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Viajero Bacanal

Rezar, cantar y meditar

Un viaje espiritual resultado de un tiempo de búsqueda, de estudio, de reflexión.

Por Laura Bauthian

Después de la hora 20 de vuelo dejé de contarlas. Después de todo, este viaje a la India era algo deseado y esperado durante muchos años. No importaba la distancia, ya no sentía el cansancio y mucho menos los casi 16.000 km que me separaban de Buenos Aires.

Aterrizamos en Delhi muy temprano, cuando la ciudad muestra todas sus caras. Sólo la India puede, tan de golpe, alimentar los cinco sentidos. Me recuerdo parada en el medio de la vereda viendo pasar aquella vida por delante de mis ojos, con tanta información diversa: una cultura milenaria, de templos, de dioses, de calles llenas de gente, de pobreza, de alegría sin motivo aparente, de vacas sagradas, de elefantes, de camellos, de tránsito rebelde, de autos, de bicicletas, de rickshaws, de motos, de olores, de ruidos ensordecedores, de colores intensos, de sensaciones profundas. Todo eso, al mismo tiempo.

¿Por dónde empezar a explicar tamaña multiplicidad de impresiones? De a poco, tomé confianza con la ciudad y me entregué a ella para que me siguiera mostrando sus encantos. En camino hacia la Vieja Delhi, pasé por la Puerta de la India, el imponente arco que levantaron los ingleses en conmemoración a los soldados hindúes que perdieron su vida en la Primera Guerra Mundial, y que se encuentra situada en la avenida conocida como Raj Path (o Camino de los Reyes). Desde allí, también, se ve el Palacio Presidencial y las calles que comunican el grandilocuente Parlamento y los no menos fastuosos edificios ministeriales.

 

Fluir y dejar fluir

En India hay que dejarse llevar. El secreto mejor guardado para visitarla es no pretender controlar el destino, más bien ser un cómplice consciente del recorrido a seguir. Y así fue que el destino y el taxista, a los que se suele contratar durante todo el día a cambio de algunas rupias, me depositaron en la mezquita Jama Masjid. Entré descalza, estricta costumbre de todos los templos que se precian de sagrados, y con la cabeza cubierta por un velo que me había acompañado desde Buenos Aires. Me perdí entre la gente que oraba, los que cantaban, los que meditaban y los que simplemente se lavaban los pies en una fuente central que calmaba el sofocante calor del día.

Ya era hora de una nueva experiencia cultural, la culinaria. En el rubro comidas, todo es vegetariano, y la gran opción es elegir lo que es picante y lo que no lo es. Comencé de a poco: arroz blanco y chapati (pan de harina de trigo típico de la India), menú temeroso pero válido para una dieta occidental.

Con la energía repuesta partí en busca de los mercados de ropa. Sean puestos o tiendas, el denominador común es que están abarrotados de mercadería, de vendedores y de compradores, abrumadores pero irresistibles, con la calidad de sus sedas, la variedad de colores y sus incomparables precios, que atentan contra cualquier economía personal.

Para dormir, no elegí un hotel. Una amiga, que había estado tiempo antes por esta misma ciudad, me pasó el dato de Madhavi, una mujer que con la amabilidad que caracteriza al pueblo hindú me ofreció hospedaje, sin pedir nada a cambio. Su casa, ubicada en la Nueva Delhi, para mi sorpresa, parecía estar inscripta en lo que nosotros conocemos como barrios privados, pero no: se trataba de varias cuadras custodiadas por una policía sin armas de fuego que, presente a cada paso, recuerdan que desear lo que no es propio no es digno de los que cultivan el espíritu.

Nos vimos por primera vez con Madhavi y nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida. Eso es la India. Esa mezcla algo exótica de amor, pobreza, dignidad, riqueza, alegría, inocencia, caos, humildad, generosidad, sinceridad. Una mirada que se despoja de todas intenciones, y que propone vivir el aquí y el ahora. Permanentemente.

 

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