Publicidad Bajar al sitio
Wine News

Packaging: ser o parecer

Entre la lógica de cuidar el producto y la de vernderlo, el packaging del vino presenta sus propios retos.

Por Alejandro Iglesias
@AleIglesiasWine

Podríamos decir: el medio es el mensaje. O hablar de contenidos y continentes. O ir al grano, y simplemente admitir la importancia del envase, en todo aspecto de la vida. Yendo al vino, la realidad es que, desde su invención hace miles de años, nacieron dos preocupaciones relacionadas, que aún hoy desvelan a la industria: conservarlo y transportarlo. Ante estas necesidades básicas el hombre recurrió a diversos materiales y métodos, que fueron cambiando a lo largo de los siglos, hasta encontrar la dupla perfecta: vidrio y corcho. Juntos soportaron cientos de avatares, convirtiéndose en una pareja inmejorable. Al menos, hasta ahora. Porque la modernidad sumó un ítem más, que complicó el panorama. Ya no se trata sólo de conservar y transportar el vino. También hay que venderlo. Y esto trae un corolario de costos, precios y tiempos propios. La industria comenzó un trabajo en la búsqueda de optimizar sus recursos a la hora del embotellado, sin descuidar el aspecto del envase. Y así nació el packaging, concepto que liga al vino con el márketing y la estética con el fin de lograr incrementar tanto las ventas como la satisfacción del consumidor. Una disciplina que demuestra que, a la hora de vender, nada debe quedar librado al azar.

Botellas a dieta

Según muchos estudios de mercadotecnia, hay dos factores que el consumidor observa básicamente antes de la compra: el formato del envase y cómo está tapado. Estos dos elementos entran dentro de un juego de seducción, donde se busca el vino que ofrezca una mayor satisfacción psicológica. Pero en los últimos tiempos se sumó una nueva exigencia, de un costado por donde nadie la esperaba: que el envase sea lo más ecológico posible para la industria. Una necesidad que muchas veces va en contra de la propia estética. Esto tiene su causa: desde hace unos años la góndola de vinos creció no sólo en variedad, sino en peso. Sí, en kilogramos. Sucede que la industria implementó botellas que a simple vista parecen enormes botellones pero que en realidad contienen los 750 cm3 tradicionales. Estas botellas, que primero fueron elegidas para los vinos ícono y de alta gama, pronto se convirtieron en una especie de objeto de deseo para el consumidor, ante lo cual cada vez más bodegas echaron mano al recurso incluso para vinos que poco tenían que ver con lo mejor de cada marca. “Si no es un top, por lo menos que parezca”, dirían algunos. Así, de un día para el otro, cualquier marca ofrecía pesadísimos envases como modo de llamar la atención.

Hoy, estos envases parecen tener los días contados, ante la exigencia de ciertos mercados de un urgente adelgazamiento de los contenedores como parte de políticas ambientalistas. Según los expertos, estas botellas no sólo insumen hasta el doble de vidrio necesario sino que duplican el impacto ambiental a la hora de su traslado, y ambas cosas aumentan su huella de carbono, que mide los niveles de emisión de gases que genera cada proceso.

Una de las primeras voces en alzarse en este sentido fue Jancis Robinson, la británica experta en vinos y referente para muchos mercados, cuando en 2006 denominó a estas botellas bodybuilder, algo así como “las físicoculturistas”, un apodo que surgió de que algunas de estas botellas llegaban a pesar -vacías- 900 gramos, y si a esto se le adicionan los 750 gramos promedio del líquido, el resultado final era similar al de una mancuerna para ejercicios de gimnasio.

Robinson hizo hincapié en la falta de necesidad de semejantes botellones. De hecho, al vino le es indistinto estar en una botella liviana y simple o en una pesadísima y enorme. El contenido no cambia. Y tal fue la posición de Robinson en contra que prometió no recomendar más vinos que lleguen a su oficina en estas presentaciones sin justificación, postura que varios de sus colegas fueron adoptando progresivamente. Así, incluso varias marcas comenzaron a promocionar sus botellas livianas como ventaja.

Pero más allá de los periodistas, el tema comienza a ponerse más serio. Canadá ya comunicó que a partir de 2013 aquellos envases que, vacíos, superen los 420 gramos, deberán pagar un diferencial para circular en su territorio. Un golpe certero donde más duele.

