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Literatura

Tierno y macabro

Edward Gorey, el particular artista que inspiró con sus libros ilustrados a Tim Burton y Neil Gaiman.

Edward Gorey es conocido por sus pequeños libros de historias cortas, donde los personajes nunca encuentran un final feliz. Como La pareja abominable, inspirada en la historia real de dos asesinos de niños que fueron descubiertos cuando
dejaron caer en el autobús las fotos de sus crímenes; El huésped dudoso, donde una criatura con bufanda rayada abusa hasta el extremo de la hospitalidad de sus anfitriones; o Las conjuraciones irrespetuosas, donde un encuentro con el diablo convierte a una dama en toda una arpía. Pero sobre todo, por sus Pequeñines macabros, que al estilo de los abecedarios educativos recorre cada letra del alfabeto recordando a un niño que sufrió una muerte espantosa. “La A es de Amy, que se cayó por las escaleras. La B es de Basil, atacado por osos. La C es por Clara, que se consumió…” recitan los breves textos, con un ritmo que recuerda a esas canciones infantiles que se entonan al saltar la soga.

Muchos se sorprenden al enterarse de que el trabajo de Gorey es de la segunda mitad del siglo XX. Es que todas sus ambientaciones despliegan un enorme conocimiento de la moda y la decoración de la era edwardiana –entre 1901 y 1910– con sus damas encorsetadas, infantes con ropa marinera, empapelados recargados, mucamas con uniforme. El artista nació en Chicago en 1925 y sólo abandonó los Estados Unidos para un breve viaje a Escocia. ¿Por qué, entonces, no contar historias contemporáneas? Después de todo, la Norteamérica del siglo XX no careció de horrores propios. La respuesta, quizás, es una cuestión de clima: más que los asesinos seriales televisados, aquellos últimos remanentes de la pacatería victoriana resultan ideales para el horror susurrado que propone Gorey.

Cuentos de otro tiempo
Sin dudas, la influencia del arte de los siglos XVIII y XIX se hacen patentes en su trabajo. En su escritura –él se definía principalmente como escritor, ya que sus textos eran la base de su trabajo y las ilustraciones nacían para complementarlo– están presentes la ironía de Wilde, el retrato social de Dickens, la sensibilidad de Jane Austen, también Lewis Carroll, con quien compartía el gusto por el nonsense y los juegos de palabras, además de la dificultad de encontrar traducciones que hagan justicia a sus trabajos. Y los hermanos Grimm, que como él, no tenían reparo en convertir a los más pequeños en protagonistas de sanguinarias narraciones. Desde lo plástico, Gorey admiraba a Goya, con sus grabados de temas macabros, las ilustraciones de Aubrey Beardsley y Gustave Doré, y el surrealismo de Dadá, otro de sus artistas preferidos. Sus viñetas acompañadas con texto también tomaron mucho del cine mudo. Uno de sus films favoritos era Vampyr, del que solía decir “uno no ve casi nada en escena y es la película más terrorífica que vi. Creo que tu propia imaginación hace un trabajo mejor”. Esa es, justamente, otra de las características de las mininovelas de Gorey: la violencia casi nunca ocurre en escena. Uno ve una acción que precede al hecho, luego sus consecuencias, y sólo eso es necesario para mostrar una situación oscura que, acompañada con el texto correcto, se convierte en hilarante. Tampoco consideraba que sus libros fueran de terror: “Muy rara vez intento asustar, y lo hago con delicadeza. La verdad, soy bastante impresionable”, decía.

Cultura pop
Gorey fue un consumidor compulsivo de cultura desde su más tierna infancia, cuando leyó Drácula a los cinco años. A su biblioteca con más de 25.000 volúmenes y su equivalente colección de música en vinilo, casete y CD, sumaba un ecléctico gusto cinéfilo que le permitía valorar tanto las más clásicas obras de Hitchcock hasta Rush Hour con Jackie Chan, pasando por todas las películas de slayers que se estrenaban. También era fan confeso de las series X Files, Buffy y Los Simpsons. Pero su verdadera pasión fue el ballet, arte al que dedicó varias de sus historias, como la particularmente bella El murciélago dorado. Durante treinta años vivió en New York sólo para poder asistir casi diariamente a las funciones de su coreógrafo favorito, Georges Balanchine, a quien se refería como “dios”. Cuando Balanchine falleció en 1983, Gorey abandonó la ciudad para instalarse en una casa bicentenaria en Yarmouth Port, donde convivía con seis gatos en un estado de semi reclusión: si bien no abandonaba por ningún motivo la localidad, habitualmente almorzaba y cenaba en un restaurante del pueblo donde autografiaba con gusto los libros de sus fans.

También organizaba funciones de teatro, estando a cargo del guión, la producción, la escenografía, el vestuario y hasta la actuación, si alguno de los actores tenía un problema. Todo un lujo para el pequeño pueblo, teniendo en cuenta que Gorey ganó un premio Tony por su diseño de vestuario en la versión de Drácula interpretada por Frank Langella en Broadway a fines de los setenta. Hoy su casa es un museo donde los visitantes pueden conocer sus bizarras colecciones, que se amontonan en cada rincón como reflejando el mismo horror vacui presente en sus dibujos. Hay calaveras, frascos, osos de peluche y el famoso tapado de piel de mapache que durante años fue su atavío distintivo, hasta que se convirtió en un activista pro-derechos animales. A partir de ese momento el abrigo quedó guardado, en su altillo alojó a una familia de mapaches como resarcimiento y dejó su herencia a tres asociaciones protectoras, incluyendo una para murciélagos, un detalle increíblemente adecuado para el aura gótica con la que se lo suele asociar. Aunque lejos del tono melancólico y algo fantasmal de sus obras, Edward era un hombre alegre, que disfrutaba la soledad pero que podía ser un gran conversador y que reía con frecuencia. Tanto es así, que en el año 2000, cuando falleció de un ataque cardíaco, el vecino que le estaba reclamando 20 dólares por un arreglo eléctrico que había realizado pensó que se trataba de una broma, en una escena digna de la pluma del propio Gorey.

Un artista de culto
Hoy podemos reconocer en las creaciones de Tim Burton su traza, recordar que Neil Gaiman lo había elegido para ilustrar su nouvelle Coraline (lamentablemente Gorey murió el mismo día en el que Gaiman terminaba ese texto), escuchar que Daniel Handler, autor de la encantadora saga Una serie de eventos desafortunados, reconoce abiertamente que sus libros “son un completo plagio” de Gorey. Poco a poco, el culto por Edward Gorey se va extendiendo, aunque a él la etiqueta lo halagaba e incomodaba por igual. No es de extrañar: cuando uno descubre su universo es imposible no verse conmovido por las historias donde lo macabro se vuelve divertido, donde lo delirante tiene sentido. Pero aunque mucho más podríamos contar sobre este excéntrico artista, no hay forma de decodificar en palabras sus obras. Hay que leerlas –en idioma original, preferentemente, si no buscar las cuidadas ediciones de Zorro Rojo que ahora se consiguen en nuestro país– y sumergirse en su hechizo. *