabezas cubiertas con los gorritos de cotillón que se afanaron del último casorio familiar, las calzas de colores, los anteojos con lucecitas, los collares que brillan en la oscuridad y alguna que otra cara pintada, cual fiesta de egresados.

Lo más esperado

Con muñecos inflables de Hello Kitty, una jirafa, un tigre, y una banana con corazones como protagonista, el público se concentró en el escenario principal para deleitarse con Poncho, aunque el delirio llegó con Calvin Harris. El dj y productor fue una de las mayores atracciones del Autódromo, y logró hacer saltar a miles de personas juntas en un ritmo casi cronometrado. Claro que no se puede negar a quien esperaban todos: David Guetta apareció a la 1.30 con un ruído como de estruendo que le pegó terrible susto a más de uno, pero regaló hits como When love takes over, Sexy Bitch y Memories.

A pesar de los baches entre tema y tema -que él mismo generaba cuando bajaba la intensidad y la gente dejaba de bailar- el francés tuvo buena onda y halagó a los argentinos -hacés lo mismo con todos ¿no David?- y nos tiró rosas por la sentada: “Hace poco estuve en la Tomorrowland y allá no pasa lo de acá, donde 50 mil personas se sientan en el piso para después levantarse todas juntas”. ¡Venite a vivir acá, Guetta!

Terminó su show con una versión remixada de Wonderwall de Oasis y fue una grata sorpresa para muchos fanáticos del dúo Gallagher, aunque una decepción para otros. Puso el estribillo original y luego el mismo punch de siempre.

Creamfields eran las de antes

Muchos de los veteranos que vivieron la Cream en el Autódromo de San Isidro en 2001 coinciden en que la partuza de las carpas perdió cierta magia. Matías, un treintañero que sigue fiel al ciclo, recordó con nostalgia aquella primera vez. Y fue duro: “Perdió esa sensación de under y eso de ser la fiesta de la high society. Ahora son todos ninjas”. Todos ninjas no, pero que ausencia de algunas billeteras fue un hecho.

Pero ¿y qué si Creamfields se volvió popular? Con una entrada de $460 más el estacionamiento de $100, de nac&pop no tiene nada. Y aún así, la gente sigue en la espera de cada noviembre, para bailar hasta el amanecer, terminar como si hubiese corrido una maratón y con las zapas, o tacos, llenos de barro.