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Tecno

Steve Jobs no es Da Vinci

El editor de Bacanal se despacha contra el necro tecno cholulismo que desató la muerte del CEO de Macintosh.

Por Rodolfo Reich

El mes pasado murió Steve Jobs. El inventor del mouse. Del sistema operativo de las Mac, el primero en contar con una interfaz totalmente gráfica. Del mucho más reciente y famoso iPod, que luego fue derivando en iPhones y iPads. Esta muerte, a pesar de estar estrictamente anunciada (por él mismo) conmocionó al mundo. Cada día mueren en el mundo personajes famosos, pero ninguno logra la cobertura de Jobs. Así, el CEO de Macintosh se elevó por sobre el mundo, yendo al cielo de las celebridades sobrepasando a deportistas, políticos, músicos, actores. Los pésames se escucharon en boca de presidentes, de la competencia, de periodistas embelesados que siguieron el minuto a minuto de la cobertura a través del Twitter de su smartphone. ¿Cómo expresar tanto dolor, tanta admiración? Así, pronto, distintos medios del planeta, desde la CNN estadounidense, pasando por La Nación argentina o el diario El País de Colombia, difundieron la comparación última: Steve Jobs como el Da Vinci de la modernidad. El que logró unir inventos con arte. Belleza con funcionalidad. Una imagen bonita. Y falsa.

Necro tecno cholulismo
La revista Barcelona no sólo publicó una de las páginas más críticas a este endiosamiento de Jobs, sino que acuñó el término necro tecno cholulismo, como modo de describir el furor que despertó el iPhone 4S, que apareció en los stores unos días después de la muerte de Jobs. No fue la única crítica: tal vez la más feroz vino del lado del siempre incorrecto Richard Stallman, gurú del software libre y creador del sistema operativo Linux, que escribió en su blog: “No me alegra que Steve Jobs haya muerto, pero sí que ya no esté”, una frase que cayó muy mal en el mundo de lo políticamente correcto.

Es que la muerte de Jobs logró algo muy extraño: que un multimillonario, dueño de la más valiosa empresa del mundo, sea de golpe el héroe creativo que todos requeríamos. Detrás quedaron las denuncias de que Macintosh subcontrata empresas asiáticas que explotan a sus empleados. Detrás quedó la lucha de Jobs y todos sus sistemas en contra de la democratización de los contenidos, explicitada en una construcción estricta de softwares cerrados. En lugar de mostrarlo como un engranaje muy aceitado de una fiebre consumista (criticada por medios no tradicionales como The Story of Stuff, que se puede ver en YouTube), se lo presentó como el no va más del sueño americano: un pequeño dado en adopción por sus padres, sin dinero ni grandes capitales, que se construyó a sí mismo, desafiando al propio destino. Un grande, el tipo que todos queremos ser. Al que no sólo se le acepta que dé un discurso (en Stanford) digno de Richard Bach, repleto de lugares comunes de la autoayuda como “no pierdan la fe, tienen que encontrar qué es lo que aman… sigan buscando hasta que lo hallen, no se conformen”, sino que además este discurso se eleva al sitial dedicado a las Grandes Sabias Palabras.

Suele decirse por ahí que la historia la escriben los que ganan. Steve Jobs, a pesar de haber muerto joven, con 56 años (nadie le gana a la Parca) es un ganador en la historia. Era apuesto (es mucho más fácil querer ser Jobs que ser un nerd como Bill Gates); era misterioso y decidido. Manejaba el márketing a la perfección. Y, paradojas de la modernidad, Jobs no sólo nos contó la historia que quiso, sino que contó y cuenta con la ayuda de miles de escribas alrededor del mundo, deseosos de un héroe moderno.En doscientos años, Jobs integrará una lista de grandes nombres que con sus inventos cambiaron la historia, para bien o para mal. Como lo hizo la TV, como lo hizo el teléfono, como lo hicieron los aviones o los microchips. Lejos de esa lista, habrá otra. Y esa otra lo tendrá a Da Vinci.

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