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Columnistas

Salud del enfermo

Chicas en salidas de chicas, donde se mezclan tragos y el plato de todos los días: los hombres.

Por Fernanda Nicolini

-¿De dónde venís que tenés esa cara? ¿De un afteroffice con un fondo buitre?

-Ojalá… quizá en esa me lo cruzaba al bombón de Kicillof, pero no, no tuve el gusto.

-¿Y entonces?

-Esperá, que quiero pedir algo bien fuerte… Sí, qué tal, ¿me traés un Llamarada por favor?

-Ah, veo querida Carmela que estás tocando fondo. Menos mal que estamos en este bolichón que saben cómo servirlo. En Palermo te tiran con el soplete de la cocina.

-El que no sabe qué es un Llamarada es porque no tuvo un abuelo italiano… ¿te cuento?

-Contame.

-Imaginate que tenés una semana fatal, ¿no? Cosas que entregar en el laburo, turno con el ginecólogo, reuniones con los culones de la oficina, el calefón roto ¿me seguís?

-Te sigo. Una semana más o menos corriente para cualquier mujer urbana profesional porteña, digamos.

-Ponele. La cuestión es que pensás: lo peor que me puede pasar esta semana es enfermarme. ¿Y entonces qué pasa?

-Te enfermás.

-No, peor que eso.

-¿Peor?

-¡Se enferma tu novio!

-Uh.

-Sí, uh es poco. Hoy me levanto, voy al baño y lo escucho que empieza a decir con vos quejumbrosa ‘me siento maaaaaaaal, me siento maaaaaaal’.

-El principio del fin…

-Así que voy, le tomo la fiebre, obviamente no tiene más de 37, le digo que se quede en la cama un rato, le llevo un té, le alcanzo el control remoto y, despacito, me voy al escritorio a terminar el trabajo que tengo que entregar pero…

-Pero a los tres segundos ya te está llamando otra vez.

-Exacto. Como si ese medio grado de temperatura lo hubiera convertido en un lisiado. Que le alcance el diario, que me fije si su celular se está cargando, que le toque otra vez la frente…

-¿Y no le dio por la hipocondría? Porque viste que arrancan con un dolorcito acá, otro allá y a la media hora se están agarrando el pecho y preguntándote cuáles son los síntomas del paro cardíaco.

-Obviamente el dolor de cabeza era un potencial ACV. El tema es que le digo que me tengo que ir a la oficina, que si se va a arreglar solo y me dice, con esa voz de ultratumba como si fueran sus últimas horas de vida ‘andá, andá, yo me arreglo, cualquier cosa la llamo a mi vieja’.

-Me estás jodiendo ¿Y vos qué hiciste?

-Le puse una linda cara de orto y me fui. A los dos minutos me estaba mandando un whatsup: “¿Dónde está la miel?”

-Las preguntas de “dónde está…” me liquidan. Flaco, ¿en qué casa vivís? ¿Por qué nunca registrás dónde se guardan las cosas? ¿Hace falta un curso acelerado de busca tu propia vajilla?

-Ni me hables, ese es otro tema. Sigo: voy al laburo, estoy en medio de una reunión, de esas insoportables, y veo que tengo 35 líneas de whatsup en el celular. ¿Quién era? Él, sí. ¡Pero también mi suegra!

-¿Te escribís por whatsup con tu suegra?

-Llamemosló pros y contras de la era de la hipercomunicación. Y encima escribe todo en mayúscula.

-¿Y qué quería la señora?

-No sé, vi que en la primera línea decía ‘te paso unos consejitos’ y dejé de leer. Después le conwwwé al nene, que me había escrito que se sentía cada vez peor, pero no me respondió. Silencio total durante dos horas.

-Seguro se había quedado dormido.

-Sí, eso es lo que piensa cualquier persona normal, pero yo, que ya estaba semi quemada, me empecé a paranoiquear. Llamé a casa, y nada. Lo llamé al celular, y nada. Entonces me voy antes del laburo, cancelo el turno con el ginecólogo y me mando para casa ¿y qué veo?

-Que está mirando fútbol desde hace cinco horas.

-Fútbol, papas fritas y coca. Y cuando le pregunto si está mejor tose, vuelve a la voz de moribundo, y me dice que avisó en el trabajo que estaba enfermo. “Me tomo tres días más, gordita. ¿No es una gran noticia?”

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