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Territorios

Trilogía polar

La ruta del crucero Viking Line va desde Estocolmo a Helsinki, un recorrido donde las historias y las personas no conocen mejores leyes que el silencio, el alcohol y los fines de semana de locura.

Texto y fotos: Gabriel Magnesio (Desde Estocolmo, especial para Bacanal)

El agua del lago Mälaren golpea las 14 islas del archipiélago, donde 800 mil habitantes viven bajo la niebla. Las luces de Estocolmo son hielos de colores: en la Kungsgatan, el downtown de la ciudad, una ambulancia cruza el semáforo en rojo y los peatones se molestan. “La imperfección nos mantiene vivos”, escribió Honoré de Balzac. “¿Suecia? Qué miedo, allí todo funciona”, se horrorizaba el rocker Lou Reed.

A pesar de ellos, Estocolmo nació y sigue aquí, en Galma Stan. Corría el año 1255 cuando fue fundada. En esta pequeña isla, en el centro del archipiélago, las calles angostas están cubiertas de suecos, esos zapatos de artesanía local que, puestos en cada puerta, parecen el máximo cliché posible. Una redundancia. Una imagen de perogrullo.

Cerca de las aguas del Mälaren, ayer derivaba otro lago –más pequeño– donde los pescadores sacaban salmones. Hoy, esta mañana, esas aguas son una pista de patinaje donde chicas y chicos demuestran un arte extraño de baile y acrobacia. Pero no hay que confundirse: éstas son tierras vikingas. Desde estas aguas congeladas y risueñas, desde esta ciudad donde todo funciona, desde esta tierra de zapatos en las calles, los viejos vikingos zarpaban para sembrar el terror a lo largo y ancho del mundo. Un mundo que ellos mismos se encargaban de descubrir. “A furare normannorum libera nos Domine” (De la furia de los hombres del Norte, líbranos Señor), suplicaban sus presas.

Vikingo en puerto o en puerta
Hoy el único vikingo que zarpará del Mälaren dentro de unas horas es el Viking Line, el crucero que atravieza el mar Báltico. La ruta cubre Estocolmo-Helsinki, en 16 horas. Pero incluso antes de zarpar, el barco es un destino en sí mismo, una pausa en los estrictos códigos de convivencia escandinavos.

Apodado Love boat, el Viking se convierte con el paso de las horas en una Ibiza nórdica y flotante. La clase obrera sube a tomar alcohol exento de impuestos, a bailar en discotecas con bolas de cristales en los techos y a vivir desenfrenados encuentros sexuales con jóvenes extranjeros.

Son las cinco de la tarde. Los pasajeros más jóvenes suben al Viking en fila india las escaleras hacia la azotea cargados con cajones de cerveza. Los demás se apoyan en la barra de los bares, frente a la pista de baile vacía: se divierten con las tragamonedas o completan crucigramas.

La mole de hierro se mueve junto a no menos de varios centenares –casi 400– de obreros nórdicos y una decena de extranjeros. En unos minutos, el barco perderá el control. De la nada, una orquesta repasará canciones populares escandinavas setentistas, la pista se inundará de alcohol excento de impuestos y los vestidos brillantes y cortos, las medias transparentes y las botas negras, cederán a la urgencia del deseo. A nadie le importará el movimiento de la gigantesca y flotante masa de hierro, sus ocho pisos con capacidad para 2500 pasajeros, atravesando las aguas del mar Báltico.

Varios han sido los autores suecos que intentaron definir el ser escandinavo: Hjalmar Bergman, August Strindberg, Stig Dagerman y, por supuesto, el cineasta Ingmar Bergman. Pero fue el escritor danés Aksel Sandemose quien logró sintetizar esta escencia. En su novela En Flygtning krydser sit spor (Un refugiado en sus límites), Sandemose retrata una ciudad ficticia llamada Jante, pequeña comunidad de provincia de Dinamarca, metáfora de su ciudad natal. En danés, loven significa ley. Y la ley de Jante se convirtió en la tácita del comportamiento escandinavo. En los países nórdicos se desaprueba que una persona se considere mejor o más inteligente que otra. Es una ley que excluye a las personas diferentes o excepcionales. A quien viola esta norma tácita se lo mira con hostilidad. Prima la igualdad y la justicia social, la reserva y la aparente frialdad.

