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Entrevistas

Paloma negra

Sex simbol, empresaria seria, actriz comprometida, dama de alta sociedad, benefactora de causas nobles, una mujer con mil caras.

Por Diego Lerer (Desde Cannes, especial para Bacanal)

Apenas supera el metro cincuenta, Salma Hayek, y por más tacos y atuendos fotografiables que se ponga para circular por las más diversas alfombras rojas del mundo, una vez que sale de ese escenario de flashes que la atacan como un batallón en plena invasión al país de las celebridades, parece finalmente una mujer pequeña y vulnerable. No tanto la diva de las pasarelas ni la esposa de uno de los magnates del mundo de la moda europea, sino la actriz mexicana que hace ya muchos años logró triunfar en Hollywood cuando nadie pagaba dos dólares por ella.

Sigue siendo sensual y voluptuosa –palabra ya muy usada sobre su figura, pero inevitable–, y casi nadie apostaría a que el año próximo cumplirá los 50 años. Sí, oyeron bien. Salma Hayek tiene casi 50 años, claro que en un mundo en el que cuidan de su cuerpo y de su rostro de una manera que no lo hacen con el 99% de las mujeres del planeta. Hasta hoy, Salma ha logrado combinar personalidades públicas casi opuestas que suelen ser más usuales de lo que uno imagina en el mundo del entretenimiento: la empresaria seria y profesional, la dedicada promotora de causas nobles y la sex bomb, en una línea ya muy bien trazada por Sharon Stone y Angelina Jolie, entre otras.

Pero Salma, en más de un sentido, no es Sharon ni Angelina. No tuvo el éxito sideral de ambas y no es estadounidense, sino mexicana. Esa “distinción” la favorece, claramente, en el aspecto humano. Pese a moverse en los niveles más altos de los mundos del cine y de la moda, Hayek sigue pareciendo una mujer accesible, amable, terrícola, a diferencia de las otras dos, que están más cerca del Museo de Cera y del lado robótico del celebrity universe. Una vez que las luces de los flashes se apagan, sale a la luz una Salma más verdadera –con su fuerte acento latino, imposible de modificar pese a llevar décadas viviendo fuera de México–, con la que uno puede imaginarse comiendo unos tacos en una esquina del DF.

Eso, claro, no pasará en el Festival de Cannes, donde las celebrities –especialmente las de Hollywood– están encadenadas en un sistema de blindajes varios respecto del público y de la prensa, con quienes se “encuentran” en ocasiones profesionalmente cronometradas y en no-lugares como grandes salones de hoteles cinco estrellas, salas de conferencias de prensa y, bueno, la más impersonal de todas: la red carpet, con su habitual rutina de preguntas sobre diseñadores de modas, zapatos y otras variedades del arsenal periodístico de ocasión.

Pero la actriz de Frida estaba en Cannes para presentar una película en competencia, lo cual la pone en un “pedestal” de seriedad. No vino a promocionar una fragancia de perfumes ni a hacer apariciones pagas ni de acompañante de su marido, el magnate francés Francois-Henri Pinault, CEO de Kering, la compañía dueña de Gucci, Puma, Balenciaga, Saint Laurent, Alexander McQueen, Stella McCartney y Boucheron, por citar solo algunas de las marcas que el bueno de su esposo –cuya fortuna familiar está valuada en 14 mil millones de dólares– posee. No. Salma en Cannes está para hablar de un película de arte en la que pasará a la posteridad por comerse el corazón de un monstruo marino…

La película en cuestión es Tale of Tales, de Matteo Garrone, el realizador de la excelente Gomorrah. La película es una adaptación de algunas historias del Pentamerone, la colección de fábulas y cuentos de hadas escritas en el siglo XVII por el mítico autor napolitano Giambattista Basile, pero interpretadas por un elenco internacional que incluye, además de Hayek, a Vincent Cassel, John C. Reilly y Toby Jones, entre otros. En este bastante bizarro filme, la actriz encarna a una reina que no puede quedar embarazada y que acepta la propuesta extrañísima de un hechicero para lograrlo: debe comerse el corazón de un dragón marino cocinado por una virgen. La mujer consigue lo que busca, pero los resultados no son del todo los esperados…

“El conflicto de mi personaje es uno con el que cualquier mujer se puede identificar: la obsesión por ser madre -dice la actriz, que ahora vive entre Francia e Inglaterra-. Especialmente las mujeres latinas, que siguen obsesionadas por sus hijos todas sus vidas (risas). Eso es algo con lo que me fue muy fácil identificarme y lo que delata también que el cuento original es napolitano”.

