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Entrevistas

Palabras mayores

Hombre de dramas y escándalos, es un ícono de la cinematografía mundial que a los 82 años continúa filmando.

Por Diego Lerer (Desde Cannes. Especial para Bacanal)

Sentado al lado de Roman Polanski frente a la prensa en el Festival de Cannes, el compositor Alexandre Desplat respondía a una pregunta acerca de cómo fue trabajar con el mítico director franco-polaco en La piel de Venus. “Fue una experiencia muy placentera”, dijo el músico. El pequeño Roman, a su lado, lo miró con una sonrisa y agregó: “Estás arruinando mi reputación, Alex”.

Hombre de muchas vidas, de muchos dramas, misterios y escándalos, Polanski llega a los 82 años (que cumple este 18 de agosto) en plena actividad, en medio del rodaje de una nueva película y sin poder despegarse nunca ni de algunos de los complicados sucesos que lo marcaron ni de su reputación de hombre complejo, difícil. Estrenada mundialmente en Cannes hace poco más de dos años, La piel de Venus, -en nuestro país se acaba de estrenar el mes pasado- es la adaptación de la obra teatral de David Ives. Casualmente, bajo el título de Venus en piel, se está presentando su versión teatral en el Paseo La Plaza, con dirección de Javier Daulte y con Carla Peterson y Juan Minujín en los roles que en la película encarnan Emanuelle Seigner –esposa de Polanski desde 1989 y madre de sus dos hijos, Morgane (22) y Elvis (17)– y Mathieu Amalric.

Para Polanski, que también dentro del cine ha pasado por casi todo en una carrera que se extiende a lo largo de ya más de 50 años (su primer largometraje, El cuchillo bajo el agua, es de 1962), La piel de Venus representa un par de “primeras veces”. A pesar de vivir la mayor parte de su vida de posguerra en Francia, es su primera película hablada en francés. Y, a la vez, es su primera película que tiene dos, y solo dos, personajes de principio a fin.

“Era un sueño mío de toda la vida hacer una película con sólo dos actores. En El cuchillo… eran tres personas en un bote y aquí son dos en un teatro. Vengo de una escuela de cine y a los estudiantes de cine nos gustan los desafíos y este siempre me quedó. Por suerte apareció este material que me lo permitió. Y fue menos complicado de lo que pensaba. Fue un rodaje rápido, simple y la pasamos muy bien”, afirma.

Sexismo y poder
En la episódica saga –o las varias vidas– de Roman Polanski, sus inicios como estudiante de cine en la mítica escuela de Lodz es una de las más ricas para los interesados más en su obra que en los escándalos de su vida pública/privada. Tal vez sus inicios y carrera cinematográficas no sean tan fascinantes ni potencialmente sensacionalistas como el crimen en 1969 de su entonces esposa Sharon Tate a manos de Charles Manson y su clan. O su confesa violación, en 1978, de una menor de 13 años que lo llevó a irse de los Estados Unidos, país en el que aún tiene prohibida la entrada y una causa abierta pidiendo su extradición, pero sí es una que a los cinéfilos fascina.

Su personalidad escurridiza y extravagante, sus declaraciones polémicas, las comentadas situaciones en las que estuvo involucrado y, por supuesto, su escape durante su infancia de la invasión nazi a Polonia –que reflejó indirectamente en su película El pianista, que le permitió ganar un Oscar a mejor director que no pudo ir a recoger– son elementos que permitirían más que una película sobre su vida, una miniserie entera. Especialmente si se le suma una carrera de 21 películas en las que se incluyen indudables obras maestras como Repulsión, El bebé de Rosemary, Barrio Chino y grandes películas como El inquilino, Tess y la citada El pianista, por la que también ganó la Palma de Oro en el mismo Festival de Cannes al que regresó once años después con La piel de Venus.

La película, como la obra que adapta, se centra en la relación entre un director de teatro (Amalric) que está haciendo un casting para encontrar a la protagonista femenina de su adaptación al teatro de la novela La piel de Venus –la original del siglo XIX, escrita por Leopold Von Sacher-Masoch–, y Vanda (Seigner), la veterana y en apariencia despistada actriz que se presenta a esa audición a último momento y no parece ser la indicada para el papel. Pero en un juego de idas y vueltas, de cambiantes situaciones en las que el poder pasa de él a ella y se confunden tanto los roles como los personajes (los ensayos y la vida real por momentos se vuelven intercambiables), la película va armando una reflexión sobre la representación, sobre el arte pero, más que nada, sobre las curiosas relaciones de poder romántico/sexuales entre las personas. No por nada el concepto de “masoquismo” fue tomado de los escritos (y de la vida) de este peculiar autor austríaco.

