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Columnistas

Se instaló mamá

Chicas en salidas de chicas, donde se mezclan tragos y el plato de todos los días: los hombres.

Por Fernanda Nicolini

-Sucedió lo que alguna vez supuse que podía suceder. Digo y hago fondo blanco de un vaso de cerveza sin alcohol, en un intento de superar mi pulsión homicida sin ayuda etílica. Aunque, hay que decirlo, la cerveza sin alcohol es un oxímoron: no la llamen cerveza, véndanme licuado de cebada o jugo de lúpulo. ¡Eso, eso, no me pasteuricen más la vida! ¡Camarera, tráigame una cerveza doble!

-¿Qué pasó? ¿El lechoso de administración te tiró los perros? -se impacienta Carmela.

-Esperá, ¿no era el pasante peroncho el que te tenía ganas? ¿El que te dijo que podían ver en su superproyector Sinfonía del sentimiento remasterizada mientras hacían asado con el piso flotante? -sigue Ana.

-¡Paren un poco, que no es nada de eso! Además, no era la de Favio, sino La vida por Perón, esa en la que aparece un primer plano del protagonista en pelotas, al que le decíamos el hombre con atributos.

-Uuuuuh, sí, los atributos de Esteban Lamothe, my God. Bueno, pero entonces ¿qué corno pasó? -apura Carmela, que con el escarbadientes fue adueñándose del jamón crudo. Odio cuando hace eso.

-Mamá… ¡se instaló en casa! -digo, y parece que pongo cara de terror porque mis amigas llevan las manos al pecho, abren los ojos como nenas de animé y exhalan un noooooooo simultáneo, que sale del fondo de las cavernas del principio de los tiempos.

-Sí, cayó hace dos días con tres valijas, la gata, la comida de la gata, una foto de sus hijos en un portarretratos y con la perorata de “ya no soporto más a tu padre, hijita, no sé cómo hice para estar todos estos años con él. Está hecho un viejo choto, sólo quiere comer y mirar fútbol, ahora hasta putea como ese, ¿cómo se llama?, ¿Tano algo, Tano o Toti Pasman, cómo era?”.

-¿Y entonces?

– Acomodó el portarretratos en el living, ordenó mi placard para que entrara su ropa, puso a la gata en el sillón recién tapizado, lavó la cocina, lavó la ropa y me mandó a comprar suavizante porque el que había en casa no le gustaba.

-¿Y fuiste?

-¿A comprar suavizante? Y sí, fui. No sabés lo que puede ser mi vieja si no tiene su suavizante con olor a campos verdes. Pero eso no fue lo peor. ¿Adivinen con qué salió?

-Sí, ya sé, con eso de que nunca te tendrías que haber separado de Juan, el odontólogo, y que al final siempre terminás saliendo con unos vagos fumones que no quieren formar una familia, y que el tiempo raja y ya estás grande y ella quiere ser abuela, y…

-No, amiga, ojalá hubiera salido con eso. No sabés cómo extraño esos lugares comunes. La cuestión es que mi vieja ¡se quiere hacer las tetas!

-Whaaaaaaaaat?

-Sí, empezó con que ella todavía era joven, y que en el taller de escritura creativa los tipos la miraban, y que… ¡si hasta me mostró que gracias al spinning empezó a tonificar las piernas!

-¿Esperá? ¿Hace escritura creativa?

-Sí, además de respiración consciente, huerta orgánica y cosmetología.

-Es una genia total tu vieja.

-Sí, no sabés qué genia. Hace dos días que estoy recorriendo consultorios, rodeada de minas que terminan con la cara de la madre del cirujano. Chicas, se los digo: allá afuera hay un mundo de plástico monstruoso, ser de verdad ya no cotiza.

-¿Y se va a poner mucho? Porque viste que están las gotas de agua, las pelotas a lo Luli Salazar. Imaginate a tu vieja a los besos con Redrado.

-No sé, por mí que se ponga una piñata en cada teta y que se levante al Coco Basile. Mientras sea feliz y se vaya de casa… El temita ahora es otro.

-¿Y ahora qué?

– Que.. quiere que yo también me las haga. Y creo que ya no tengo energías para contradecirla. ¡Camarera, una cerveza triple por favor!

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