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Columnistas

Sobre la amistad

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Sábado a la noche. Casa de Mariano. Asado y vino. Ezequiel roba un libro de la biblioteca. El último encuentro, de Sandor Márai. El dueño de casa lo mira y lo amonesta:

-Dejá eso, que es de mi mujer, si le hacés una marca, después me mata, es una obsesiva con los libros… –dice, y chista con la boca.

-Y yo que pensé que se había dado el milagro de que agarraras un libro ¡qué iluso! –se burla Ezequiel.

Mariano atiza el fuego, Lucas habla por celular con Agustina, yo apuro el vino. Ezequiel busca un párrafo determinado. “Acá, está”, rezonga. Y comienza a leer: “Escuchen… La amistad, dice Marài, no es el placer momentáneo que sienten dos personas que se encuentran por causalidad, a la alegría que les embarga porque en un momento dado de su vida comparten las mismas ideas acerca de ciertas cuestiones, o porque comparten sus gustos y sus aficiones… A veces, pienso que la amistad es la relación más intensa de la vida… y que por eso se presenta en tan pocas ocasiones… La amistad es la relación más noble que puede haber entre seres humanos… Generalmente, las relaciones basadas en la simpatía entre los seres humanos han terminado ahogándose en los cenagales de la egolatría y la vanidad… El amigo no espera ninguna recompensa por sus sentimientos. No espera ningún galardón, no idealiza a la persona que ha escogido como amiga, ya que conoce sus defectos y la acepta así, con todas sus consecuencias. ¿Qué valor tendría la amistad si sólo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? ¿Qué valor tiene cualquier amor que busca recompensa?… Tenemos que soportar que las personas que amamos no siempre nos amen, o que no nos amen como nos gustaría. Tenemos que soportar las traiciones y las infidelidades, y lo más difícil de todo: que una persona en concreto sea superior a nosotros, por sus cualidades morales o intelectuales… Esto sería el ideal. Ahora hace falta saber si vale la pena vivir, si vale la pena ser hombre sin un ideal así”.

Mariano sacude la cabeza. “Demasiadas vueltas. Ustedes la complican, viejo. ¿Nosotros por qué somos amigos, eh? Porque la pasamos bien y listo”, argumenta. Me sonrío, meneo la cabeza. Me gusta la sencillez de Mariano, pero a veces me parece poco efectiva.

-No creo mucho en la amistad, lo reconozco –digo. Pero sí creo en los gestos. Creo en algunos momentos de amistad, en ráfagas, instantes. Creo en algunos amigos cuando estuvieron en las buenas y en las malas, cuando se bancaron su propia envidia y cuando no sintieron oculto placer en verme derrotado por la vida. Y, también, creo en que fui amigo de mucha gente algunos instantes.

Mariano, me mira y me dice:

-Pero ¿por qué no te vas a cagar? Devolvéme la molleja, hijo de puta, te conozco desde hace 25 años y me venís con lo de “instantes de amistad”!!!

Ezequiel se descostilla y tercia:

-Mariano, querido, es literatura…

-Má qué literatura, le voy a dar yo a éste…

Lucas, levanta la vista del celu y dice: “Escuchen, escuchen esto de un español que no sé como se llama. Ah, sí, un tal Trueba: Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte o los penes largos. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas. De ahí que la amistad aparezca representada por pactos de sangre, lealtades eternas, e incluso mitificada como una variante del amor más profunda que el vulgar afecto de las parejas. No debe ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de los amigos conservados… La amistad siempre me ha parecido un fósforo que es mejor soplar antes de que te queme los dedos”.

Mariano resopla. Lucas continúa: “Trueba dice que un amigo es aquel en que vos confías que en tu mayor momento de borrachera, él va a ser capaz de llevarte hasta tu casa, dejarte sentado en el umbral y tocar el timbre”. Ezequiel hace silencio. Yo medito un poco. Recuerdo viejas borracheras, Mariano, confundido, perturbado, levanta la copa y concluye: “Ahí tienen, ahí tienen, brindemos por la amistad, entonces, como dice el gallego ese…” Nosotros brindamos. Por Mariano y por la amistad.

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