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Cine y Series

Un oso peligroso

El creador de la irreverente serie animada Family Guy, llega al cine con una comedia políticamente incorrecta sobre un peluche poco convencional, Ted. 

Texto: Juan Manuel Domínguez
Fotos: Gentileza Universal

En un episodio de South Park, la hecha-a-papelitos macromaravilla animada de Trey Parker y Matt Stone había una guerra entre los dibujos animados. Bueno es recordar que Parker & Stone fueron definidos por J. Hoberman, esa realeza judeoyorkina de la crítica, como “liberales de derecha”, hablando sobre su constante disrupción y alteración en clave corrosiva de los Estados Unidos, sus lugares comunes y sus excrementos pop. Pero volviendo a la guerra de brujos, ahí estaba Bart, junto a Cartman, creando un G8 geek. Ahí estaban los niños de South Park yendo al estudio de Family Guy, la serie creada por Seth MacFarlane. Y el grupete descubría el método utilizado por MacFarlane para construir su serie-clonación de Los Simpsons, aunque debe decirse que mutada y, Dios, ¡cuánto! Como sea, el método MacFarlane -según la mirada South Park- era poner a un grupo de manatíes a pensar Family Guy.

Sí, manatíes. Repito, manatíes que agarraban en su estanque una bola de “Idea” (por ejemplo, filmación de Al-Qaeda mostrada como making off, donde los terroristas bromean entre sí y piensan, desde el ridículo, la reacción americana a sus bromas de universitarios borrachos) y la meten en un tubo de “Situación”, sin ningún otro sentido que el gag ultrapop, casi pop-up por la forma de interrumpir el relato.

Queda claro que la serie que puso en el en el mapa a MacFarlane fue Family Guy.
Queda claro que algo de verdad hay en eso de que Parker & Stone odian a MacFarlane.
Sin embargo, en ese odio hay algo que también propone un hecho irrefutable: queda claro que ninguna otra cosa vale tanto en el universo MacFarlane como el chiste anárquico e hiperlinkeado al universo pop.

Pero ese estilo enloquecido de MacFarlane, es decir su ir de gag en gag, sacrificando el sentido narrativo para crear un extenuante (a veces), lúcido (otra más veces) recorrido. Una forma de crear hiperactiva, ,que da como resultado un estilo de comedia sobrepoblado de bromas que, la mayoría en unos aprox 30 años, serán imposibles de descifrar por su inmediata conexión con esa forma slacker de pensar hoy la cultura popular. Eso es Family Guy. Eso es MacFarlane. Queda claro.

El osito y el osote

Pero Gran Clonador tenía un as de peluche en la manga. Mientras su imperio animado lo hace hoy el hombre mejor pago de la animación en Estados Unidos, MacFarlane realizó su primer largo de “carne y hueso”.

Y qué carne y qué hueso: por un lado, Mark Wahlberg, ese milagro que camina por Hollywood con carisma de Cary Grant sometido a tratamiento diario de anabólicos, encanto ultramoderno y Victorinox. Esto es: capaz de servir al género de turno con igual efectividad superlativa y superhumana, siempre. Por el otro, Mila Kunis, la ex That 70´s Show!, una de las divas de la Nueva Comedia Americana y voz de uno de los personajes de Family Guy.

Pero falta un integrante, el que da nombre a la ópera prima de MacFarlane en el cine: Ted.

Y Ted es un oso de peluche.

Sí. Literalmente (y, obvio, digitalmente), un oso de peluche parlanchín que adquirió vida gracias a un deseo infantil del personaje de Mark Wahlberg. Piensen en el osito de Inteligencia Artificial y andan en las coordenadas correctas. Pero la similitud termina ahí. Porque Ted no tiene nada de osito cariñoso. Ted es la concentración en un juguete de la forma demoniotazmaniesca que tiene MacFarlane para construir la comedia: una mezcla de súper stand-up y slapstick de dibujo animado. Bueno, Ted está animado más allá de que la voz, como miles de otras voces de la animación actual incluida la de Peter Griffin, está hecha por el mismo MacFarlane.

Ted al ser un diseño que sorprende por original (ver a un osito de peluche fumando una pipa de agua es una imagen nueva) muestra la verdadera fuerza  del universo MacFarlane: el diseño de personajes.

Pareciera que MacFarlane, y su Guía Infinita de la Cultura Estadounidense saben capturar estereotipos. En todo caso, Ted no es otra cosa que el hedonista supracanchero, a la Tony Stark, así como Stewie Griffin no es otra cosa que la mutación del formato animado “Bebé Parlachín”, remember Rugrats. Y estos personajes están construidos como perfecto ídolos, como perfectos contenedores de violentos asaltos a la cultura pop.