Pero, en el Viking, la historia cambia. Como los viejos vikingos que salían a saquear otras tierras, en el crucero, el hermetismo se quiebra y asoma la vulnerabilidad en los rostros. “A furare normannorum libera nos Domine”.

Exilios
Todavía en tierra, más precisamente en un supermercado, una mujer de notables rasgos nórdicos y tatuaje sobre el hombro desnudo, pasa un cuarto de hora frente a la góndola de las bebidas alcohólicas. No pestanea ni una sola vez. Debe ser un récord mundial del que nadie se va a enterar. Finalmente, se decide por una botella de The Glenlivet, el whisky escocés. Lo destapa y aprueba. A su lado, Khalid la mira, pero no entiende o no comparte el placer de la mujer al chasquear sus labios. Khalid tiene el pelo negro, los ojos grises y una barba arreglada. Se fue de Bagdad por razones políticas, pero no se detiene en los detalles. Sólo aclara, mirando a la vikinga, que él no bebe alcohol.

Suecia es el principal destino de los refugiados iraquíes gracias a sus programas de asilo. Hay más de 80 mil que viven apilados y aplastados, en Södertälje, a 40 minutos en subte del centro de Estocolmo, del Galma Stan. El paisaje de este suburbio –un polo industrial, sede de los camiones Scania– es desolador: chimeneas, galpones y torres eléctricas bajo el clima helado.

Khalid es sunita y vive en Little Bagdad, en el barrio de Ronna: comparte el espacio con chiitas y los pocos iraquíes cristianos que se salvaron del fundamentalismo musulmán. En Södertälje, las iglesias de los exiliados comparten las veredas con los solariums, los centros de belleza y las peluquerías. Los iraquíes pasan la tarde haciendo cola frente al Suedish Bank. Los heridos de guerra se sostienen con muletas o se movilizan en sillas de rueda. Los centros de asistencia social están desbordados. Hay más de 5 mil iraquíes que esperan el estatuto de refugiados, formalidad que les permitirá trabajar o inscribirse en los cursos para aprender el sueco y así acceder a las ayudas sociales.

Khalid asegura que esa periferia lejana y olvidada donde vive es el paraíso. Mientras espera el estatuto de refugiado, trabaja repartiendo folletos que publicitan la apertura de un bar americano, y una vez por mes, se sube al Viking Line, durante todo un fin de semana.

Ahora, el iraquí abstemio, es cortejado por dos o tres suecas en ruinas que tienen un fuerte aliento a vodka, whisky, ron, mojitos y más vodka. Pero no se queja para nada.

Fotógrafo en el desierto blanco
Todavía faltan unas horas para que zarpe el Viking Line. Hasta que suene la terrible sirena, los pasajeros pueden subir y bajar del barco, pasear por los suburbios. A 30 minutos del Galma Stan, hace más frío que en el centro de la ciudad. Un hombre mira, desde el balcón, el desierto blanco. Los monoblocs están tapados de nieve. En el primer piso de la calle Stamgatan, en la periferia de Estocolmo, vive el célebre fotógrafo turco Lütfi Özkök, el fotógrafo de los Premios Nobel de Literatura.

Samuel Beckett, Octavio Paz, Jean-Paul Sartre, Mario Vargas Llosa… el hombre vuelve del balcón y camina descalzo sobre la alfombra de su departamento. En su casa, como ordena la costumbre turca, los zapatos se dejan en la puerta.

Lütfi Özkök nació en Turquía, de padres rumanos. Su padre vendía pescados frescos que pagaban la educación de su hijo en un colegio religioso. El niño creció en un barrio pobre en las afueras de Estambul y, un día, se fue a Francia.

“Me casé con Anne-Marie, una sueca que conocí en París. Estudiábamos francés en la Universidad de la Sorbonne. Dos años después, nos mudamos a Estocolmo. Aquí, empecé traduciendo poetas suecos al turco. Los editores de Estambul me pedían fotos de esos poetas. Comencé a fotografiarlos y a viajar, sin plata, a los congresos de escritores. Así, me convertí en retratista, por afecto y empatía. Descubrí que un rostro tenía paisaje y desnudez”, dice e invita un café, obviamente turco.

