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Tecno

Robótica alemana

El futuro tecnológico se está escribiendo sobre la base de la sabiduría de la selección natural.

Por Federico Kukso
@fedkukuso

La historia de la tecnología exhibe más que una cascada de artefactos declarados viejos y jubilados antes de tiempo o la existencia de un gremio de tecnócratas autobautizados genios y profetas. Enseña también que los artefactos que extienden nuestras habilidades y moldean nuestra imaginación no evolucionan con los años guiados por una especie de fuerza intrínseca o natural. Alcanza con rebobinar lo ocurrido en las últimas diez o quince décadas para revelar toda una dinámica tecno-social, corriendo así el telón de una escena por lo general ocultada por los fabricantes y exponiendo que en realidad hay dos instancias, dos grandes impulsores que hacen que la tecnología -aquella dimensión de nuestra existencia que en una palabra dice tanto y a la vez, tan poco- pegue un gran salto. Por un lado, las guerras. Y por el otro, las corporaciones.

De los conflictos bélicos se sabe: el número de soldados y de barcos dejó de ser un factor desequilibrante en el instante mismo en que el inventor estadounidense Richard Gatling patentó la ametralladora en 1862. Durante el siglo XX, los más altos generales lo advirtieron: quien contase con el mejor equipo científico tenía la victoria casi en el bolsillo. El Proyecto Manhattan, que derivó en la construcción de la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial, lo dejó bien claro. Sus efectos e invenciones derivadas cambiaron para siempre la vida de la humanidad. En menos de 50 años, la tecnología dejó de ser un lujo antojadizo para convertirse en un elemento crucial.

Pero hay otro sector que cada tanto patea el tablero e incentiva que nuestro arsenal tecnológico esté siempre en movimiento. Ya sea por afán de lucro y competición, ya sea por aquella decisión tan dictatorial de obligarnos a comprar más y forzarnos a desprendernos de artefactos que en verdad no se habían vuelto obsoletos, las empresas redefinen nuestro presente y también nuestro futuro. Son ellas -las megacorporaciones, las megaindustrias- las que imponen lo que deseamos, lo que soñamos. No extraña que, debido a este poder que excede lo económico, no haya libro, serie o película distópica que no cuente en su argumento con su correspondiente -e inventada para la ocasión- empresa tiránica que corporiza el mal, aquel instinto humano de avanzar sobre la naturaleza y de dominar con sus creaciones al resto de los humanos: Tyrell Corporation (Blade Runner), LexCorp (Superman), Massive Dynamics (Fringe), Cyberdyne Systems (Terminator), Weyland Industries Corporation (Aliens).

Más allá de la ficción, cada época tiene su grupo de compañías estrella. Aquellas corporaciones que, si bien pueden ser conocidas o no por gran parte de la humanidad, cambian las reglas de juego, imponen sus ideas y obligan a que todo un campo vaya en una dirección y no en otra. Desde las últimas tres décadas, IBM, Microsoft, Apple, Google se disputan el trono. Pero de maner más silenciosa y casi en un segundo plano, hay otra multinacional que se está perfilando como la directora de orquesta de las décadas que se avecinan. Se llama Festo y en estos momentos es uno de los epicentros mundiales de la robótica.

Aprendiendo de la Pachamama

Con sede central en Esslingen, Alemania, esta compañía nació en 1925 y desde entonces se convirtió en uno de los líderes en el área de la técnica de automatización industrial, con más de 30 mil productos que incluyen software, robots y demás artefactos que no vemos a diario pero que ahí están: ensamblando el último auto que nos compramos, el microondas en el que calentamos la sopa al mediodía, el televisor que como zombies encendemos apenas llegamos del trabajo.

Hasta hace no mucho, Festo era sólo conocida por especialistas, ingenieros y operarios. Hasta que sus dirigentes e investigadores se animaron a traspasar la barrera del futuro inmediato. Se propusieron ir más allá. Y tomaron como guía a la naturaleza. Fue entonces cuando esta firma alemana comenzó a maravillar al mundo.

Cuando Markus Fischer y el resto de sus gerentes le dieron el OK a la formación de la Bionic Learning Network en 2005 -una red de cooperación con estudiantes, universidades e institutos de investigación-, pensaron que los prototipos de inventos que de allí salieran sólo asombrarían a unos pocos. Sin embargo, año tras años deslumbran a millones gracias a sus videos en Youtube.

El secreto de este proyecto está en lo que llaman “bioinspiración”, el arte de inspirarse en seres vivientes de movimientos elegantes que luego de millones de años de prueba y error lograron adaptarse eficientemente a su entorno. Uno de los organismos en que centraron la atención los científicos de Festo fue la medusa y en su increíble sistema de propulsión. Y así desarrollaron dos versiones artificiales: AquaJelly y AirJelly. La primera consiste en una semiesfera translúcida de ocho tentáculos con los que se desplaza, once diodos luminosos de luz infrarroja y detectores que le permiten percatarse de su entorno. Es capaz de controlar su propia alimentación de energía e intercambiar datos con una estación de carga que se encuentran en la superficie del agua de la que recibe señales de posición de otras medusas artificiales para poder esquivarlas. La AirJelly, en cambio, es controlada a distancia y tiene un globo lleno de helio.

Con el tiempo, Festo desarrolló una especie de zoológico artificial. Sus investigadores crearon pingüinos artificiales (AquaPenguins y AirPenguins), aves (SmartBird), una manta raya (Aqua Ray) e idearon hasta un brazo robótico flexible basado en una trompa de elefante y similar a uno de los brazos del doctor Octopus, el villano de El hombre araña. Este departamento de investigación en biónica también se animó a diseñar exoesqueletos y prótesis como la ExoHand, que le otorga a quien lo usa una considerable fuerza y precisión para manipular objetos.

Festo, en este caso, mira a un futuro que tal vez no sea inmediato pero, aseguran, será inexorable. Así, robótica y biónica se acercan a nuestras vidas. Y lo hacen con inconfundible acento alemán.

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