Dominados y dominantes
Claro que, tomando en cuenta cierta reputación de Polanski en cuestiones ligadas al sexo y al poder, es todo un riesgo afrontar un tema como éste. Sin embargo, la película se presenta más que nada como una comedia, por lo que la complejidad de los potencialmente espinosos temas queda un poco aplacada por la búsqueda del efecto gracioso y el lucimiento actoral. Y por más que Amalric se parezca muchísimo al Polanski de hace algunas décadas (debe ser porque su familia también es de ascendencia polaca, afirmaba el actor, reconociendo y bromeando con el parecido), el director dice que no tiene conexiones personales con la obra.

“Nunca lo pensé de esa manera –dice–. Cuando me preguntan si la película tiene que ver con otras mías nunca sé que conwwwar, pero si todos lo dicen debe ser que algo hay, ¿no? La pregunta es si está bien o está mal que sea así (risas). Mi agente me hizo llegar el libro y me dijo que me podía gustar, así que algo habrá visto en él que le hizo pensar en mí. Lo leí, me encantó y lo filmamos bastante rápidamente. Es un texto extraordinario que habla del sexismo en un tono crítico e irónico. Y es muy divertido. Eso es lo que me fascinó.”

-También habla de las relaciones de poder entre directores y actores. En la película empieza de una manera y luego cambia radicalmente. ¿Le ha pasado en sus filmaciones de perder el poder frente a los actores, ser “dominado” por ellos?
-No, yo los domino a ellos siempre… A veces tal vez no les gusta (Nota: hay una mítica pelea en el set de Barrio chino entre él y Faye Dunaway que terminó con la actriz literalmente haciendo pis sobre el café del director), pero en esta ocasión nadie se quejó (risas). La diferencia es que el personaje de Mathieu en la película quiere ser dominado, tal vez no tanto como termina sucediendo. Pero no es mi caso. La sátira sobre el sexismo es lo que me interesa del texto, cómo se destruye el elemento machista del personaje, cómo se invierten los roles. De todos modos el humor me interesó más que la cuestión psicológica. El tema de la dominación en todos los ámbitos es interesante, pero es sólo un elemento más del filme.

-¿Fue un desafío complicado hacer un film con solo dos personajes en una sola locación?
-El desafío era no aburrir al espectador. Es complicado tratar de mantener a la audiencia tensa todo el tiempo con tan pocos elementos, pero a la vez es excitante por la dificultad que tiene. Una de las decisiones que tomé cuando me decidí a filmar el texto es hacerle algunos cambios. La obra transcurre en un cuarto de audiciones y la modificamos a un teatro para poder ampliar el escenario en el que se suceden los hechos, para que los personajes puedan moverse un poco más. Sería muy aburrido hacerla todo en un solo cuarto. Además, aquí en Europa es más común que las audiciones se hagan en el escenario mismo y no en un cuarto específico. Por eso, también, decidimos filmarla en francés y que transcurriera aquí y no en Estados Unidos. Yo crecí y pasé muchos años de mi vida en teatros, así que es un espacio físico en el que me siento cómodo.

-Esta sátira del sexismo puede leerse también como un desafío a cierta corrección política actual, a la discusión sobre la igualdad de los sexos. ¿Lo ve de esa manera?
-Debo decir que es una lástima que actualmente ofrecerle flores a una mujer se haya convertido en algo indecente. La píldora ha cambiado de manera bastante radical a las mujeres de nuestro tiempo, en cierto modo las ha masculinizado. Y poner a los géneros al mismo nivel en ese sentido es un poco idiota porque hace desaparecer la idea del romance de nuestras vidas y eso es una pena.

-Ha trabajado con Emanuelle ya varias veces, pero es la primera película que hacen en francés. ¿La decisión tuvo que ver con eso, con la posibilidad de que ella pueda actuar en una película suya en su idioma?
-Algo de eso hay. Quería hacer una película en francés con ella para que pudiera mostrar su capacidad trabajando en su idioma, ya que siempre actuó conmigo en inglés y en otro idioma los actores no pueden expresarse completamente. Es mi primera película en francés y a la vez es un texto perfecto para Emanuelle. Lo raro es que al principio debo confesar que ella no era muy entusiasta de la idea de hacer esta película porque había leído la obra en inglés y le parecía muy complicada de hacer. Pero cuando leyó ya el guión y en francés hubo una transformación y ahí se convenció. Y está increíble en la película, me sorprendió hasta a mí (risas).