Por lo tanto, si se tiene en cuenta que estas botellas son más caras de producir, que su transporte implica mayores costos y que, encima, deberán tributar en forma adicional, seguramente pocos se verán tentados a usarlas en el futuro. Un cambio de hábito que más de un sommelier, cansado de levantar esa mancuerna, agradecerá.

Poner la tapa, el eterno debate

Pasemos al segundo gran tema que hace al packaging. Si bien durante siglos el mejor método para tapar un vino parecía ser el corcho natural, desde hace ya unas décadas esto también está en tela de juicio. En realidad, siempre hubo quienes miraron al corcho natural con cierta suspicacia: siendo una pieza moldeada por la Madre Naturaleza, resulta imposible asegurar la homogeneidad necesaria para que todas las botellas ofrezcan siempre el mismo vino.

A esto se sumaron las condiciones de almacenamiento que exige este material (control de humedad y temperatura, por mencionar algunas), el aumento de precios impuesto por sus productores y, por último, el famoso olor a corcho¸ considerado una contaminación que, según cuál sea la fuente consultada, afecta del 5 y al 15% de los vinos del planeta. Cifras que, si se llevan a dólares, hacen temblar al más moderado. Ante estas preocupaciones la industria impulsó el desarrollo de nuevas tecnologías que dieron lugar a dos productos, cada día más utilizados. Por un lado, los corchos sintéticos; por el otro, la tapa a rosca.

En cuanto a los sintéticos, no sólo aseguran la ausencia del temido olor a corcho sino que además son más económicos. Es por esto que son muy populares en aquellos vinos de consumo rápido, que serán descorchados (¿habrá que decir destaponados?) en el transcurso de los 18 meses una vez puestos en góndola. Su gran contra sin embargo es su aspecto, que si bien para muchos es provocador, para otros tantos resulta ordinario. De todos modos, cada día se utilizan más, y logran al menos satisfacer esa necesidad de “descorchar”, que aún hoy muchos consumidores sienten que es intrínseca a disfrutar un vino.

Por eso, sin dudas, donde está el principal debate es con la tapa a rosca (screw cap). A más de una década de su aparición en forma masiva, y a pesar de sus numerosos beneficios (ausencia de contaminaciones, cierre hermético, facilidad para abrir y volver a cerrar), una gran parte de consumidores la sigue viendo como demasiado pragmática (por no decir, demasiado “gaseosa”, a pesar de ser una tecnología muy superior) para una bebida con tanta historia y romanticismo. Como dicen muchos bodegueros: “Es el cerramiento ideal pero el consumidor no lo ve así. Cree que es una tapita y punto. Para ellos el vino debe hacer ¡plop!”.

Vale la pena desmitificar este tipo de cierre: su uso está lejos de ser por una cuestión económica. De hecho, la tapa a rosca implica una fuerte inversión, y si prestan atención, verán que ningún vino muy económico la usa. En su mayoría, son vinos que rondan los $30 por botella, un precio más que razonable para la media del mercado.

También hay que recordar que esto que en la Argentina está en debate, ya fue resuelto en muchos mercados desarrollados, donde corcho natural y screw cap conviven, e incluso se ve un notable avance de la tapa a rosca en la alta gama. En Nueva Zelanda, por ejemplo, un 85% de los vinos se venden con screw tap. Del otro lado de la balanza, es verdad que hay países incluso más conservadores que la Argentina, como España, donde este tipo de tapas están casi descartadas.

Verde, el nuevo color del vino

Como puede observarse en los dos temas abordados hay una clara intensión de preservación de una de las virtudes principales del vino: ser una bebida natural. Ante esto, lo que viene sucediendo es que muchas veces aquel vino natural, orgánico o biodinámico que tanto trabajo demanda en el viñedo tira todo su mensaje de sustentabilidad por la borda cuando se lo presenta en una botella de 900 gramos y dentro de un cofre de alguna costosa madera, una presentación impactante pero que demanda de un insumo de recursos y energía que fácilmente triplica su costo de elaboración. Una ecuación que hoy el mercado no deja de lado y analiza, más allá que algunos productores parezcan no darle importancia.

×