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Cine y Series

Odisea 2013

Una historia mínima, efectos especiales grandiosos: lo que suele ser receta para el desastre funciona a la perfección en Gravedad, la nueva película de Alfonso Cuarón.

Por Sandra Martínez

Desde que James Cameron puso en pantalla esa Pocahontas sci fi que es Avatar, una maldición se desató sobre los cinéfilos: el efecto 3D. Desde entonces -y con la clara intención de inflar los números de las taquillas- prácticamente no hay película que no se estrene en versión tridimencional, incluso muchas que uno no puede dejar de preguntarse qué beneficio extra puede aportarles esa tecnología. El tema no resultaría tan molesto si no fuera porque muchas veces encontrar alguna sala que proyecte el film deseado en una buena y clásica versión 2D subtitulada se vuelve una misión imposible, con lo cual el espectador que quiere pasar de los fastidiosos anteojitos, termina optando por esperar para ver la película en su casa. Establecido ese sentimiento negativo con respecto al cine 3D, hay que decirlo: con Gravedad, la nueva película de Alfonso Cuarón, pasa todo lo contrario. Cada recurso de efectos especiales, cada pequeña pieza de chatarra espacial que vuela directo a la cara del espectador, funciona para lograr un clima que alterna entre la calma absoluta y el caos desesperante.

Dos astronautas -una técnica en medicina debutante y un capitán en su última misión- están cumpliendo tareas de mantenimiento rutinarias cuando la explosión de un satélite a cientos de kilómetros desata una reacción en cadena inesperada que termina destruyendo la estación espacial en pocos minutos y deja a los protagonistas a la deriva en el espacio. Si, es cierto, la idea es bastante similar a Mar abierto (Open Water), la de la pareja de buceadores que son accidentalmente olvidados en alta mar. Pero de alguna forma, Gravedad termina constituyéndose en un contrapunto total con aquella película, tanto en cuestiones argumentales en las que no profundizaremos para evitar los spoilers, como en la realización. Donde Mar abierto aburría por monótona, Gravedad combina el suspenso con la aventura sacando elementos de esa nada literal que es el espacio, una postal magnífica que en pocos minutos se convierte en el más terrorífico de los escenarios, despertando una agorafobia que se transmite al público.

Pero los FX no serían nada sin los dos actores sobre los que recae toda la trama no resultaran convincentes. George Clooney, que interpreta al veterano Matt Kowalsky, despliega lo que todos esperamos, esa mezcla de sexy-sensible-canchero que tan bien le sienta. Sandra Bullock, por otra parte, era la incógnita de esta producción y el resultado es muy positivo. Para muchos es una de las novias de América, para otros una estrella sobrevalorada, lo cierto es que en la piel de la doctora Ryan Stone realiza sin dudas la mejor actuación de su carrera, incluyendo la que le valió un Oscar en el película The Blind Side.

Quizás se pueda aplicar sobre ella la misma famosa regla de Keanu Reeves: cuanto menos diálogo, mejores son las películas que protagoniza. Y las mejores escenas de Gravedad, justamente, son físicas y no habladas. Podría decirse, incluso, que al guión le sobran palabras: en busca de mostrar una evolución psicológica que acompañe las peripecias espaciales, Ryan y Matt caen muchas veces en discursos emotivos que rayan lo cursi. Una lástima que Cuarón no se haya animado a explotar más el silencio absoluto, ese que la misma protagonista rescata como su parte favorita de la misión en los primeros minutos de la película. Pese a este punto débil, la película brinda 90 minutos de historia en tiempo real que no decepcionan, y devuelven al cine su magnificencia de pantalla grande. Para reconciliarse con el 3D.

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