Día D
En los últimos años, mientras sus casos personales han seguido sus rumbos (se hicieron controvertidos documentales sobre su vida, estuvo varios meses bajo arresto domiciliario en Suiza en 2009 a pedido de las autoridades estadounidenses, y estando este último año en Polonia volvió a ser interrogado por la misma causa y su resolución legal aún está en suspenso), el director ha preferido tomar proyectos relativamente sencillos de producción, como la adaptación de Un dios salvaje, la obra de Yasmine Reza que llevó al cine en 2011 con Kate Winslet y Jodie Foster en los roles protagónicos.

Pero en el que acaso sea el último gran desafío cinematográfico de su carrera ha decidido volver a Polonia a filmar allí una película sobre el célebre caso Dreyfus basado en la novela An Officer and a Spy, de Robert Harris, de quien ya convirtió su novela The Ghost en la película El escritor oculto, una de las mejores de su última etapa. El nuevo filme, que se llamará D y empieza a rodarse en estas semanas en Polonia, toma la controvertida historia que llevó a la condena a prisión de un militar francés de origen judío acusado injustamente de espiar para los alemanes a fines del siglo XIX.

Pese a su mayor o menor calidad, los filmes hechos en Europa en las últimas décadas por Polanski desde su fuga de los Estados Unidos (Perversa luna de hiel, La última puerta, Búsqueda frenética, Piratas, Oliver Twist y hasta la propia El pianista) no han generado el culto de sus primeras obras y, especialmente, de sus películas hollywoodenses como El bebé de Rosemary y Barrio chino. Es por eso que es inevitable, en cualquier evento en el que se presente, que las preguntas vuelvan sobre aquellos míticos filmes.

-¿Cree que encontrará alguna otra vez un guión tan bueno como el de Robert Towne para Barrio chino?
-Debe haber algún guión así en el universo esperándome. Ojalá nos crucemos, aunque no sé si llegaré (risas). Sería genial, aunque también hay muchas otras cosas para hacer que pueden ser equivalentes.

-Ha trabajado con adaptaciones de libros, de obras teatrales, guiones originales. ¿Tiene alguna preferencia?
-Al final lo que interesa es el resultado más que la fuente. Eso es secundario. Si es libro, obra o un guión original puede ser un desafío distinto en lo que respecta al trabajo, pero al espectador finalmente no le cambia. Lo que le importa es qué es lo que se hace con él. Lo mismo pasa con los actores. La fuente original no tiene ninguna importancia cuando están frente a la cámara. Yo lo que les pido a mis actores es que aprendan bien sus textos y los hagan propios, que ya no sea su voz sino que sean capaces de asimilar el texto hasta convertirse en la voz del personaje. De ese modo podés llegar a cambiar cosas porque ya esos diálogos son partes de tu voz. No creo que sea importante el origen, ni leer o entender la historia previa de todo lo que se hace frente a la pantalla.

-Ha ganado la Palma de Oro y el Oscar a mejor director. Después de eso, sigue dándole importancia a los premios o le parece que este tipo de competencias son relativas?
-Vengo a Cannes desde que estudiaba cine. Era más divertido entonces cuando no me conocían y no me paraban todo el tiempo en la calle para sacarme fotos (risas). Ahora es más incómodo… Para los jóvenes que vienen acá es como venir a la Meca. Después siempre me sentí gratificado con los premios en general, aunque mi primera experiencia acá en competencia fue desastrosa con El inquilino, que ahora será una “película de culto”, pero fue muy mal recibida aquí entonces, nos sentimos todos humillados. Así que cuando vine a presentar El pianista me fui enseguida de regreso a París y la mañana de la ceremonia de premios me llamaron para decirme si podía volver. “¿Para qué?”, pregunté. “¿Qué me van a dar?” Porque si es por director, soy lo suficientemente viejo como para saber que puedo y sé dirigir y no voy a irme hasta allá para que me digan eso (risas). Pero me convencieron de que era importante que viniera y media hora antes de empezar el show me dijeron que era la Palma de Oro y fue increíble. Lo mismo me pasó al ver a Harrison Ford recibir el Oscar por mí. No voy a decir que no me importó porque mentiría. Si uno está en competencia quiere ser buen deportista y competir. De todos modos, si ahora no gano siempre puedo decir que ya tengo uno.

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