Película como cuadro
Salma fue madre a los 41 años y su hija Valentina, de ocho, estuvo presente en el set de filmación y fue, asegura, de gran ayuda en algunas escenas. “Ella estaba mirando el monitor en la escena en la que me tengo que comer ese corazón –cuenta–. Y la verdad que el corazón tenía un sabor horrible, no sé que era, una mezcla de pastas con caramelos, algo repugnante. Yo pensaba que iba a vomitar y Matteo quería que la escena fuera perfecta y yo tenía que lucir feliz comiéndolo. A la tercera toma yo ya no podía más y Valentina me dice: “si escupís lo que comés por detrás del corazón no sale en cámara”. Y fue la mejor indicación posible. Ahí pude seguir haciendo todas las tomas necesarias”.

Si bien la obra de Basile no es tan famosa mundialmente como la de los hermanos Grimm, Hans Christian Andersen o Charles Perrault –ni siquiera en Italia, admite Garrone–, muchos de sus personajes se consideran antecesores o inspiradores de futuras “celebridades” del universo de los cuentos de hadas como la Cenicienta o El Gato con Botas. La diferencia, asegura Salma siempre hablando en inglés, es que en la obra de Basile “los personajes y las historias no van hacia donde lo imaginas. Te podés identificar con el personaje, pero después lo que ella hace no es lo que uno supone, y tenés que estar disponible física y mentalmente para ir hacia esos lugares. Y eso es un desafío: entrar en la cabeza de lo que hacen esos personajes en ese mundo bizarro. Nunca podés saberlo y eso lo hace muy original”.

Otros desafíos fueron más del tipo práctico. Cuenta la actriz que el vestido que usaba en varias de las escenas pesaba 30 kilos y era muy difícil moverse en él. “En una escena Matteo quería que corriera y saltara, pero yo no podía –recuerda–. Nos pasamos el día tratando que saliera bien y al final de la jornada ya se iba la luz, yo estaba toda transpirada y la escena no salía. Al final salté mal y terminé enredada en unos cables y era imposible sacarme de ahí, me caí, me enredé. Un desastre. Hicieron falta tres personas para sacarme mientras el vestuarista gritaba “¡el vestido, cuidado con el vestido!” y Matteo: “¡La luz! ¡Se nos va la luz!”.”

Salma asegura que se decidió por hacer la película del director de Reality cuando él le dijo que eran tres historias de mujeres. “Ni me hacía falta leer el guión -recuerda-. Le dije que sí, sin más. Es una película sobre obsesiones que son muy actuales: la maternidad, la obsesión por ser joven, por no depender de un hombre. Son conflictos contemporáneos y cada uno lleva al extremo una situación psicológica que es muy normal. Como en todos los cuentos de hadas está el tema de la belleza y la fealdad, pero acá aparece de una manera diferente y por eso para mí es especial, sale del lugar común de este tipo de cuentos. Es más oscuro”.

-¿Cómo es Matteo como director?
-Te podría contar muchas cosas de Matteo (risas). Una que lo pinta claramente es que él te dejaba improvisar y a veces salían escenas muy buenas, pero a él no le convencían. Entonces le preguntabas: “¿por qué no te gustan?”. Y él decía: “Sí, me gustan, pero ya vi escenas similares antes, no es una escena mía”. Para mí eso es lo que define a Matteo como director: la escena, o la película, no tiene que ser solamente buena, tiene que ser suya. Y única. Pero para que sea única tiene que ser suya. Se habla de actores “del método”, pero para mí Garrone es un “director del método”.

-¿En qué sentido?
-El entra y se mete en su mundo: algo se puede estar quemando en el set que ni se da cuenta. Es una persona muy visual que tiene la película en su cabeza y una estética muy interesante ya que también es pintor. Y ésta es una parte de su mundo estético que no aparecía en sus anteriores películas. Cuando yo leo guiones soy muy visual para imaginarlos, pero en este caso nada de lo que me imaginé leyendo era lo que estaba en su cabeza. Con él los actores somos como pinceladas en su cuadro, te va trabajando y transformando hasta que quedás de un color que a él lo hace feliz. Se mete en ese mundo y vive ahí hasta que nos vamos todos a casa.

