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Territorios

Un nadador llamado Ola

Matías Ola, un tucumano dispuesto a unir todos los contienentes nadando en mar abierto.

Texto: Guido Piotrkowski
Fotos: Martín Bonetto y Guillermo Galishaw

Cuando Matías Ola correteaba por las calles de Orán, donde vivió de pequeño, no se imaginaba que su apellido, blanco de burlas, sería como un presagio en su vida adulta. Ola nació en Tucumán y creció en Salta, lejos del mar y del frío polar. Ahora, a los 29 años, este tucumano de un metro ochenta y setenta kilos, nada contra la corriente, ágil como el salmón.

Como un presagio, su apellido se impuso en su destino y está cumpliendo un sueño: unir los cinco continentes nadando en aguas abiertas sin traje de neopreno. En total, serán ocho brazadas gigantes, utópicas, monumentales. Conectar, estrechar, unir, de eso se trata este proyecto apadrinado por el Juez de la Corte Suprema, el doctor Eugenio Zaffaroni.

Las travesías tienen como objetivo la unión entre los pueblos por medio del deporte. Se trata de un proyecto social, turístico, cultural, deportivo y científico, que intenta concretar la construcción de Centros Provinciales de Alto Rendimiento Deportivo en diferentes provincias, comenzando por su Tucumán natal. Es por eso que Ola se reunió recientemente con el prestigioso arquitecto argentino –y tucumano como él–, César Pelli, quien “se mostró muy interesado en el proyecto social del centro deportivo en Tucumán y abierto a explorar formas para su colaboración”, destacó Matías Ola luego de la reunión que mantuvo con Pelli en Nueva York. “El objetivo de este proyecto es restaurar o poner en marcha el desarrollo del deporte de alto rendimiento en el interior del país. Queremos que la gente, el gobierno, los políticos que estén a cargo del deporte nos escuchen”, dice Ola en un alto de su entrenamiento en el Cenard (Centro Nacional de Alto Rendimiento) en Buenos Aires.

Unir el Mundo también intenta ampliar las fronteras del conocimiento científico y el enigma de la supervivencia al estrés por el frío, por eso, su odisea es seguida de cerca y apoyada por investigadores de las Universidad de la Plata y Matías viaja asiduamente junto a su nutricionista, Natalia Szydlowski, impulsora de la investigación. También hay otro proyecto en vías de estudio, mucho más complejo, para estudiar una hormona específica, que espera por el apoyo del ministerio de Ciencia y Tecnología.

Matías Ola

El Proyecto
Unir el Mundo nació en agosto de 2011 y, desde ese momento, Matías viaja por el país en busca de aguas gélidas que ayuden a desarrollar su resistencia al frío. En noviembre del mismo año, fue a Mar del Plata, donde hizo el primer entrenamiento en playa Varese, con el agua a doce grados. “Me encontré con esa nueva sensación de sentir el frío en el cuerpo. Y especialmente, saber que lo podía controlar”, cuenta al borde de la pileta del Cenard. Las prácticas siguieron en enero de 2012 en Bariloche. Nadó en los lagos Gutiérrez, Mascardi y Nahuel Huapi, pero el agua no bajaba de los catorce grados. “No sabíamos que temperatura podía soportar mi cuerpo, era todo un misterio. Buscábamos agua cada vez mas fría”. Fueron entonces rumbo al glaciar Ventisquero Negro, donde el agua estaba poco más de un grado. “Fue todo un desafío nadar en esas temperaturas. Pasás un umbral de dolor y ya no sentís nada. Es como anestesia total, sentís que tenés cien kilos en cada brazo”.

En su periplo, entrenó en Puerto Madryn, nadó en el canal de Beagle, en el glaciar Upsala y también en Calafate, bajo el imponente glaciar Perito Moreno. Allí braceó y pataleó con el agua a cuatro grados. “Fue genial, mientras nadaba hubo un rompimiento. Pude comprobar que el glaciar está vivo. Podía nadar mucho más, pero fueron solo cinco minutos por cautela. Sentía un fuego interno que me protegía del frío externo”.