Lütfi, de más de 90 años, el pelo blanco con el flequillo cortado en la mitad de la frente, tiene los párpados abiertos por dos puntos luminosos. Su mirada –complicidad y armonía– le facilitó el trabajo: trabar amistad con sus musas.

El departamento de seis ambientes es una montaña de cuadros, libros, lapiceras, papeles y fotos: en el piso o colgadas en tendederos. Su obra desborda su pequeña estatura. Tiene un archivo fotográfico con 1500 negativos de escritores. Los escritores muertos están depositados en un banco de Estocolmo; los vivos están ordenados por orden alfabético en su mítico laboratorio, al lado de la cocina.

En este laboratorio, de 10 metros cuadrados, Lütfi pasó los ultimos cuarenta años. Tiene un anecdotario inagotable: las tres veces que visitó a Samuel Beckett, el último día de William Bourrogh, en Londres, la actitud déspota y brutal del poeta René Char, el silencio de André Breton.

En esta pequeña habitación, con manos de artesano, el fotógrafo definió los rostros de Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez. “Nadie es fotogénico, son los fotógrafos quienes tienen talento”, dice el escritor de la Académie Française, François Weyergans, sobre el arte de Özkök.

Afuera, el silencio, cercano a la desolación, se rompe por el tránsito pesado de la autopista. El hombre se despide, vuelve al balcón y su desierto blanco. Es hora de sumarse a la tripulación del Viking. Es hora de hacerse a la mar.

Agujeros negros y filosofía
Sopla el viento helado sobre la cubierta. El mar se mueve alrededor, dominante. Hay luces temblorosas en el medio de la soledad báltica y líquida. A lo lejos aparece la silueta de Kaliningrado, la oveja descarriada de la nueva Europa.

Con un millión de habitantes y 15 mil Km2, Kaliningrado es un país abandonado. Territorio insular ruso en el seno de la Comunidad Europea. La prensa califica a la región, cuya economía informal es de más del 60 por ciento, como el agujero negro de la nueva Europa. Una zona extremadamente pobre, devorada por el tráfico ilegal y la inseguridad: robos, droga, prostitución. El principal ingreso proviene del tráfico de ámbar, la piedra preciosa del Báltico.

Kaliningrado tiene el índice más alto de infectados de HIV de la Federación Rusa y es una amenaza ecológica para el mar Báltico a causa de la importante presencia de desechos nucleares de la época soviética.

El agujero negro, alguna vez, se llamó Königsberg. Y antes de 1945 era la capital de la parte norte de la Prusia oriental: algo así como 700 años de civilización alemana. Al finalizar la guerra, los soviéticos deportaron a más de 12 millones de alemanes que, hasta 1948, sirvieron como mano de obra para reestablecer la destrozada economía local. Los soviéticos borraron cualquier recuerdo del pasado alemán de la zona salvo un nombre: Emanuel Kant. La tumba del filósofo, nacido en Königsberg, fue conservada y todavía se puede visitar.

Helsinki, blanca y muda
El cielo se abre sobre el mar. Los primeros rayos iluminan otros barcos. Es domingo. El cielo está quieto. El crucero vibra. El mar es de color petróleo cuando sale el sol. Los insomnes ponen una mirada bovina para observar la planicie infinita de color negro. Los insomnes se inclinan como el barco. El crucero por las aguas inquietas e inquietantes, los insomnes por la ingesta de alcohol de la noche anterior.

En el amanecer, el Viking muestra dos bares silenciosos y apagados. Los hombres duermen recostados sobre sillones. Son los restos de una fiesta de cuellos gruesos, manos con cayos, pelos rapados. Las miradas torcidas miran una película mal doblada con Harrisson Ford como protagonista. Sobre los sillones inconfortables de los bares duermen los cadáveres. Las largas cabelleras rubias desaparecen detrás de las puertas de camarotes anónimos.

-Es parte del servicio social –dice Khalid, que sigue tan sobrio como antes de partir. Junto a otros dos iraquíes entretiene a una sueca incansable que ha dejado a su esposo e hijos en Estocolmo por el fin de semana.

La presión del Viking comienza a quebrar la capa de hielo sobre el Báltico, a orillas del Golfo de Finlandia. La nueva escala se anuncia estruendosa. El primer indicio que llega desde el puerto es que también Helsinki es blanca y muda. Y nos recibe con una tormenta de nieve.

