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Música

Nos tapó el agua

Roger Waters lleva ocho estadios River vendidos a tope. Pros y contras del maridaje entre el rock dinosaurio y la tilinguería argentina.

No se trata de poner en duda su calidad musical, tampoco seremos tan ingenuos como para no apreciar su visión en los negocios. Pero, definitivamente, la fiebre por Roger Waters en la Argentina aparece como decadente. No sólo eso: la fiebre por The Wall suena en parte grosera y en parte ordinaria. Como si el consumo de los noventa regresara potenciado y el viejo cliché del deme dos haya mutado en un monstruo aún más poderoso: el temible -hasta el cierre de esta revista- ¡Deme ocho! Para peor, nadie puede asegurar que ésta sea la última de las mutaciones: pueden aparecer Deme nueve, Deme 10 y así. De aquí a marzo 2012 puede ocurrir cualquier cosa. Para colmo, ya se anuncia la llegada -para otro target de público- del combo español por excelencia: Joaquín Sabina + Joan Manuel Serrat, que confirma la permanencia en el país ad infinitum del virus Deme.

Pero volvamos a lo nuestro: George Roger Waters, bajista, británico, con un extraño parecido a Richard Gere. Antes, dijimos que no íbamos a poner en duda su calidad musical. Pero igual lo haremos o, al menos, pondremos algunas frases entre signos de preguntas: ¿es The Wall (1979) superior como obra conceptual a, pongamos,
The Dark Side of the Moon (1973)? ¿Tiene The Wall mejores canciones que, pongamos, Wish You Were Here (1975)? ¿Fue The Wall la obra para el mainstream compuesta por Pink Floyd -en rigor principalmente por Waters- o fue una crítica al mainstream haciendo, justamente, una obra megahíper- súper-giga comercial? ¿Es el espectáculo The Wall Live la idea del disco The Wall o lo es de la película de Alan Parker, Pink Floyd The Wall? ¿Es The Wall Live una suerte de Disneylandia de la música donde todo está más o menos digerido? ¿Es The Wall Live un simulacro -en el sentido de representación que le otorgaba Jean Braudillard donde el público sólo espera ver el chancho volador para sacarle fotos con un telefóno última generación e, ipso pucho, colgarlas en tiempo real en su muro de Facebook? ¿Hay, realmente hay, en la Argentina seguidores de Pink Floyd-Waters como para llenar ocho canchas de River? ¿Los ocho estadios de River colmados no son la imagen mejorada de la famosa picadora de carne de la película de Parker en la que tarde o temprano -estudiantes o civiles- todos caemos? Según lo que cada lector responda a estas preguntas, estará más cerca o más lejos de cantar, ¡Hey, Roger, leave the kids alone!

Money
Antes -allá por el principio del primer párrafo de esta nota- dijimos que no éramos tan ingenuos como para desconocer el talento para los negocios de RW. Pero esto no viene de ahora, no empezó con The Wall Live. Ni, tampoco, debería hablarse de talento sino más bien de una suerte de apretada interna hacia la banda y luego de una importante astucia legal. Sucede que Waters fue uno de los fundadores -junto con el baterista Nick Mason, con el tecladista Richard Wright, con el olvidado Bob Klose y con el inolvidable Syd Barrett- de Pink Floyd. David Gilmour llegó más tarde, cuando la locura y las drogas de Barrett lo llevaron adentro de sí mismo y fuera de la banda. Con los años, Waters y Gilmour se convirtieron en los referentes de Floyd y en los máximos hacedores de los discos, quienes firmaban las canciones.

Un buen día, allá por 1985 -después del disco The Final Cut (1983)-, Waters decidió que el proyecto Floyd estaba agotado. No fue una decisión conjunta sino la visión de RW sobre el asunto. Los demás no estuvieron de acuerdo y siguieron utilizando el nombre de la banda. Ahí empezó la batalla jurídica. Cuando firmaron la paz, el mundo quedó dividido así: Waters se quedó con The Wall y otros suburbios glamorosos y Gilmour -y los demás en menor medida- con el nombre Pink Floyd. Parecía una decisión osada la de Waters porque perdía y bastante sin la marquesina de PF. Sin embargo, el tipito demostró ser un crack a la hora de montar un espectáculo, a la hora de vender un show, a la hora de la magia arriba del escenario. A la hora de reciclar los spotlights de la banda agotada. Esto es: The Dark Side of the Moon Live y ahora The Wall Live. Es cierto que, después de la separación, Gilmour y compañía sacaron discos más menos olvidables: A Momentary Lapse of Reason (1987) y The Divison Bell (1994).  Definitivamente, Waters tenía razón y el proyecto estaba agotado. Lo que logró con la pelea fue quedarse con la mejor parte del botín.

Us and them
No están mal, por definición, los récords de venta. Tampoco está mal la nostalgia o el anhelo por escuchar, con aprox unos 30 años de demora, las canciones en vivo de una de las bandas más importantes de la historia de la cultura rock. Nadie se olvida que la película de Parker fue -junto con La canción sigue siendo la misma, de Led Zeppelin- la que más años estuvo vigente en pantalla en los cines de culto. Pero volver la venta récord un hecho cultural sumable al mensaje -bueno o malo, perimido o actual- de The Wall en particular y de Pink Floyd en general, es demasiado. Y sacar chapa por ser “los campeones mundiales en ventas de entradas para ver a Roger Waters” es directamente una tilinguería. Claro, esto no es nuevo. Según el mito popular, la novela Cien años de soledad (Gabriel García Márquez) fue primero coronada en Buenos Aires antes que en el resto del planeta. Y las mejores películas de Ingmar Bergman -desde El séptimo sello a El huevo de la serpiente, pongamos- se discutían con mayor pasión en los bares de avenida Corrientes que en los cafés de la siempre culta París. Como sea, este tipo de actitud parece ser patrimonio -la Unesco ya está por declararlo para que lo sepa la humanidad toda- de cierto argentino tipo que hace carne aquella bravuconada de Michel Foucault: “No me pregunten quién soy, ni me pidan que siga siendo el mismo”. Y, probablemente esta queja primaveral -también tan argentina, por cierto- sea prehistórica el próximo marzo, cuando el agua llegue con su nombre traducido al inglés y nos tape por completo. *

Texto Javier Rombouts
Ilustracion Ariel Escalante