X
Viajero Bacanal

Un país imaginario

Tierra tan extraña como atractiva, recibe al viajero con las sorpresas propias de una galaxia muy, muy lejana.

Por Eduardo Fabregat

Lo primero son las ganas de gritar. De gritar una célebre frase: llegar al aeropuerto internacional Tan Son Nhat, atravesar migraciones, pisar el terreno de Ho Chi Minh City y, sí, caer en el lugar común de Robin Williams y vociferar “Goooooood morning, Vietnaaam!!”. Lo único que detiene al viajero es imaginarse a un oriental cantando “Mi Buenos Aires querido” en el Ministro Pistarini, y la vergüenza ajena hace el resto. Mejor aún: lo que hace el resto es Saigón. Porque el mapa y los papeles oficiales dicen “Ciudad Ho Chi Minh”, pero el nombre de Saigón aparece a cada paso y en cada charla. Es solo una de varias paradojas que se delinean a medida que avanza el viaje: la guerra de Vietnam terminó en 1975, y por momentos es una historia lejana y en otros es puro presente. La ciudad sureña de la que partió derrotado el último helicóptero estadounidense condensa esa sensación: lleva el nombre del máximo lider comunista vietnamita, pero luce en sus calles carteles de Burger King, Kentucky Fried Chicken y Starbucks, y a pocas calles del mercado popular Chau Van Diep pueden verse luminosas vidrieras con alta moda europea. La historia dice quién ganó, la percepción directa relativiza todo.

Vietnam tiene una superficie total de 331.698 km2, apenas 24 mil km2 más que la provincia de Buenos Aires. Pero en ese paisito se apilan 92 millones de habitantes, y no es algo que se disimule así nomás. El automóvil, más que un artículo de lujo, es un estorbo; ni siquiera la bicicleta, tan asociada a los países asiáticos de alta densidad poblacional, es la protagonista del tránsito urbano. Lo que impera es el scooter: cientos, miles de scooters, enjambres de motos con una, dos, cuatro personas, con casco y sin casco, casi siempre con barbijo para protegerse algo de la polución resultante, muchas veces transportando objetos inverosímiles. Un recuento incompleto puede incluir: vidrios y espejos de cuatro metros de alto; armarios; bultos gigantes de ropa; dos ruedas de tractor; tres carros de bebé; una escalera de pintor y cuatro tachos de pintura; ¡una bicicleta!. Son las protagonistas de un tránsito absolutamente desquiciado, que desconoce toda regla y se atiene a un único verbo: fluir. Casi no hay semáforos. Los miles de motos, los miles de transeúntes y las decenas de autos se mezclan, se confunden, se entrecruzan, se esquivan. Casi nadie frena. Todos avanzan, a baja velocidad, mirando atentamente lo que hace el otro simplemente para no ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Al turista occidental le lleva un buen par de días acostumbrarse: primero no puede dejar de observar extasiado ese caos organizado, luego comprende que es ocioso esperar que “dejen de venir” para animarse a cruzar la calle. No dejarán de venir nunca. Y así finalmente entra en ritmo, se deja llevar y se hace rápidamente experto, entiende que lo único que está prohibido es amagar: como en la convivencia del hormiguero, alterar el flujo podría provocar una catástrofe.

Paréntesis no despreciable: (En diez días de estadía en Vietnam, el viajero asiste a un solo accidente menor, y una única escena de curiosidad pública: un corro de personas observando el inédito espectáculo de una grúa retirando a un auto demasiado osado aun para el estándar vietnamita, cruzado sobre una vereda junto a un lago) Cierre de paréntesis.

VietnamLa guerra y el entretenimiento
La otra omnipresencia de Ho Chi Minh City es el calor, un calor similar al de la Reina del Plata, pegajoso y húmedo; apenas afloja un poco por las noches, y por eso se disfruta la brisa que corre a bordo de los pequeños cruceros que navegan el Río Saigón. Allí donde de día puede verse a un pescador limpiando la cubierta de su barquito utilizando un casco de Marine como balde, las noches son para que las barcas turísticas ofrezcan un combo de cena-baile-show que refresca el concepto de derrota cultural: los artistas no tocan el dan bau -ese instrumento típico que parece una máquina de coser, con una única cuerda y un tensor que la hace producir sonidos similares al del theremin- ni entonan canciones locales, sino que la emprenden con una melange de grandes éxitos de la FM occidental que demuestran que la guerra, perdida por los generales, fue ganada por los gerentes de la industria del entretenimiento. La comida de a bordo, al menos, no sabe nada de hamburguesas: abundan las sopas con vegetales y pescado, el arroz cocido en hojas de loto con sus correspondientes semillas (que sirven tanto para el snack salado como para el postre en almíbar), la anguila picante, los mariscos. Y sí, si uno gusta de las experiencias nuevas puede pedir algún plato de perro, que es criado, sacrificado y consumido bajo las mismas pautas que rigen para la indiscutida vaca pampeana.

Más allá de la composición social -los únicos que lucen atuendos de clase alta suelen ser los altos funcionarios de gobierno-, el único rapto socialista real en Saigón se advierte en el Museo Ho Chi Minh: la vida del líder es ciertamente apasionante, pero el edificio consagrado a su figura es tan gris, tan sujeto a la museología de los años ’70 con sus fotos y recortes fijados a la pared, que hace mirar con buenos ojos al capitalismo salvaje. Esa mirada, de todos modos, desaparece por completo en el otro lugar ineludible de la ciudad: el Museo de la Guerra, una auténtica galería del horror.

