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Moda

Que sepa bordar

Técnica antiquísima y requisito indispensable en una época a la hora de buscar marido, el bordado está de vuelta con otros fines.

Hubo una época en la que para ser un buen partido una mujer debía manejar las labores manuales a la perfección. Así es que el bordado nació ligado a las habilidades femeninas. Para el siglo XVII el bordado no sólo aumentaba las chances de conseguir marido, sino que también cumplía otras funciones: las niñas pobres aprendían a bordar como un modo de ganarse la vida y las ricas lo hacían para saber controlar a sus criadas, ya que para evaluar su trabajo tenían que entender de qué se trataba el asunto. Más adelante, en el siglo XIX, las puntadas se utilizaban para transmitir conocimiento, y entonces en las escuelas las señoritas inglesas bordaban números, letras y mapas.

Aunque en sus inicios el bordado también era cosa de hombres. En la Edad Media, cuando las prendas bordadas cubrían las pieles de los ricos y los sacerdotes, los talleres encargados de confeccionar esas vestimentas empleaban a hombres y mujeres por igual.

Con este sí…
La técnica del bordado que estuvo durante siglos confinada al universo femenino se vinculó con el correr del tiempo con otras disciplinas y conoció nuevos destinos, como el arte. Claro que no fue fácil, ya que su impronta artesanal estaba muy arraigada. Pero como explica la artista y curadora independiente Karina Maddonni, “fue recién a partir de ciertos artistas de las vanguardias del siglo XX y luego en la década del 60 cuando la producción textil comenzó a expandir su campo cruzándose con el arte y alejándose de cuestiones meramente decorativas o de la prenda en sí”.  

En la crisis de comienzos del año 2000 el artista visual Leo Chiachio tenía poco dinero pero la misma necesidad de siempre de comunicarse a través del arte: “En una caja encontré hilos, agujas, botones y remeras viejas, y con esos materiales comencé a bordar unos retratos de actores porno gay de los 70 y 80”, cuenta.

Mientras experimentaba con el bordado, se cruzó con el artista Daniel Giannone y sellaron su amor con una puntada. Pronto la pareja se convirtió en dúo creativo. Giannone había aprendido a bordar en la escuela primaria. Un poco de memoria y las ganas de trabajar junto a Chiachio, dieron como resultado una serie de maravillosos autorretratos bordados.
Una obra como Ciudad Frondosa -un bordado de 5,40 x 2,80 mts- les llevó casi dos años de producción. Es que un artista que borda entrega lo más preciado que tiene, el tiempo, y es en esa entrega donde aparece otra manera de relacionarse con la producción artística.


“Al ser tan largo y minucioso, el proceso de trabajo hizo que me involucrara de un modo diferente, algo que no me pasaba con la pintura u otros soportes con los que había trabajado antes”, señala por su parte la artista visual Jazmín Berakha. La idea no fue premeditada, la historia de Berakha con el bordado fue como un amor a primera vista, un enamoramiento fulminante que la hizo abandonar la pintura. “Nunca me había interesado el bordado y siempre me consideré muy torpe con la costura, pero empecé un curso por pura curiosidad y enseguida me sentí muy atraída con las posibilidades de la técnica y el material, entonces comencé a trasladar mis procesos de trabajo hacia el bordado”, explica.
Un invitado que cae cuando la cena ya está servida. Pareciera que esa es la forma en la que llega el bordado a la vida de los artistas. Marina Aizen, ilustradora infantil, lo descubrió en la casa de su abuela, allí donde encontró un bastidor. Luego su pasión por la línea en el dibujo hizo el resto.  “Como no sabía más que el punto atrás, empecé con eso y busqué por cuenta propia qué y cómo dibujar bordando”, recuerda. Pero ya tenía experiencia en elegir actividades que estaban relegadas en el mundo artístico: “Cuando estudiaba Bellas Artes, muchos profesores me decían que el grabado -carrera que estudié- era un arte menor. Hoy celebro que asistamos a un auge del arte textil, del bordado, del dibujo y del grabado. Me encanta que la gente pueda conocer más estas técnicas”. 

