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Cine y Series

Pueblo chico, infierno grande

Twin Peaks cumple 25 años y Laura Palmer está más viva que nunca en series como True Detective y The Leftlovers. ¿Por qué todavía seduce el asesinato de una adolescente en un pueblo perdido de Estados Unidos?

Por Victoria Beguet Day

Una sala de espera atípica. Cercada por cortinas de terciopelo rojo. El diseño geométrico de los azulejos del piso resulta tan disonante como la voz espasmódica y abortada de quien parece ser el anfitrión de la sala de espera: un enano de elegante traje y camisa roja. Podría ser la versión pequeña, circense de Lloyd, el bartender del Hotel Overlook en El Resplandor.

Entra en escena Laura Palmer, protagonista omnipresente de la serie Twin Peaks, con largo vestido de noche. Si murió siendo una adolescente que usaba campera de jean y el pelo atado en una sencilla cola de caballo, acá, en la ¨sala de espera¨, parece haber alcanzado finalmente la adultez, aunque sin exhibir una sola arruga.

Saluda al detective que investigó su muerte y promete ¨verlo nuevamente en veinticinco años¨. El sueño, delirio, fantasía o pesadilla continúa: el detective Dale Cooper busca la salida, pero vuelve sin falta a la habitación roja, a ese limbo claustrofóbico. Twin Peaks, serie icónica, imitada e inimitable, desconcertante por donde se la mire, transcurre en 1989. Hace ya 25 años. Queda la duda. ¿Seguirá Laura Palmer, bella durmiente insomne, presa de aquel infierno encantador? ¿Estará ansiosa ahora que se cumplen los 25 años de espera y volverá a encontrarse con Dale Cooper?

El tiempo sin tiempo
¨Es un programa de televisión común y corriente. Tiene que ver con secretos.¨, explicaba en una entrevista David Lynch -creador de la serie junto con Mark Frost-, tras el éxito sorpresivo, a principios de los ´90, de TP.

Pueblo chico donde ¨la luz amarilla del semáforo todavía significa disminuya la velocidad y no ´acelere´¨, como señala uno de sus personajes, Twin Peaks es tan ficticio como Springfield. Es también, en muchos sentidos, un pueblo fantasma, perdido en el tiempo y olvidado. En su microsistema se encuentran especímenes diversos que rara vez coexisten en armonía.

Algunos parecen salidos de los años cincuenta. Como los adolescentes con aire rockabilly, rebeldes sin causa que andan en Harleys con aire melancólico y enfadado y que, a pesar de las advertencias de sus padres, viven metiéndose en problemas. O bien el personaje de Audrey Horne que, debido a su popularidad, provocó que en Halloween del 90 muchas ciudades de EEUU se poblaran de imitadoras. Colegiala y lolita, de polleras escocesas hasta la rodilla, zapatos abotinados en riguroso blanco y negro y sweaters ajustados, niña rica mezcla improbable de Elizabeth Taylor y Ava Gardner, Audrey Horne vaga sin rumbo por el hotel de su familia y consume su tiempo libre dedicándole cartas y suspiros al detective Cooper.

Otros personajes, en cambio, pertenecen a la época en que transcurre la serie, fines de los 80, principios de los 90. Otros, sencillamente, parecen no estar en sus cabales: una mujer que carga un tronco como si fuese un bebé y oficia de oráculo, otra que usa un parche en el ojo y cuya única obsesión consiste en arreglar sus cortinas para que no emitan ruido alguno, un detective que se guía casi exclusivamente por la intuición y sus sueños para resolver un caso o bien un psiquiatra que usa unos descomunales tapones para los oídos, viste camisas y corbatas con motivos hawaianos y confiesa haber estado enamorado de una paciente.

Personajes que demuestran que el tiempo en Twin Peaks se ha detenido, otros que contradicen esta idea y otros cuyo comportamiento escapa a toda lógica. ¿Cuándo transcurre Twin Peaks? La respuesta no es clara.

El diablo viste de azul
La cara que muestra el packaging de Twin Peaks, si se quiere, es el de una parodia de las telenovelas o soap operas estadounideneses, con sus necesarios enredos amorosos, romances prohibidos o desafortunados, villanos glaciales, codiciosos y calculadores, personajes en coma que prometen despertar en cualquier momento e incluso algún que otro difunto que parece haber resucitado con otro nombre y otro color de pelo.

Pero opera como un anzuelo, una distracción. Como lo hace el brutal asesinato de la ¨reina de la preparatoria¨, Laura Palmer. Así, Twin Peaks, con su fachada engañosa de parodia de telenovela, su estética kitsch y sus rarezas aparentemente caprichosas propone, al igual que Terciopelo Azul (1986), mirar la apacible vida de la clase media estadounidense con mayor detenimiento, hasta que sus imperfecciones o contradicciones se hacen evidentes. Y después, ineludibles. En Twin Peaks, mundo poroso, mutable, agrietado, la frontera entre sueño y vigilia se desdibuja. Al igual que en Terciopelo Azul, lo que abre esas grietas en ese pueblo de gente honrada y trabajadora es la violencia.

Hay un sentido de humor incómodo en Twin Peaks y en Lynch, que ha sido descripto como un ¨humor de pesadilla¨; un movimiento pendular entre comicidad y el carácter verdaderamente aterrador de la violencia. Vaivén que no deja de ser coherente: el horror está atravesado por el sinsentido y la hilaridad. Si un asesinato es cosa seria (en este caso, el de una joven, cuyo cuerpo aparece sobre una playa, envuelta en plástico) Twin Peaks parece disentir. Nada de poses moralistas, de dicotomías correctas, de bien vs. mal. La preocupación central de la serie no es ¨hacer justicia¨, encontrar al asesino. Twin Peaks busca un terreno más fértil: el de la ambigüedad moral.