De lejos, sólo se vislumbra el símbolo de la capital: la catedral evangélica-luterana Tuomiokirkko domina la plaza del Senado. Pero pronto se convierte en una gran masa blanca. Sólo los 12 apóstoles erguidos sobre su techo parecen los únicos signos vitales de esta ciudad de 600.000 habitantes.

Helsinki es una ciudad baja y casi uniforme. A fines del siglo XIX, a la coherente arquitectura neoclásica y el estilo imperio, impuestos por el zar Alejandro I –para semejarla a San Petersburgo–, se le sumaron las nuevas tendencias modernistas que enriquecieron el paisaje urbano. Más tarde, se racionalizó y simplificó el estilo en pos de la funcionalidad, cuyas formas regulares y lineales desembocaron en la elegante sobriedad del diseño nórdico.

Los edificios, en su mayoría, no exceden los 30 metros de altura, para no interrumpir la poca luz natural durante el invierno. No obstante, la ciudad está atravesada por subterráneos que funcionan como refugios antiaéreos contra el frío y la oscuridad, son como centros comerciales bajo tierra. Los tubos fluorescentes amarillos y rojos iluminan las paredes del Café Moscú. Sobre la rocola, hay trofeos de plástico, una foto de un viejo equipo de fútbol ruso, una gorra militar del Ejército rojo y mapas del metro de San Petersburgo.

Rusia es una de las heridas en la conciencia histórica de este país. Durante más de 100 años, la Rusia zarista dominó Finlandia que, en 1917, se independizó cuando los zares fueron reemplazados por los bolcheviques.

Detrás de la barra, hay medio centenar de vinilos de tango finlandés apilados en una estantería. El Café Moscú, en el centro de Helsinki, es una provocación de Aki Kaurismäki, el más importante de los cineastas finlandeses. Hay en todo cierto malestar acumulado. Cierta urgencia de un grito que no se produce. Una tensión que se acrecienta mientras la nieve sigue cayendo.

Ciudad en silencio
En el Café Moscú, suena un disco de Eino Grön, el tanguero local. Hay cinco mesas ocupadas. En las paredes, cuelgan fotos en blanco y negro de las heroínas de las películas de Aki Kaurismäki. El director, de 54 años, caricaturiza con un tono minimalista la inexpresividad finlandesa. Le alcanzan unos planos fijos, escasas palabras, humor negro y atmósferas urbanas asépticas para poner en escena a los protagonistas de sus películas, perdedores y derrotados de una de las sociedades más avanzadas del planeta.

Finlandia se ubica entre los 15 primeros países del mundo con más alto Índice de Desarrollo Humano (IDH), según la Organización de las Naciones Unidas. Tiene uno de los estándares de vida más elevados de toda la Unión Europea. También, posee elevadas tasas de suicidios: es el tercer país del mundo con el más alto índice de armas de fuego por habitante. La enfermedad nacional es la depresión y el alcoholismo es la primera razón de muerte entre los hombres.

“No hay ninguna razón para vivir salvo el vino blanco”, dice Kaurismäki, quien tiene prohibido el acceso a la mayoría de los bares de Helsinki.

En el distrito de Katajanokka, al este de la ciudad, la cúpula dorada y los ladrillos rojos de la catedral ortodoxa Uspenski rompen con la palidez del cielo. Un legado ruso, este edificio bizantino-eslavo es la catedral ortodoxa más grande del mundo occidental.

A la salida del metro, un grupo de adolescentes sordomudos cargados de palos de hockey sobre hielo desentonan con sus gestos en el silencio de la calle. Pasa un viejo tranvía alemán de color verde y amarillo. Los departamentos, protegidos por ventanas y puertas dobles, son discretos y austeros. Un hombre golpea sus zapatos contra el hielo; trata de encender un cigarrillo.

Aquí, ahora, la vereda está iluminada por la nieve y el cartel del Harry’s Bar. Unos metros bajo tierra, huele a alcohol. Hay 10 mesas, un tragamonedas y la rocola. En los bares de Helsinki, nunca faltan la música ni el azar. Hay ruido, pero Helsinki es una ciudad callada: cada mesa está ocupada por una persona sola, con el rostro impávido, bebiendo gin con limón, vodka o cerveza. Ganen o pierdan, las miradas de un profundo azul están cargadas de aflicción y fatalismo.


