Columnistas

Todas al gym

Chicas en salidas de chicas, donde se mezclan tragos y el plato de todos los días: los hombres.

Por Fernanda Nicolini

El eterno retorno. Eso de sacar la ropa de invierno, meterla en cajas, reemplazarla por la de verano y probarte la musculosa sin estrenar que te compraste en la liquidación pasada para, a los dos días, volver a las cajas porque el clima enloqueció y hace 10 grados en pleno octubre. O lavar la cocina, pasarle limpiador cremoso a cualquier superficie, contemplar cómo brilla, decirte “no está mal sentirme ama de casa de publicidad una vez por mes”, cocinar un buen plato y ver que, a las dos horas, todo está engrasado y enquilombado como antes. O llegar a un acuerdo con tu novio del tipo “vos sacás la basura, paseás al perro de noche y colgás la ropa, y yo hago todo lo demás”, para darte cuenta de que a la semana vos estás sacando la basura, paseando al perro, colgando la ropa y haciendo todo lo demás. ¿No es agotador que todo se repita una y otra vez? ¿No es un poco desalentador estar una vez más acá, en la bici del gimnasio que no lleva a ninguna parte, con la fantasía de que tu cuerpo va a recuperar su vigor, su tonicidad, después de haber pasado y descartado todas esas disciplinas que hacen bien al “aaaaaalma” pero nada a los glúteos (léase yoga, tai chi, chi kun, y varios etéteras).

-Epa, qué caripela.

Me dice Ayelén, que además de ser la personal trainer a cargo de este gym barrial, es perceptiva para los estados de ánimo de sus clientes. Especialmente de los estacionales como yo, que creen que en dos meses sus músculos despertarán de un larguísimo letargo.

-Yo te entiendo. Se supone que uno viene acá a desengancharse de todo, a disfrutar de las endorfinas como le dicen, a bajar el colesterol y la grasa abdominal a lo Arjona, y de pronto tu cabeza empieza a funcionar a mil con listas mentales de todo lo que tenés que hacer después.

Ahora es una mujer la que me habla, de no más de 45 que, al parecer, se compró el equipo de training completo –y combinado en tonos violeta y fucsia- hace cinco minutos. Las dos pedaleamos a la par y yo dudo si darle charla: podría resultar una agradable compañía gimnástica o una pesadilla radial; uno nunca sabe cuando habilita diálogos con extraños.

-Ya sé –sigue sin que yo le haya conwwwado-. A vos seguro te pasa como a mí. Toda tu vida luchaste contra la dictadura de la imagen, la tiranía de las dietas, la obligación de los abdominales firmes en la playa y un día te levantaste y…
-Y sí, me vi hecha mierda y entendí las tardes que mi madre pasaba frente al televisor imitando a Jane Fonda.
-Exacto. Entonces venís acá, ves a estas pendejas con todo duro y a los pibitos con sus bíceps anabolizados, y vos, que transpirás y transpirás, y nada. Pero lo peor es que tu cabeza no entiende cómo es que pasás de armar un informe para tu beca del Conicet a concentrarte en cuántas calorías marca la cinta, así, sin más, y entonces te sigue mandando señales de todas las responsabilidades que no debés desatender.
-Sí, puede ser, nunca lo había visto así… ¿vos qué hacés?
-Yo soy bióloga molecular y ahora estoy trabajando en un proyecto conjunto de una serie de vacunas para errradicar enfermedades endémicas en el Noroeste Argentino. Tengo un doctorado, un par de masters, algunas becas ganadas, esas cosas que a nadie le importan demasiado.
-¿Cómo que no? Te dedicas a algo que salva vidas, hace un aporte a la humanidad, debés ser muy buena en lo que hacés.
-Si fuera tan buena ya hubiera inventado algo para sacarme toda esta celulitis flaccidez y en cambio acá me ves y acá me vas a ver en un año, luchando contra lo mismo ¿Cuántos minutos vas?
-Quince.
-¿En cinco cortamos y hacemos sentadillas?