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Cine y Series

Un dios furioso

Exódo, dioses y reyes: pochoclo bíblico en versión Riddley Scott.

Por Sandra Martínez

Siguiendo la racha de películas bíblicas, Ridley Scott nos trae su versión de la vida de Moisés. La leyenda tiene en sí bastante potencial narrativo: un príncipe de Egipto convertido en líder rebelde de una tribu esclavizada, más profesías y catástrofes naturales a granel. Scott puso a Christian Bale en el rol del patriarca judío, acompañado por un importante elenco.

El problema es que para que estas historias que han sido contadas una y otra vez -y en el caso de Moisés, que tiene una adaptación cinematográfica tan icónica como Los diez mandamientos, con Charlton Heston en su esplendor- es que sólo se justifican si encuentran un nuevo punto de vista que merezca ser narrado. Aquí la comparación con la reciente Noah es inevitable. La película de Darren Aronofsky puede ser criticada, pero al menos encontró su veta original, incorporando elementos casi fantásticos y, sobre todo, mostrando a un Noah fanatizado al punto de que su rol como héroe se vuelve dudoso.

El Moisés encarnado por Bale tiene dudas. Duda sobre todo de ese Dios que es un niño furioso, que se contradice y que no puede o no quiere dar respuesta a sus preguntas -¿por qué abandonar a su pueblo elegido durante 400 años de esclavitud, para decidir de un día para el otro que su libertad es necesaria a cualquier precio?- y duda sobre el papel que él mismo está jugando en una extraña guerra donde tiene lazos con ambas partes. Pero sus temores son apenas una nota al margen en una adptación casi literal del relato bíblico.

Cuando el esplendor faraónico gana la pantalla, cuando se trata de persecuciones en carrozas y, sobre todo, ese barroco despliegue de la furia divina que son las siete plagas, Éxodo entretiene. Pero cuando vuelve a la intimidad de las conversaciones, las plegarias, las advertencias, no logra interesarnos por la suerte de sus personajes y las actuaciones de Ben Kingsely, Aaron Paul y Segouney Weaver quedan reducidas a meros cameos. Hasta el enfrentamiento entre Moisés y Ramses, que tiene cierta resonancia a la relación entré Máximus y el emperador Commodus en el gran hit de Scott, Gladiador, se diluye sin una resolución contundente en las aguas del Mar Rojo.

Con un título bastante paradójico tieniendo en cuenta que el peregrinaje del pueblo judío por el desierto queda reducido a un vago último acto con una secuencia de breves escenas que resumen 40 años, lo cierto es que el fuerte de la película queda entonces para la acción, un métier que Scott conoce muy bien. Una pena que los dioses egipcios no se hayan dignado a dar batalla. Esa hubiera sido una gran película.

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