Los comienzos
Matías empezó a nadar a los 21 años en el complejo Ledesma de Tucumán, y a los seis meses ya estaba federado. “No eran las mejores condiciones, pero ahí aprendí a nadar y a querer este deporte”. Apenas entró al club, Eduardo Fuentes, quien era su entrenador en aquel momento, detectó sus condiciones y lo incorporó al plantel de natación. Y tan rápido aprendió que en poco tiempo ya estaba compitiendo por el resto del país. Más tarde, conoció el Cenard,y supo que era allí donde tenía que entrenar. “Ahí aproveché para practicar en doble turno, conocer buenos entrenadores, mejorar mi técnica y competir internacionalmente. Pero me di cuenta de que, como había empezado tarde, no iba a llegar lejos”.

De todas maneras, el hombre no se desencantó, sino que se puso a investigar y fue entonces que surgió la idea de hacer algo “diferente, sin dejar el agua”. Así fue que “descubrió” las travesías de aguas abiertas, un mundo en el que los nadadores persiguen objetivos solidarios. “Le conté a mi entrenador y me desafió: ‘Un buen nadador no usa traje de neopreno’”.

El Bering, el Guiness y el Bósforo
“Mi objetivo era unir Eurasia con América. De las ocho travesías planificadas, la más dura era la del estrecho de Bering”. Y hacia allí fue en agosto de 2013, luego de que el primer cruce se viera truncado por las condiciones climáticas. La idea era unir Europa y África a través del estrecho de Gibraltar, desde Tarifa, España, hasta la costa de Marruecos. Esperó ocho días pero la marina no autorizó el cruce, y junto a su equipo y el entrenador Pablo Testa, resolvieron dejar este tramo para 2014. Enseguida, viajaron a Rusia para formar parte del primer grupo que en la historia nadaría sin traje de neproeno desde Chukotka, en Siberia, hasta Wales, una localidad de ciento cincuenta habitantes en Alaska. “Navegamos durante cuatro días hasta llegar al punto de partida. El buque se movía como un papel, estuve los doce días mareado. Estábamos a 130 km de Círculo Polar Ártico, todos sabíamos que si lo lográbamos íbamos a marcar un récord Guiness”. Y lo lograron: nadaron 134 kilómetros en seis días, el doble de lo planificado, debido a las fuertes tormentas, neblinas y corrientes. “Nadábamos con olas enormes. Quince kilómetros antes de llegar a Alaska, no podíamos avanzar. Nadar junto a otros dieciséis países fue muy emocionante. Una gran experiencia de amor y de unión, increíble, extrema, muy dura. Nos emocionamos al llegar a tierra, pero no se nos caía una lagrima del frío”.

En octubre, viajaron a Estambul para unir Europa y Asia a través del Bósforo. Orgulloso, Ola cuenta a Bacanal que el tráfico marítimo de la única ciudad bicontinental del mundo se detuvo especialmente, en un hecho inédito. Hacía mucho calor cuando llegaron y pensaron que sería relativamente fácil. Pero el pronóstico marcaba lluvias y vientos fuertes para el día D. “Nos encontramos con más sorpresas, las fuerzas de las corrientes y la gran cantidad de medusas que había”. Matías se zambulló en el lado asiático y demoró 35 minutos y 11 segundos, bastante más de lo planificado. “Las corrientes eran fuertísimas, venían a siete kilómetros por hora. Esa parte fue muy dura”. Siete kilómetros por hora contra corriente es como nadar en el lugar. Matías sentía que no avanzaba. Su entrenador lo alentaba “¡No dejes de patalear!”, vociferaba desde el zodiac de apoyo. Nadó diez minutos pegado a la orilla para poder llegar al punto indicado donde tenía que cruzar. “Si me dejaba llevar terminaba muchísimo más adentro. Me sentí muy bien, me emocioné mucho cuando llegué a Europa. El puerto estaba lleno de gente. Fue muy impresionante ver la movilización que causó el cruce”.

