Publicidad Cerrar X
Columnistas

Tinder sorpresa

Chicas en salidas de chicas, donde se mezclan tragos y el plato de todos los días: los hombres.

En el universo de los diagramas de Venn, esos que se forman cuando uno se asume como parte de un equipo (River o Boca; Dulce o Salado; Jean o Calzas; Cera o Maquinita; Rial o La Niña Loly), el de los solteros y el de los en pareja o casados son, quizá, los que menos se cruzan. Pienso esto como una Heidegger de café express mientras mi amiga Lucrecia (Lucrecia la soltera) me muestra su telefonito en el que pasa fotos de hombres a velocidad de autopista, casi sin dudar entre marcar con un corazón o no al sujeto en cuestión. Me acabo de enterar de que ahí afuera hay un sistema de solos y solas virtual, que se llama Tinder, y que a través de un GPS, cual ojo de Gran Hermano, te avisa de la existencia de algún candidato cercano. O sea, la afinidad afectiva cruzada por la comodidad geográfica. Digo lo de los diagramas de Venn porque todos los solteros y solteras saben de la existencia de Tinder. Yo, que soy del conjunto de los en pareja, no: como tampoco sé a qué bares se va de levante, qué foto de perfil garpa más en Facebook y en dónde están las mejores fiestas de la ciudad. Mi diagrama no tiene intersección con esos temas y en mis reuniones o cenas, la cantidad de niños cuadruplica a la de solteros.

-¿Y este? No está nada mal.

Me muestra mi amiga. Morocho, con buena cantidad de pelo para los 40 años que acusa y remera blanca lisa. Sin tatuajes, sin anteojos negros, sin cara de banana. Podría ser.

-A ver, mostrame más fotos.

Pido, con la lógica de quien pregunta si el sweater que se quiere comprar viene en más colores.

Y entonces, claro, aparece esa foto que pondrá fin a la historia de amor entre él y mi amiga antes de empezar: esa en la que posa con su perro gran danés disfrazado de jugador de fútbol. Los perros despiertan ternura. Los perros con una camiseta de Chaca, no.

Seguimos. Flaco esquelético, no. Abrazado a su abuela, mejor no. En un casamiento con la corbata en la cabeza, claro que no. Pinta de surfer, puede ser. Director de cine con anteojos Bafici, mmmmm. El que podría ser tu abuelo, no. El que podría ser mi hijo, eh, no, no. Hippie con Tinder, raro. Hipster con Tinder, demasiado. Epa, bueno, este no está mal, dale Lucre, probá. Dice que es biólogo y runnner, saludable. En el medio nos preguntamos si hay amor en Tinder, si el amor es a primera vista, si la dictadura de la imagen atenta contra el amor, si el amor es más fuerte, si hay que cortar con tanta dulzura y todos esos slóganes que constituyen los fragmentos del discurso amoroso del siglo XXI.

Seguimos: pasan gordos, flacos, lindos, feos, tramposos, nerds, losers, tramposos, trampos…

-Esperá, esperá, ¡dejá esa foto!

-¿Esta? ¿El de cara de oficinista de microcentro? ¿Vos me ves con un gerente de compañía de seguros?

-Este no es gerente, apenas un pichi de marketing.

-¿Lo conocés?

-¡Es el novio de mi prima, la que se recibió de abogada con 9.99 de promedio!

-¿El novio de Lauchita? ¿Cómo le decían?

-Luchita. Luciana, la chica diez. Ahora es la cornuda diez.

-¿Qué hacemos?

-Y, es la que siempre habló mal de mí en la familia pero, en este caso…

-… Solidaridad de género.

-Eso: solidaridad de género.

Y entonces acá me tienen, cual policía de la moral y las buenas costumbres, más deprimida por la refutación de mi teoría que por avisarle a mi prima que tiene cornamenta: ¿Yo había dicho que los diagramas de Venn entre solteros y casados no se cruzan? Ah, sí, sí, bueno, a veces me agarran ataques de ingenuidad, sabrán comprender.

-A ver, Lucre, ¿ese que sale posando con su novia no te gusta?

×