La moda puntada

Si la relación del bordado con el arte fue reñida, con la moda pasó lo contrario. Es que la ornamentación de prendas fue la primera finalidad que tuvo esta técnica. Sin embargo, durante muchos años el bordado estuvo prohibido. En los 90’s, el minimalismo arrasó con cualquier vestigio barroco y la estética net dominó la escena por mucho tiempo, hasta que en los últimos años el bordado recuperó su lugar en el mundo de las pasarelas: Valentino lo subió a la suya en 2012 y 2013 y, como acaba de mostrar en la Fashion Week de París, piensa seguir apostando a él el próximo año. La diseñadora inglesa Stella McCartney se dejó contagiar e incluyó vestidos bordados en su colección 2012. Y también Dolce & Gabbana y Balmain aportaron su granito de arena para rescatar al bordado del cajón de los recuerdos.

Se puede decir que hoy el trabajo artesanal experimenta un revival que lleva a las nietas a aprender las técnicas que dominaban sus abuelas. La onda “hágalo usted misma” trascendió los programas televisivos de las tres de la tarde para llegar a jóvenes profesionales interesados en poner manos en los hilos. Y Guillermina Baiguera fue una de las precursoras de esta tendencia. “Bordo desde hace doce años”, cuenta. “Empecé cuando encontré un bastidor en la casa de mi madre y me lo llevé para dar las pocas puntadas de costura que sabía. Soy autodidacta, así que poco a poco fui desarrollando la técnica”.

Aprendió sola, pero consciente de que no todos pueden darse el mismo lujo, Baiguera comenzó a dar clases de bordado hace siete años en Formosa, su espacio-galería en el barrio de Colegiales. “Acá viene gente joven, creativa. Algunas personas quieren aprender porque tienen un proyecto particular, otras no”, cuenta acerca de sus clases.
Entre sus exalumnas figuran nombres que hoy ocupan un lugar reconocido en el ámbito del diseño local, como Adriana Torres (Miga de Pan) y Mercedes Hernáez (cuadernos Mono).

La escritora Laura Ramos también fue de la partida. En 2012 realizó una muestra de bordados sobre personajes de Charles Dickens: “Tengo una debilidad por el siglo XIX. La labor de la aguja me permitió ingresar en ese mundo de ensueño construido en mi infancia en los años 70. Bordar es mi mejor manera de escribir”, confiesa.

Así, los personajes del prolífico universo de Dickens cobraron vida en las manos de Ramos: “Fui la pequeña Dorrit, Esther Summerson, la pequeña Nell. De alguna manera la Agnes Wickfield de David Copperfield soy yo. Al bordarlos me coloco en el centro de mi escena.  Me bordo a mí misma. Yo soy mi creación, mi utopía”, sostiene. Tanto es así que para bordar usa un seudónimo, no es Laura Ramos, sino Elisa Grandet.

¡Perfecta! es otro espacio en el que se dictan talleres de prácticas textiles. Su directora, Soledad Erdocia, empezó a dar clases en 2008, justo antes del boom. “Por suerte después surgió, a nivel global, el interés de hacer cosas uno mismo y eso incentivó las ganas de aprender”, dice.

Esa tendencia mundial a la que se refiere Erdocia tiene que ver, en parte, con la necesidad de desconectarse. Tal como explica la psicoanalista Laura Orsi, cuando dice que “realizar cualquier actividad manual repercute positivamente en lo psicológico, porque estimula la creatividad, y además, es muy importante la satisfacción de ver el trabajo realizado”.
Erdocia lo confirma: “Cualquier trabajo manual es, en cierto modo, como meditar. Estar concentrado en algo sin pensar en otras cosas te hace bien más allá de los resultados”.

Así las cosas, en el siglo XXI el bordado se consolida como arte y también como oficio eficaz a la hora de hacer algo placentero y evadirse. Eso sí, no te asegura el casamiento. ¿Pero quién busca eso?

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