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General

Tatoo Show

El tatuaje, marginal durante décadas, se ha vuelto un símbolo de status y un accesorio cool. Evolución y revolución de uno de los signos de nuestro tiempo.

Un signo de identidad, un ritual desde los comienzos de la humanidad, una modificación de la piel a través de un dibujo y una obra de arte viva. Un tatuaje es una manifestación del hombre que existe desde hace más de cinco mil años y fue concebida como marca sagrada, sinónimo de marginalidad, ornamentación estética e imagen afrodisíaca, entre otras representaciones. A lo largo de la historia ha sido aceptado y rechazado según las distintas culturas y épocas. Durante buena parte del siglo XX fue símbolo de gueto marginal, practicado por presos y marineros. Pero en los últimos diez años la sociedad presenció el cambio de paradigma del tatuaje. Los estudios de tatuadores se multiplicaron a gran escala, referentes del espectáculo, el deporte y la política llevan su piel tatuada y los jóvenes se tatúan a la par de las generaciones mayores. ¿Qué pasó en la sociedad argentina en particular y en el mundo en general que hizo del tatuaje una práctica popular? ¿En qué momento los tatuadores se transformaron en artistas reconocidos socialmente? ¿Los tatuajes son una moda o una nueva herramienta de apropiación del cuerpo?

Adrenalina, ovación y flashes. Ellos recorren el espacio entre la multitud que los admira y vitorea. Tienen miles de seguidores en las redes sociales y su obra se viraliza en la web a una velocidad Mach 10. Son figuras de shows televisivos y algunos son reconocidos por sus excentricidades. No son rock stars. Son los tatuadores que formaron parte de la 11° edición de Tattoo Show, la convención de tatuajes más importante del país que se llevó a cabo el mes pasado en La Rural. El evento, que albergó 220 stands de artistas de las agujas, la tinta y la perforación y que convocó a más de 30 mil personas, fue una clara evidencia del consumo masivo de los tatuajes en la Ciudad de Buenos Aires.

El festival fue toda una sensación. No sólo porque contó con la participación de 800 tatuadores y de bandas musicales como Naty Combo y Salta la Banca sino también porque tuvo el placer (o el dolor) de tener la presencia de los famosos tatuadores de los realities estadounideneses Ink Master y Nightmare Tattoo Miami. Otro signo de los tiempos ocurrió en diciembre del año pasado, cuando la Freak Tattoo Expo -con un enfoque más bizarro y radical pero no menos significativo- reunió a más de 150 artistas del tattoo nacional e internacional y permitió que el público más trash disfrutara de una verdadera fiesta de fenómenos con todos los chiches: punk rock, circo del infierno, faquires y suspensiones corporales.

Comercial o artístico. En todo caso, la cuestión sobre la naturaleza del tatuaje se esfuma en la respuesta de cada tatuado, cada uno con su historia tan personal como única. Diego Starapoli, de Mandinga Tattoo, organizador de Tattoo Show, aprovechó la oportunidad para lanzar su libro Cazador de sueños, una recopilación de anécdotas sobre las personas (muchas famosas) que ofrecieron su piel para ser intervenida por el artista. Un registro de que los tatuajes están entre nosotros, en nuestros cuerpos, y llegaron para quedarse.

Leé la nota completa en nuestra edición de abril.

EDITORIAL. Código tatoo
De alguna manera es notable que en estos tiempos de movilidad permanente, de fragmentación y de desconocimiento de lo sólido como aglutinante social; en estos tiempos, perdón por la mala palabra, posmodernos, el tatuaje se haya establecido como un accesorio necesario. Justamente el tatuaje, algo que -en principio- es para siempre, se impone en los “tiempos líquidos”, al decir del bueno y un poco repetitivo en su hit, Zygmun Bauman.

Pero así se dio: aquello que era marginal se volvió mainstream en un par de décadas y ahora hasta la abuela tiene un delfín o una calavera en su hombro derecho. En todo caso, todo bien con la abuela y con el mainstream. En todo caso, la pregunta es: ¿por qué ahora?

Y aunque parezca extraño, en el primer párrafo de este texto tal vez ya esté la respuesta a esa pregunta. Es ahora y no ayer porque, justamente, estos tiempos son fragmentarios, no sólidos, móviles. Y frente a eso se busca cierta situación estable. Cuando las parejas se diluyen en cuestión de horas, cuando los hijos empiezan a pagar el geriátrico de los padres con el primer sueldo y cuando los trabajos pueden durar menos que un eclipse, es importante tener algo fijo a lo que aferrarse. Algo que dure para siempre.

Otra opción/respuesta puede llevarnos al psicoanálisis (cuando no) y al viejo y querido Lacan (cuando no) quien explicaba que entre el cuerpo y el sujeto de la palabra (el hombre genérico, digamos sin hilar fino) hay una disyunción irreductible. Dicho en castellano: el hombre dice “yo tengo un cuerpo” y no dice “yo soy un cuerpo”. Por eso, el tatuaje bien podría ser una manera a través de la cual el sujeto de la palabra se apropia de su cuerpo: lo hace hablar, lo significa. En definitiva, lo vuelve suyo.

¿Estos son los motivos profundos por los que hoy todo el mundo entró de cabeza en el show del tattoo? Puede que sí, puede que no. En todo caso, la nota de tapa de Bacanal de este número lo explica bastante mejor que este texto. Sobre todo porque este texto lo escribe alguien que no está tatuado.

Javier Rombouts

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Además, en este número:

+ Entrevista con Cate Blanchett.
+ Medio ambiente: Scuppies, la nueva tribu eco friendly.
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Territorios: la otra faceta de Río de Janeiro. 

… y mucho más!

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