“Durante la ‘Guerra de Vietnam’ fueron asesinados 3 millones de vietnamitas (entre ellos, dos millones de civiles); 2 millones fueron heridos, y desaparecieron 300 mil personas”. El cartel que abre la primera sala del Museo sienta la tónica de lo que experimentará el visitante. Los trofeos de guerra que adornan los jardines –tanques, aviones, helicópteros, piezas de artillería- son un triste consuelo ante las pruebas que el gobierno vietnamita ofrece de la carnicería que significó el conflicto desencadenado por el desembarco estadounidense de 1965 en Da Nang. Pruebas incluso neutrales, de fotógrafos como el húngaro Robert Capa y el japonés Ishikawa Bunyo, que documentan atrocidades que nada tienen que ver con una contienda bélica y los devastadores efectos del agente naranja, que se extienden hasta hoy. Como necesario antídoto, una gran sala está dedicada a la reconstrucción, con imágenes panorámicas de poblados arrasados en los ’60 y ’70 y su pujante aspecto actual. Pero no hay manera de salir del Museo de la Guerra sin un espíritu sombrío, que solo puede ser calmado con un par (o más) de Saigon Beer: la marca de cerveza local no está nada mal, aunque pierde por un campo ante la Hanoi. Hanoi: ese otro mundo.

Soldados de Ho Chi Minh
Si las diferencias políticas entre el norte y el sur provocaron el descalabro conocido, a nadie puede extrañar que Hanoi sea tan diferente a Saigón. Incluso en el clima: 1700 kilómetros al norte de Ho Chi Minh City, el calor y la humedad desaparecen, y campea un otoño amable. El camino que va del aeropuerto Noi Bai al centro de la ciudad deja claro que un vietnamita desesperaría ante el espectáculo de los amplios espacios vacíos a la vera de las rutas argentinas. Con semejante escasez de terreno y tantas bocas que alimentar, los hanoienses siembran hasta el borde de la carretera, y aun bajo la llovizna se los ve inclinados sobre el terreno y bajo el nón lá, sombrero cónico que sirve tanto de protección frente a los elementos como de pequeño cesto multiuso.

El paisaje rural contrasta con lo que ofrece la capital de Vietnam: si impresionaba el número de motos de Saigón, Hanoi es un hervidero en el que solo de vez en cuando puede distinguirse un vehículo de cuatro ruedas. El entrenamiento adquirido en el sur resulta esencial en la ciudad norteña, donde todo rastro occidental desaparece. La traza urbana es un complejo laberinto de calles que se convierten en pasajes y pasajes que se convierten en pasillos, donde también rugen las motos; en lo alto, las ventanas de casas diferentes quedan a cuarenta centímetros de distancia, dejando solo una hendija de cielo. Abajo, el ejercicio de musicalizarse el paseo con auriculares es un lujo riesgoso, porque se necesitan todos los sentidos para moverse en una ciudad que atosiga. El refulgente amarillo del Palacio Presidencial o las líneas modernas del estadio de fútbol My Dinh son recreos monumentales en una ciudad de mil años de antigüedad, hecha de pequeños detalles y de muestrarios abigarrados, como el enorme mercado callejero que apiña centenares de tiendas donde es casi imposible encontrar algo que no sea falsificado.

Allí, o en rigor en cualquier callejuela, el viajero puede recargar energías: solo hay que tener un puñado de dongs y presencia de espíritu para vencer a las dudas bromatológicas. Porque la anciana que prepara la sopa Pho Bo (con carne de vaca) o Pho Ga (pollo) sabe muy bien lo que hace, y ese caldo con fideos de arroz, vegetales y trozos de carne resulta especialmente sabroso, alimenticio… e inocuo para el organismo occidental. En varios de esos pequeños locales, apenas un ambiente abierto a la calle,pueden verse grupos frente a un televisor con contenidos rigurosamente controlados por el Estado, que pixela toda carne expuesta o vira al blanco y negro las escenas sangrientas. Sentado en un sencillo banquito de plástico, el viajero puede al menos vivir la ilusión de fundirse con esa masa en la que se distingue una única clase social, trabajadora y humilde, que parece representar mejor los ideales de Ho Chi Minh.

El líder de los 147 nombres distintos, precisamente, es el centro de uno de los edificios más imponentes de Hanoi, fuente de otra experiencia duradera. Al Mausoleo de Ho Chi Minh no se puede ingresar con mochilas ni bolsos, no se puede enarbolar cámaras ni hablar, mucho menos sonreír o hacer chistes fuera de lugar. Ni detenerse: la rigurosa custodia de soldados en un blanco impecable vigila que el contingente desfile sin pausa alrededor del catafalco de vidrio que conserva el cuerpo embalsamado en 1969, y la impresión que produce esa figura vista en tantas fotos y monumentos elimina toda posibilidad de saltarse las reglas. Solo al salir se puede cumplir un recorrido más “turístico”, con un paseo por los jardines del Palacio y una visita a la humilde casa de madera donde “el que ilumina” prefirió vivir sus últimos días. Y será preferible hacer todo eso temprano en la tarde: a las diez de la noche, Hanoi es una ciudad en silencio, y el argentino acostumbrado a encontrar un lugar donde comer a cualquier hora, o salir de ronda de bares, no tendrá más remedio que rumiar el hambre y la sed.

No será lo único que quede por masticar, al menos de manera simbólica. Para el occidental, la visita a un lugar como Vietnam lo devuelve cambiado al hogar. La ausencia de toda referencia conocida, la brutal diferencia de lenguajes, de gestos corporales, de vestimenta, de gastronomía, de comportamientos, hace que la media vuelta al mundo deje impresiones mucho más profundas. La distancia real entre Buenos Aires y Hanoi es de 15 mil kilómetros. Pero quien la recorre, más que con jet lag, queda con la sensación de haber subido a un avión que lo depositó, sin más trámite, en otro planeta. Good morning, Vietnam.