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Series: la era de la madurez

Convocan directores y actores de prestigio y a un público adulto. Ante la debacle del cine, escriben el relato del siglo XXI. ¿Cuánto durará esta edad de oro?

En un momento difícil de determinar del pasado reciente, el cine dejó de ser el entretenimiento preferido para el público adulto. Si bien el cambio empezó a tener su impacto en la Argentina en estos últimos tiempos (¿tres, cuatro años?), el cambio cultural viene gestándose desde hace una década o más. El cine, el séptimo arte, el magnífico espejo que nos reflejaba desde la pantalla grande ha pasado a ser, en el siglo XXI, cada vez más el reflejo de tendencias comerciales que tienen poco y nada que ver con eso que llamamos realidad. O, más bien, dejó de reflejar algo parecido a las vidas de eso que llamamos “”adultos”.

Sagas de superhéroes, superproducciones animadas, comedias disparatadas, filmes de ciencia ficción o dramas épico-históricos son los que ahora dominan las grandes pantallas. Sin ánimo de criticar a esos géneros en sí mismos (hay excelentes, aceptables y pésimas películas en cada uno de ellos), es evidente que han dejado casi por completo de lado lo que solía ser una de las ruedas más funcionales del cine mundial: el drama adulto y contemporáneo. Siguen existiendo, claro, pero cada vez menos. Y si no hay nominaciones a los Oscars o actores franceses conocidos, cada vez nos enteramos menos. Al menos por aquí.

Pero en los últimos años una curiosa tendencia parece haberse propagado por el mundo, empezando por los Estados Unidos pero ya extendiéndose a varios países de Europa (Gran Bretaña y Francia, especialmente), el sudeste asiático y en menor medida, América Latina. Ese “abandono” del cine del drama adulto (simplifiquemos “adulto” como esa categoría de marketing que va de los 30 a los 50 años) parece haber sido absorbido por la televisión, históricamente considerada hermana menor y hasta un poco lela en la repartija de relevancia cultural. La televisión –más específicamente, las series y miniseries, ya que en todo el mundo los reality shows, ciertos deportes y los programas de concursos siguen dominando los ratings– ha reemplazado al cine en eso que los estadounidenses llaman el “watercooler talk”: lo que se habla en los descansos y pasillos de las oficinas.

Además del omnipresente tema del partido del fin de semana, el cine siempre era asunto de conversación de lunes: “¿qué viste el finde?” era casi un lugar común de la charla de oficina. Eso, que ya venía en franca decadencia desde hace años, terminó de desaparecer con el auge de las series de TV: hoy esa charlita ha quedado reservada para discutir las novedades de tal o cual personaje célebre de la pantalla chica. Y eso se da aún más claramente en las redes sociales, la versión virtual del citado watercooler. En Estados Unidos, de hecho, muchas de esas series se emiten los domingos a la noche dejando esa conversación “a punto caramelo” para el día siguiente.

Leé la nota completa en el número de octubre de Bacanal.

EDITORIAL. El relato del presente.
A lo largo de los siglos, la historia en caliente –ese asunto del día a día, pero con cierta perspectiva y cierta retrospectiva– fue escrita en distintos formatos. Conste, no estamos hablando de la noticia.

Tampoco vamos a retroceder hasta las cuevas de Altamira para explicar este asunto. Digamos tan solo que alguna vez fueron los folletines comprados por un penique donde se escribió; luego fueron los diarios de papel –sobre todo los días domingos– los que tomaron esa posta. Más tarde, el cine compartió el podio con los diarios. Pero Internet mediante la crónica caliente perdió cierta coherencia temporal: de pronto, el tiempo se volvió más elástico y lo que se escribirá mañana habla de lo que está ocurriendo hoy y lo que se escribió hace unos meses todavía tiene su fecha de vencimiento en un futuro más o menos cercano. Esta elasticidad, esta –digamos– ausencia de brújula en la historia caliente necesitaba de un nuevo relato que la reconstruyera volviéndola al cauce.

Y esto ocurrió en el medio menos pensado. O, quién sabe, seguramente McLuhan podría explicarlo de otro modo y demostrar el porqué la televisión (¡ni más ni menos que la televisión!) es la encargada de dar forma al relato contemporáneo. Conste, no hablamos de los canales de noticias.

Hablamos, claro, de las series: esa nueva novela americana –pero también francesa e inglesa y sueca y así un largo etcétera– que marca el ritmo, los temas, la profundidad psicológica y los traumas de los hombres y mujeres de esta época. Incluso, aunque la trama se desarrolle en el universo de Game of Thrones.

Las series hoy tratan los temas –para llamarlos de algún modo– adultos. Las quejas, las obsesiones, los deseos, los miedos de los adultos. Y los desarrollan en 46 minutos por semana, durante 6, 8, 13 o 22 capítulos, a lo largo de varias temporadas. O quizás sólo en una. O tal vez esa obsesión y ese drama es para pocos y entonces la serie se cancela. Y esto también –el peligro omnipresente de la suerte esquiva, del final precipitado– forma parte de la historia caliente de estos días.

En Bacanal de octubre, desarrollamos este tema. En verdad, en la Bacanal número 72 de octubre de 2010 comenzamos a desarrollarlo. Allí, hablábamos del nuevo vicio de las series. Hoy, del nuevo relato. Hace cuatro años, dijimos lo que iba ocurrir. Hoy volvemos a hacerlo. Es que, modestia aparte, acá también escribimos la historia mes a mes.

Javier Rombouts
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Además, en este número:

+ Entrevista con Julieta Cardinali
+ Locura por el Crossfit
+
 
Los fetiches de la moda.

… y mucho más!

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