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Columnistas

Un león herbivoro

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Sábado. Cae la tarde sobre Buenos Aires. Decido irme a bañar. Como si fuera la previa para una salida que no existe. Como cuando era una adolescente y sentía esa emoción previa a la salida, lleno de expectativas, abierto a un infinito de posibilidades. Decido bañarme. Como en un acto de instinto adolescente prendo el equipo y pongo música a todo volumen: un combinado ochentoso que va desde Soda Stereo a Sumo sin escalas, pasando, claro, por Fito, Charly y los Abuelos de la Nada. Me baño como un autómata, sin necesidad porque no voy a salir, y cuando salgo, después de hacer un esfuerzo para anudarme el toallón a la cintura, tomo el celular y llamo a Dashi para pedir Sushi. Siempre pido lo mismo: Hot Philadelphia, King Dragon, Shogun y Machu Pica y dos gaseosas para que no crean que como solo como un paria. La telefonista me dice siempre lo mismo: “Perdón, señor, pero hasta su domicilio no llegamos”, como diciendo, “Nene, vivís de Corrientes para el Sur, sos lo menos”. Y yo le conwwwo: “Qué raro, porque me traen siempre”. Resuelta y cocorita, pide que la espere un momento y tapa el auricular. Cuando regresa me dice: “Sí, señor, perdón por la demora, se lo enviamos a su domicilio, ¿verdad?”. Una hora después suena el timbre del departamento. Es imposible que el pibe del delivery haya subido sin portero eléctrico de por medio. Estoy en zapatillas sin medias, mi shorcito deportivo con el escudito de River y una chomba de un color que no combina con ningún color inventado. Tomo las llaves y abro la puerta descuidado, cuando me doy vuelta la veo a Irina de pie, con una remera de cuello ancho clarita y una minifalda colorada. Me asusto, obvio, no la esperaba. 

-Se te escapó el Enzo- dice con el Enzo en los brazos que me mira con cara de hacerse el boludo. Intercambiamos unas palabras y la invito a pasar. Me dice que no tiene nada que hacer, que sí, que le encantaría cenar conmigo. Le digo: “Esperame que pido sushi, entonces”, y voy a mi habitación a hacer como que llamo al delivery. Cuando vuelvo al comedor, ella está sentada sobre la mesa con las piernas recogidas y apoyados sobre una silla. La miro. Está bonita. Más madura. Más mujer. Disimulo la sonrisa. Hace una morisqueta de nena y larga la risotada. No termino de sentirme incómodo. Irina actúa distinta.

-¿Te pasa algo?- le pregunto.

-Nada, estoy contenta de verte. ¿Está mal que esté contenta?

-No, obvio que no- respondo alarmado. Estamos a un metro y medio de distancia. Ella pone su mano en mi pecho. El gesto es indisimulable. Su mirada enamorada, también. “Sabías que ya cumplí 20”, me dice invitadora. “Me imaginé, porque la gente suele cumplir años”, le digo un tanto antipático. Me acerco un poco más.

-Estuve pensando mucho en vos y llegué a la conclusión de que sos un poco tontín y te creés todo lo que te digo…

-No entiendo…

-Sí que entendés. Y también sabés que lo que te dije aquella vez era mentira… La miro. Entiendo. Podría aliviarle el trabajo, pero no tengo ganas. 

-¿Qué cosa era mentira, nena?

-Eso de que sos viejo -juguetea- Bah, viejo sos, pero me gustás igual… Te lo digo, porque me parece que vos mucho no nos entendés a las chicas. Podría haberme sentido orgulloso, es cierto. También podría haber manejado la situación, claro. Sin embargo, percibí otra vez esa sensación de que el mechón de cabellos sobre la frente se me encanecía cada vez más, que la piel de las manos se me agrietaba con cada segundo que pasaba y que el cinturón estaba a punto de ahorcarme por los kilos de más que llevaba encima. Ya había herido mi orgullo de macho. De todas maneras, la besé en la boca. La miré nuevamente y le dije segundos antes de que tocara el timbre del portero, ahora sí, el delivery:

-Ya es tarde, nena. Con vos soy un león herbívoro…

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