El padre de la familia

Se sabe: el universo MacFarlane no se destaca por su originalidad ya que su base es muy obvia, Los Simpsons. Pero eso es lo menos importante: MacFarlane ha sabido crear mojadas de oreja magistrales en la animación mainstream (es decir, la que pasa en Estados Unidos la Fox) en una era donde la irreverencia sólo moja índices para contar billetes. MacFarlane los cuenta, obvio, pero nunca alteró su fórmula, nunca –hasta ahora- buscó otra ecuación en su vapuleado molde de base.

Ted, osito y personaje, son precisamente la forma nuclear de la comedia MacFarlane: una buena idea (que el director primero pensó para una serie) que es usada como catapulta para su reproducción en masa de bromas, bromas y bromas que muestran su visión microscópicamente ácida de la cultura popular.

Pero ¿de donde sale el frenesí MacFarlane? ¿De dónde sale este tipo nacido en 1974 a quien Los Simpsons mismos le tiran algunos dardos?

De base, Connecticut. Las raíces de MacFarlane están en la animación de Hanna-Barbera. Incluso, desde mucho antes de trabajar para la compañía dueña de Los Picapiedras, Los Jetson, Don Gato y su pandilla y que es de alguna forma ese gran monstruo llamado Cartoon Network. Y MacFarlane habla con devoción de esa forma de animación alla Hanna-Barbera, hoy por hoy, la más vapuleadas de la historia estadounidense. Y, si se mira en detalle,  su propio imperio de animación que genera un billón de dólares anuales tiene algo propio de esa familia.

Porque, hablando de familia, Los Griffin de Family Guy, -su hijo prodigio que al final de su tercera temporada fue dado de baja y después, debido a la alta venta en DVD, volvió- son sólo el mascarón de proa. Es que desde Family Guy MacFarlane generó un universo MacFarlane construido a base de shows que son spinoffs, -es decir, series nacidas para contar la historia de personajes secundarios de la serie principal- o clones del clon (American Dad!). Y que  fueron abriendo un espacio donde se reproduce una y otra vez el mismo modelo.

Entonces, como Hanna-Barbera, el universo MacFarlane, a diferencia de los dadores de ADN (Los Simpsons), se mueve dentro de parámetros siempre familiares: está bien y es lógico. Veremos por qué.

Sorpresa y media

Si Los Simpsons sentaron la base de la comedia animada moderna (podemos incluso hasta tachar el animada) e hicieron universal la animación, lo que hizo Family Guy fue quedarse en la misma tecla. Y golpearla una y otra vez, en cada intento con mayor fuerza.

Una y otra vez en la viñeta salvaje, desprendida, desubicada, wwwea-límites, hasta lograr una gimnasia que convirtió algo que era un detalle en Los Simpsons directamente en un género.

Como Hanna-Barbera (donde cuando jovencito MacFarlane hizo episodios de Johnny Bravo), el renacentista animado creó un género más biodegradable que otra cosa. Basta para comprobar esto ver varias series de Adult Swim, el segmento adulto de Cartoon Network, donde los dibujitos de H&B sobre reinjertados laboralmente en la comedia descontrolada. Pero precisamente, esa condición es la que los vuelve vitales.

Lo que no había sucedido desde Frank Tashlin o desde Tim Burton, animadores devenidos directores, es que una visión en extremo única pase a la pantalla de una forma tan pura pero aun así no caprichosa. Sobre todo considerando que MacFarlane parecía cualquier cosa menos único. Pero aquí la gran sorpresa llamada Ted.

El oso, desde el vamos, mira a los 80 con cariño y odio. A las comedias de los 80, esas de aventura; aunque su terreno sigue siendo el formato slacker. Esto es: la habladuría sabihonda del pop, capaz de generar comedia desde lo ñoño. Ese cliché de los dos tipos sentados en un sillón, luciéndose verbalmente.

Ted, al ser un personaje único, extremo, muy poderoso como concepto, esconde troyanamente lo que MacFarlane muestra a lo exhibicionista cuando la emprende en el mundo animado. Ted promueve y se mueve en ese parloteo soez, desubicado, pop, gamberro. Es único al oso en el film, por ende, la comedia de MacFarlane necesita adquirir nuevas formas, otras formas de diluirse y lo hace.

Y sin mutar a sus personajes en seres animados, MacFarlane aprende en Ted la forma de que lo guarro deje de quedar en el aire y se haga personaje, se haga cine. Toma esa catarata pop que le circula por las venas y le da un sentido armónico, que, ahora sí, cuenta algo. Y esa es la gran sorpresa que MacFarlane tenía para darle al mundo, a quienes pensaban que su animación a corto plazo estaba atrofiada en la musculación pop.

Eso no quita lo hormiga atómica de su humor que pica y radioactivamente en los lugares donde no pega la luz de la comedia actual. Pero ahora, el universo MacFarlane tiene un nuevo truco: un increíble y potente abrazo de oso.

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