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Viajero Bacanal

Tierra de poetas

Aventurera y cosmopolita, es la isla que hizo soñar desde Homero hasta Neruda.

Fotos y texto: Fabián Dorado

¡Cómo lo disfrutó Niza cuando Hervé Vilard cantaba aquello de “Capri c’est fini”! Claro que el francés hablaba del amor que lo había abandonado en esa isla de cabras y los otros celebraban la caída de Capri como receptáculo de cuanta estrella pululara por el Mediterráneo a mediados de los 60. Nacida para hacer soñar, esta magnifica isla enfrentada a Nápoles y Sorrento lo tuvo (y lo tiene) todo: una prosapia de énclave con todo y microclima, la runfla de una bohemia tan arty como regia y hasta la roca en que las mismas sirenas medraban con sus voces encantadoras.

Su propia fisonomía a la que le debe el nombre (literalmente la isla de las cabras) fue una de la razones para que en tiempos de Tiberio se erigiera como centro del Imperio Romano, tan pronto el César se cansó de una serie de intentos de asesinato con parientes surtidos, digno de un especial de Los Soprano escrito por Eurípides. Claro que, quizás inspirado por el paisaje, Tiberio decidió dar rienda suelta a su interés por hacer cumplir la ley de gravedad en los enemigos que se hacía traer para arrojarlos desde el que luego sería conocido justamente como Salto de Tiberio. Cuenta Tesio que hubo un famoso adivino que se había ganado la mala hiel del emperador y al que éste invitó al sitio en cuestión para preguntarle: “Y ahora…¿qué me podrías decir que ves sobre tu destino?”. Hombre de buenos reflejos se cuenta que el nigromante le respondió: “Veo cómo acecha un peligro inminente”. No se puede negar que Tiberio apreciaba el ingenio (o tenía muy buen humor) y el dicho mago se salvó de aprender a volar por las malas. Claro que, como suele pasar con toda leyenda, no faltó el francés que saliera a tratar de desarmarla mediante el sencillo experimento de arrojar una piedra desde el sitio y no conseguir que cayera directamente al mar. En todo caso, el ingenuo galo no quiso tomar en cuenta que la dichosa piedra quedaba reducida a polvo a lo largo de los 300 metros de precipicio (aunque sin la mítica caída libre) hasta dar contra el Mar Tirreno.

Pero más allá de un anecdotario surtido, Capri ha sabido ser atractiva para un variopinto arco de individuos que pasaron de asolarla en las luchas por el predomino del Mediterráneo, a tomarla como lugar de residencia e inspiración a lo largo de toda su historia. Por eso se siente, apenas arribar a la Marina Grande, esa suspensión de las leyes que suelen regir el espacio y el tiempo y que parece predisponer al visitante para lo inesperado.

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