Entre la fama y la fábula
La historia de Hayek es, un poco también como la de la película, un extraño cuento de hadas. Nacida en una familia mexicana de muy buena posición económica –hija de padre petrolero con ascendencia libanesa y de madre cantante de ópera–, se convirtió en una estrella de la televisión mexicana y, promediando sus veintipico, se fue a Hollywood pensando que allí también le sería fácil triunfar. Pero no le fue nada sencillo. Como contó alguna vez a la revista Vanity Fair: “Los directivos de los estudios me decían que podría haber sido una gran estrella pero que había nacido en el país equivocado, ya que apenas abriría la boca les haría recordar a los espectadores a sus mucamas”.

Pero la pequeña y persistente Salma no se amilanó y logró salir adelante en Hollywood mediante papeles en películas de Robert Rodríguez como “La balada del pistolero” y “Del crepúsculo al amanecer”, cuyo breve pero impactante rol llamó la atención de los que aún no la conocían. “Frida” fue la película que la sacó del casillero del casting que dice bomba sexy latina y de ahí en adelante combinó algunas buenas e interesantes como Erase una vez en México o Salvajes con otras un tanto impresentables como Bandidas o la comedia Son como niños, en medio de una serie de títulos  intrascendentes.

Es que justo cuando su carrera estaba en pleno crecimiento apareció la segunda pata de este extraño cuento de hadas: el príncipe azul francés, multimillonario, con el que primero tuvo una hija, después se casó, luego se separó (al salir a la luz que Pinault tenía una hija con la modelo Linda Evangelista) y más adelante volvió a juntarse, situación que continúa hasta el día de hoy. Ahora combina dos o tres películas al año con otro rol un tanto prototípico para esposa famosa de magnate: el de la beneficencia. Hayek fundó una ONG para la educación de las niñas sirias refugiadas en Turquía y Líbano, entre otros emprendimientos dedicados a mejorar las condiciones de vida de las mujeres en países del Tercer Mundo.

“Soy feminista –dice– porque peleo por las mujeres. Estoy orgullosa de serlo y lo que más me importa en la vida es hacer del mundo un lugar mejor para las mujeres. Y soy feminista porque muchas mujeres maravillosas me hicieron ser lo que soy hoy y me inspiran todos los días como amigas y colegas. No hace falta ser una víctima o haber sufrido situaciones de violencia de género o condiciones de vida terribles para ayudar a los que están en esas situaciones. Mi padre es un gran hombre, mi marido también, siempre fui una mujer privilegiada, pero es como un reflejo para mí el ayudar a los que lo necesitan”.

-En Hollywood la problemática de género es diferente, pero también es más difícil para las mujeres. ¿Qué podés hacer para colaborar ahí?
-No mucho. La presión que reciben las mujeres ahí es de locos. Tenés que ser mejor que tus colegas hombres y tal vez, solo tal vez, podés conseguir que te paguen igual. Tenés que ser flaca y parecer de 20 aunque tengas 40. Tenés que ser una gran esposa y una gran madre. Las expectativas para con las mujeres en Hollywood son una locura.

Uno podría pensar que en la situación económicamente más que holgada en la que actualmente vive, Salma podría relajarse y no correr la carrera por la fama. “Siempre trabajé y siempre trabajaré –dice–. Desde que me hice independiente de mis padres siempre fui consciente de tener dinero en el bolsillo para pagar mis cuentas. Me moriría si solo me dedicara a organizar almuerzos con amigas y a ir a la manicura. Sería una pesadilla para mí. No soy una “dama de sociedad” ni mi marido tampoco quiere que lo sea.”

-¿Cuándo hacés películas sentís la responsabilidad de tener que representar a los latinos?
– Estoy orgullosa de mis raíces, pero no, no siento esa obligación. Tengo la de representar bien a mi personaje, a la mujer que interpreto. Si bien estoy muy agradecida del lugar donde nací y de mi familia también agradezco que la vida me hizo conocer muchas culturas y poder representar a distintos tipos de mujeres a través de mi trabajo.

-El año pasado produjiste y pusiste la voz en una película llamada “El profeta”, basada en el libro de Kahlil Gibran. ¿Sos una persona religiosa?
-No, religiosa no, pero sí espiritual. No me gusta que me den reglas acerca de cómo tiene que ser mi relación con Dios o con mi espiritualidad. Mi educación fue católica y muchos de mis valores vienen de ahí. Y también me gusta mucho el Papa Francisco…

-¿Lo fuiste a ver?
-No, no me gusta hacer tours espirituales de celebridades (risas). Pero lo respeto mucho. De todos modos a veces siento que la religión nos separa más de lo que nos une. Y eso me duele bastante.

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