Tango y saunas
 
La distancia o la frialdad podrían ser desconcertantes en Helsinki. Pero sólo es timidez. El silencio podría ser incómodo, pero sólo es silencio. Como si todo estuviese perdido de antemano. Como un tango al revés. O mudo.

“El tango es finlandés”, dice Kaurismäki, con un rictus cínico. Para los finlandeses, el tango es tan familiar que casi les sorprende que también exista en Argentina. La música de Buenos Aires llegó a Finlandia alrededor de 1913. Se apropiaron del género y lo integraron a su modo. El ícono nacional, Olavi Virta, grabó en 1944, en pleno tiempo de guerra, el legendario “Siks’ oon mä suruinen” (“Por eso, estoy tan triste”), con el que refundó el género y lo nacionalizó. En los años cincuenta, Virta era el cantante más popular del país. Murió en 1972, pobre y abandonado, consumido por el alcohol.

En Finlandia, un viejo proverbio dice que lo que no cura el vodka y el sauna no tiene solución. Después del vodka, y antes o después del salmón o la carne de reno, los finlandeses van a purificarse al sauna, un invento nacional. Hay un sauna cada tres personas.

Ahora, en el Rastila Camping, sur de Helsinki, más de 20 cuerpos transpiran en menos de 20 metros cuadrados. La purificación parece flagelación. La temperatura alcanza los 90 grados mientras que afuera es de -5 grados. Los cuerpos desnudos, enrojecidos, salen al frío, caminan sobre la nieve, llegan a una pileta y se sumergen en el agua helada.

El tiempo que dura una canción
Esta noche Pertti Immonen tiene puestos unos jeans con dos rayos en los bolsillos traseros y un collar con un corazón de metal. Dice que el talento del dj consiste en ofrecer la ilusión, por medio de la ecualización, de una voz de estrella. “La gente sueña con ser una estrella el tiempo que dura una canción. Interpreta canciones de grandes amores que nunca le ocurren en la vida real. El karaoke es una necesidad. Los solitarios reciben aplausos y reconocimiento”.

El karaoke, en Finlandia, es un fenómeno de masas. “Un antídoto para la soledad”, dice Pertti, que pone cara de pastor de la Iglesia Universal, pero es el dj de karaoke del bar Tenkka, Hensinginkatu 15, en el barrio alternativo de Kallio. “No existe un pueblo de Finlandia que no tenga karaoke. Mi pueblo, de mil habitantes, tiene dos. Uno en cada esquina de la calle principal. Aquí, en Helsinki, hay karaokes gays, taxis equipados para cantar e incluso, el Parlamento tiene su propio club”.

Pertti huele a alcohol. Pide otro café. “Una noche, llega al bar una especie de Hell’s Angel gigante, con tatuajes, chaqueta de cuero, barba larga. Los gestos son violentos: tiene cara de que te va a matar en cualquier momento. El tipo anota su canción y espera su turno. Lo hago pasar rápido para no incomodarlo. Se prepara y entona con lágrimas en los ojos una canción titulada ‘Madre’”.

Esta noche, en la selección del público predominan temas tradicionales y melancólicos de los años sesenta y setenta. Un ambiente de salón con bola de espejos en el techo, copetes engominados y zapatos de punta. Los cantates son obreros, secretarias o empresarios.

Una joven de suéter rojo canta un tema pop. Modula y se mueve con gracia. Hay aplausos, pero nadie la mira. No se festeja la felicidad propia ni ajena, sería pretencioso. Las vibraciones quedan por dentro, ocultas de la mirada exterior. El siguiente es un hombre de 50 años. Está borracho. Y al finalizar, micrófono en mano, dice que la vida es maravillosa, que los amigos son maravillosos, que está todo bien.

Detrás del juego, se esconden las lágrimas o las ilusiones. “Son hombres y mujeres que evitan la provocación y trasladan el conflicto al interior. La intensa melancolía finlandesa. El karaoke, por unos instantes, les permite llorar u ofrecer una canción como un ramo de flores”, concluye Pertti.

Afuera el frío seco de la larga noche polar continúa.

 

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