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Música

¿Rock está?

Aunque los agoreros anuncien la extinción del rock nacional, la realidad muestra que hay mucho y muy bueno dando vueltas.

Por Eduardo Fabregat

“El rock que se hace acá me parece una garcha atómica. Ya no te hablo de música, te hablo de ideología. No tiene ideología. Y no me refiero a peronistas o comunistas. Me refiero a otra cosa”. La frase de Charly García fue publicada por Radar, el suplemento cultural de Página/12, el 15 de septiembre de 2013. Sin embargo, obtuvo su mayor rebote a mediados de febrero de este año, cuando alguien la posteó en Facebook y se produjo ese efecto que producen algunos posteos en FB. Algunos aplaudieron, otros señalaron el brulote como otra muestra de la decadencia de un Charly lejano a sus mejores épocas. Como suele suceder con frases tan terminantes, las palabras despertaron pasiones casi futboleras y alguna palabra de grueso calibre. Sin ánimo de ofender, la cuestión es que García está profundamente equivocado.

Se entiende de dónde surge el error, que es en realidad una lectura desfasada: en el mismo párrafo, Charly hace alusión a las bengalas y el desmedido protagonismo del público, un concepto aplicable a la era preCromañón, cuando el rock argentino lucía artísticamente estancado con respecto a sus estándares históricos. Pero han pasado casi diez años de la mayor tragedia sufrida por el espectáculo en Argentina, y el panorama es hoy muy diferente. García ya no trajina el under como en otras épocas (cuando se lo podía ver, por ejemplo, zapando con Superchango, la banda de Andy Chango, en un bolichón de Boedo), lo que le impide tener un registro de lo que está sucediendo. Y lo que está sucediendo es mucho y es bueno.

Es cierto que, en una época en la que la gran industria musical está acolarrada por la crisis del formato CD y sus propios errores estratégicos, los grandes sellos discográficos no editan un material que llame al entusiasmo. En los años 80, esa época de oro para el rock argentino, CBS (luego Sony) y EMI supieron “leer” lo que sucedía en el circuito de pubs porteños y lo tradujeron en las discografías de gente como Virus, Los Abuelos de la Nada, Soda Stereo, Los Fabulosos Cadillacs o Sumo. Pero hoy no hay margen para las apuestas, y Sony prefiere los números rápidos de un Agapornis. Y EMI es una cáscara vacía. Por eso, quien quiera comprobar la excelente salud de la escena debe apartarse de las grandes luces y zambullirse en el ámbito independiente: allí está la verdad del rock argentino del nuevo siglo.

Big Bang

La mera imposibilidad de mencionar aquí todo lo que hay para ver y escuchar es un buen indicador de lo que está sucediendo. A comienzos de marzo, el CC Nuevo Matienzo fue escenario de la vigésima edición del Festipulenta, un encuentro por el que ha pasado una buena cantidad de artistas dispuestos a desmentir a Charly. Fútbol, Los Espíritus, La ola que quería ser chau, Los rusos hijos de puta, El perrodiablo, Acorazado Potemkin, Valle de Muñecas, Sr. Tomate, Bestia Bebé, hicieron reventar el lugar con un desfile multiestilístico apoyado en la autogestión y un espíritu de cuerpo que lleva a que cada fecha del encuentro organizado por los periodistas Juan Manuel Strassburger y Nicolás Lantos funcione como un relojito, sin esperas agotadoras, con buen sonido y una camaradería entre músicos que es, también, un cambio de mentalidad a la hora de abrirse paso. Ya nadie busca cultivar su quintita y salvarse solo: los músicos dialogan entre ellos de un modo que les permite pelear por mejores acuerdos con los bolicheros y sostener sellos independientes que suben su material a sitios web como Bandcamp y Soundcloud, venden “a la gorra” (ese sistema popularizado por Radiohead con In Rainbows) y gestionan ediciones físicas a precios mucho más accesibles que los de la gran industria.

Rock federal

Pero el Festipulenta es solo una de las expresiones de un panorama abigarrado. Y no es el único festival que aglutina propuestas atendibles: también resuenan el Festipez, Elefante en la Habitación o el Turdera Fest, que pone el foco en un sur bonaerense siempre en ebullición. Más al sur, quien quiera oír deberá prestar atención a La Plata, esa ciudad que desde La Cofradía de la Flor Solar, los Redondos y Virus sigue siendo usina de grandes porpuestas. Allí empezó a sonar Shaman Herrera, de allí salieron El Mató a un Policía Motorizado, Orquesta de Perros, Crema del Cielo, Rivero y el Mico, Miro y su fabulosa orquesta de juguete, el sello Uf Caruf y la incesante actividad del escenario de Pura Vida. Pop, rock, punk, el tipo de canción que resurgió por obra de la prohibición de hacer demasiado ruido en los escenarios tras Cromañón: La Plata es una usina de grupos y solistas que no se desviven por “triunfar” en Capital, sino que le dan vida a una vibrante escena propia.

Ese estado de las cosas se traslada al interior: la era de la banda ancha hace que los formoseños Guauchos puedan hacer sonar por vías virtuales su particular mezcla de rock, folklore y psicodelia o que los cordobeses Sur Oculto sean habituales invitados de Pez para dar cuenta de una demoledora combinación de bajo, batería y teclados que encantaría a Robert Fripp. Las bandas agitan un circuito federal que siempre existió, pero cuyas oleadas ahora llegan a Buenos Aires sin necesidad de trajinar incansablemente pasillos porteños. En el interior, también aparecen sellos alternativos como Mamboreta, que demuestran que eso del “rock federal” es hoy más creíble que nunca. Y todo esto es apenas la punta de un iceberg en movimiento que se traduce en una escena de altísima intensidad, que genera entusiasmo a la hora de pensar cómo continúa la historia iniciada por “La balsa”.

Perdón, Charly. El rock argentino, hoy, es una bomba atómica.

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