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Viajero Bacanal

Palacios en la arena

Puerta tanto del continente africano como de la imaginación, mira a Europa desde cerca en lo geográfico y desde muy lejos en el aspecto cultural.

Por Oscar Finkelstein

Como esos amores que caminan al lado de uno sin que se los advierta, de tan cercanos, ese mundo paralelo a Europa que late en el norte de África, Mediterráneo mediante, parece estar allí esperando el momento oportuno para revelarse. A una hora de ferry desde la costa española –Tarifa y Algeciras son los puertos desde donde más frecuentemente se parte, aunque también se puede llegar desde Barcelona, Almería o Gibraltar-, el reino de Marruecos, país musulmán, multilingüístico y, al menos, bicultural, funciona como puerta de entrada a su propio universo pero también al hondo misterio africano.

A los ojos occidentales, Marruecos es un país exótico, un calificativo que suele estar al borde de la discriminación o la compasión, pero también puede significar admiración por haber conservado sus raíces culturales, su lengua, su religión, aunque resulten anacrónicos muchos de los hábitos que sobreviven, algunas veces en armónica convivencia con los tiempos modernos, y otras en franca pelea.

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