Tarta de cerezas y café negro
¨Este es el diario de Laura Palmer¨ es una de las tantas frases que acuñó TP que rápidamente adquirió status de serie de culto. Pero Laura no es la única que mantiene un diario.

El agente especial del FBI Dale Cooper, tan circunspecto como propenso a entusiasmos inexplicables -posible alter-ego no reconocido del mismo Lynch-, se pasea por Twin Peaks, grabadora en mano y dirigiéndose a una tal Diane a quien nunca conocemos, registrando tanto datos importantes como triviales: flora y fauna de la región, cuánto le costó el almuerzo.

De a ratos, una caricatura de detective que se sabe caricatura, Cooper es uno de los personajes más memorables de la serie. En su febril cruzada por un café ¨negro como una noche sin luna¨ y de ¨una tarta de cereza para morirse¨, no lo motivan ni sed de justicia, ni el sentido del deber ni el rigor lógico de Sherlock.

A Cooper lo mueven en cambio la curiosidad y el asombro. Si se trata de una curiosidad banal o no parece una pregunta fuera de lugar; a los habitantes de Twin Peaks, la moralidad no les quita el sueño.

Con métodos poco ortodoxos e inclinaciones new age, para el detective Cooper todos son acertijos, todo está cifrado y la única herramienta útil es la intuición, los mensajes ocultos en los sueños, el hablar distorsionado, las frases poéticas, crípticas, sin sentido aparente. Ese lenguaje onírico, oscuro, es el que vela y devela, el que se debe sintonizar, como quien aguza el oído para escuchar el viento que mueve las ramas de los pinos.

Después de todo, el bosque del pequeño pueblo maderero no es un bosque cualquiera sino uno que susurra verdades acerca del revés de la trama.

Atrapar al pez dorado
El personaje de Cooper tiene mucho de Lynch, para quien la improvisación era un elemento clave durante el desarrollo de la serie.

La idea del sueño que tiene el agente Cooper, que trascurre en una habitación roja y que lo guía hacia la resolución del asesinato de Laura Palmer, escena icónica, parodiada hasta el infinito, tuvo un origen curioso, según contó el propio Lynch: “Estaba apoyado contra un auto—mi torso contra este auto caliente a causa del sol. Mis manos estaban en el techo y el metal estaba recalentado. Así, la escena del Cuarto Rojo me vino a la mente. “

A su vez, durante la filmación de la escena en la cual Cooper examina por primera vez el cuerpo de Laura, una luz fluorescente defectuosa parpadeaba constantemente. Lynch decidió no reemplazarla, ya que le gustaba el efecto desconcertante que generaba. Y el actor que interpretó al asesino trabajaba en escenografía y fue incorporado durante la filmación de la primera temporada después de que su cara se reflejó accidentalmente en un espejo de la casa de los Palmer.

David Lynch, que creció en el estado de Montana, se convirtió, a su vez, en una figura de culto. Entre sus influencias ha mencionado al pintor Edward Hopper, con sus paisajes desolados y solitarios con escenarios típicamente estadounidenses, a Stanley Kubrick, a Federico Fellini -de cuyo imaginario se nutre, así como de su interés por ¨reinventar¨ el recuerdo-, y al también pintor Francis Bacon, de quien toma el gusto por la deformación y la violencia.

Esto último resulta llamativo: nada en el hombre de camisa abotonada hasta arriba (en claro gesto puritano y pudoroso), de jopo rebelde, hablar pausado y voz suave parece delatar esta inquietud. Lynch es también una figura contradictoria, con emprendimientos extravagantes y variados. Algunos incluyen sportswear para yoga, un libro y conferencias acerca de su experiencia con la meditación (práctica a la que atribuye sus ideas) y, más recientemente, dirigir publicidades para distintas marcas como Christian Louboutin, Beauté Kenzo o Gucci.

Fuego camina conmigo
Indiscutible hito televisivo y referencia de series como True Detective, The Leftovers o The Killing, Twin Peaks es la prueba de que las modas y el público tienen, por suerte, leyes esquivas y tal vez, indescifrables. Como tantas otras series, no parecía ¨destinada al éxito¨. Describirla como poco convencional es quedarse corto. Implicaba un riesgo grande para el canal ABC. Pero la apuesta rindió sus frutos. Por lo menos durante la primera temporada, después de la cual, la caída del rating y de calidad, debidas a un menor control creativo por parte de Lynch y Frost, llevó al canal a cancelarla. No sin antes recibir un aluvión, primero de cartas y después de donuts viejos, troncos y otros elementos recurrentes en la serie por parte de un club de fans autodenominados COOP: Citizens Outraged at the Offing of Peaks (Ciudadanos enfurecidos por la ´matanza´ de Twin Peaks).

A pesar de esto, la serie que duró apenas dos temporadas, marcó un antes y después en la televisión. Resultan curiosos, hoy, los dichos de Mark Frost, tras la cancelación de TP: “No creo que haya cambiado a la televisión en nada; no creo que el programa haya generado tendencias nuevas.”

Lo cierto es que Twin Peaks, falsa telenovela, retoma un tema recurrente en la narrativa e imaginario estadounidense: el hombre que, destinado y ¨llamado¨ a expandirse, debe enfrentarse al bosque, a la naturaleza amenazante y hostil.

Y la serie lo hace con el mismo espíritu lúdico y azaroso de los sueños. Parece decir, por otro lado, con cursilería impostada, una verdad inconcebible: el horror puede ser grato y el fuego de la violencia acaso camina con nosotros.

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