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Cine y Series

Pochoclo rancio

Hoy estrenó 300: el nacimiento de un imperio, una nueva prueba de que segundas partes casi nunca son buena noticia.

Por Sandra Martínez

Cuando comenzó la fiebre de adaptar comics a la pantalla grande, 300, la novela gráfica de Frank Miller sobre la histórica Batalla de las Termópilas, tenía todos los números para convertirse en un éxito, con su guión sencillo pero plagado de momentos de acción y pistas sobre la fascinante cultura espartana. Y así fue. La película llena de musculosos soldados escasos de ropa fue un hit, con buena recaudación -incluso para el comic, que volvió a las comiquerías y librerías con un gran número de ventas-, mucho merchandising, una estética propia y un par de escenas que ya forman parte del imaginario pop, como la famosa línea “This is Sparta!” voceado por Gerard Buttler en su rol del rey Leónidas.

Esta nueva entrega, 300: el nacimiento de un imperio, es una narración paralela que muestra las batallas navales que los atenienses lucharon mientras los espartanos resistían, pero resulta una copia repetitiva y sin gracia.

Aunque en su momento fue criticado por los historiadores más puntillosos, lo cierto es que Miller se documentó sobre el estilo de vida espartano y la batalla de las Termópilas para su obra, y si bien se tomó las licencias poéticas necesarias para la narración -esto es entretenimiento, no educación-, se puede decir que 300 tiene una base coherente con la realidad. Esta pseudo secuela, en cambio, muestra situaciones irrisorias para la época y hasta se contradice con la película original. Quizá la paradoja es que lo más rescatable es un personaje inventado e inverosímil, la almirante Artemisia, interpretada por Eva Green, que siempre es agradable de ver en sus papeles de femme fatales retorcidas.

¿Podría salvarla el apartado visual? Difícilmente. Es cierto que la violencia estilizada que impuso 300 sigue ahí, pero teniendo en cuenta que la muchas de las películas históricas que se rodaron posteriormente copiaron esa estética, a esta altura es algo demasiado visto. El 3D no aporta mejoras: lejos de su uso más interesante que suele resultar del trabajo con la profundidad, aquí todo es chorros de sangre saltando a la cara del espectador y pequeñas partículas de polvo, agua o chispas flotando sin sentido en todas las escenas.

Aunque en los créditos finales dice que es una adaptación del comic Xerxes del mismo Frank Miller, la realidad es que el artista todavía no terminó la prometida miniserie gráfica. Por lo poco que adelantó en varias entrevistas, se puede deducir que el guión cinematográfico solo está basado en el vago plot que Miller viene manejando hasta ahora, y quizás eso explique por qué una película que lleva como subtítulo “el nacimiento de un imperio” solo le dedica a ese hecho en cuestión los diez primeros minutos y luego desmadra en una serie de batallas iguales y confusas con pobres remeros esclavos persas maltratados (en los barcos griegos, en cambio, parecían de lo más cómodos), separadas por burdos discursos sobre la defensa a ultranza de la libertad y la democracia -términos que se repiten decenas de veces, junto con la anacrónica idea de país- y un momento de hate-sex . Un combo para el olvido.

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