Matías Ola La ola no se detiene
Durante los intervalos de las travesías continentales, que llevan tiempo, logística, y preparación, Ola no se queda de brazos cruzados, sus brazadas se extienden más allá. En diciembre intentó la última travesía del año: unir el mundo en el fin del mundo. Paradójicamente, en ese hito, no habría unión de continentes sino que sería un nado simbólico en la Bahía España, en la Isla de los Estados, muy cerca de la Antártida. Pero el clima le jugó una mala pasada y el cruce finalmente no se realizó. “Llegar hasta cada lugar fue como nadar en contra de la corriente, pero también un gran desafío. Como equipo demostramos que cuando se quiere, se puede. Aún resta cumplir el resto de los cruces intercontinentales”.

Siempre en busca nuevos retos, intentará nadar en una laguna en la base del Monte Everest, a 535 metros de altura. Para adelantar la logística y conseguir los permisos, viajó a India en octubre pasado. “Va ser un nado muy extremo. Las temperaturas del agua van a ser gélidas, pero mas allá de eso hay otros factores como la altura y la presión para los cuales tengo que entrenar especialmente. Pero tenemos todo el equipo necesario y un guía argentino que conoce mucho el monte Everest. Espero poder hacer un nado de 25 minutos”. Con ese objetivo en el horizonte, Ola entrenará en la Laguna del Diamante, en Mendoza, y en La Quiaca.

Matías también fue invitado a competencias, festivales y mundiales de natación en aguas abiertas. En enero, estuvo en China, en el Festival de Natación de Invierno en Jinan Shandong, donde compitieron más de seiscientos nadadores y el argentino obtuvo el segundo puesto, nadando con una temperatura ambiente de -5 grados y el agua a +5 grados. En febrero, participó del Festival Internacional de Pirita, en Tallin, Estonia, junto a unos trescientos nadadores, donde la temperatura del agua era de 0,3 grados, y la del ambiente de ¡-20 grados! Matías logró una nueva hazaña entre nadadores de países como Finlandia, Lituania, Letonia, Rusia, Inglaterra y Estados Unidos, obteniendo una medalla de oro en los 450 metros Endurance Swim. “Nunca había nadado en cero grados. Me sorprendió haberme desenvuelto en esas temperaturas. No sentís las manos ni los pies. Cualquiera lo puede probar poniendo su mano en una cubeta de hielo”.

Hacia fines de marzo, Ola participó del Mundial de Natación de Círculo Polar Ártico, en Rovaniemi, Finlandia, donde la temperatura del agua era de 0,5 y 5 grados. El nadador tucumano fue el primer y único representante de Argentina en los dieciocho años que se realiza este mundial y marcó otro hito en su corta y prolífica trayectoria: fue subcampeón del mundo en la carrera de 450 metros Endurance Swim y tercero en la carrera de 25 metros estilo libre, entre más de mil nadadores de 35 países, con el agua por momentos congelada y bajo intensas nevadas. “Yo no tengo nada que ver en el ámbito y las costumbres de frío. Cuando decidí participar de estas competencias era porque necesitamos seguir comunicando e impulsando el proyecto. Ese fue el principal objetivo, pero no me imaginaba que iba a tener tan buena participación. Los resultados son históricos para un nadador sudamericano. Peleé los primeros puestos y subí al podio con la bandera argentina”.

Lo que viene
Ola quiere organizar un festival de natación de invierno en Argentina, similar a los que viene participando. “He recibido mucho interés de los nadadores de venir a nadar aquí”. Quiero lograr un festival de invierno muy parecido al de China, que involucra varias ciudades. La idea es hacer diez días entre Buenos Aires, Tucumán y El Calafate”.

Continuando con el proyecto madre, el de Unir el Mundo, en mayo, viajará a Indonesia para cruzar a Papua Nueva Guinea y así, realizar la unión de Asia con Oceanía. Luego, vendrá la revancha en el estrecho de Gibraltar y una nueva serie de brazadas cerca del Polo Norte, para repetir el estrecho de Bering en las Islas Diómedes. Más tarde, África-Europa desde Túnez hasta la Isla Lampeduza en Italia; y África con Asia en el golfo de Aqaba, desde Egipto a Jordania.

Quedan algunas brazadas nomás de este proyecto deportivo y cultural, solidario y científico, loco y ambicioso. Seis brazadas enormes para unir el mundo.

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