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Nos tapó el agua

Bucear supone ingresar a otro mundo, a uno que no se ve desde la superficie y donde la libertad de los cuerpos es absoluta

Por Marina Agra

Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos”, escribió Ernest Hemingway en su novela El viejo y el mar. Y como él, todas las artes: la música, la pintura, la literatura –con su prosa y poesía- encontraron en el océano y sus costas inspiración y metáfora de felicidad, mientras que en la vida real y tangible, fueron los buceadores quienes se animaron a dar un paso más y llegar hasta sus profundidades.

Cuando un buzo entra al agua, todo en su vida cambia. Abandona la posición vertical, el aire ya no ingresa por la nariz sino que lo hace por la boca, el cuerpo deja de pesar y el hábitat se transforma. Se ve rodeado de peces, plantas, piedras o lo que fuera que ofrezca el escenario subacuático del destino. Y la ingravidez y el solo sonido de la propia respiración lo dominan todo.

Y aunque pueda parecer una actividad reservada para hombres y mujeres deportistas o propensos a la aventura, el buceo es inclusivo y mucho más sencillo de aprender de lo que se cree.

Se trata de una actividad deportiva liviana, similar al golf, ya que no requiere de un gran esfuerzo físico” -cuenta Guido Ignacio Moroni, instructor de buceo radicado en Puerto Madryn, uno de los destinos más reconocidos para la actividad en Argentina. El explica: “Sin embargo, lógicamente es importante que todos los buceadores gocen de un buen estado de salud y que al momento de tomar un curso o inscribirse para realizar una salida presenten un certificado médico que asegure que los sistemas circulatorio y respiratorio funcionen a la perfección, ya que hay determinadas afecciones que son incompatibles con la práctica del buceo”.

Buceo certificado
Quien haya visitado lugares costeros seguramente vio carteles de PADI (Asociación Profesional de Instructores de Buceo) o SSI (Scuba Schools International) invitando a los turistas a realizar lo que se llama buceo de bautismo. Así, la mayoría de los curiosos suelen encontrar en esta experiencia el puntapié inicial para volver de las vacaciones e intentar llegar un poco más lejos dentro del mundo del buceo recreativo y, en esta búsqueda, se encuentran con la posibilidad de hacer un primer curso de Open Water, que los habilita al buceo certificado en aguas abiertas.

¿Qué quiere decir esto concretamente? Moroni explica: “El curso de nivel inicial tiene por objetivo formar buceadores seguros e independientes, aunque en todos los casos se bucea con un compañero. Estos cursos constan de tres partes: desarrollo de conocimientos, inmersiones en aguas confinadas (un espejo de agua tranquilo y controlado que suele ser una pileta) e inmersiones en aguas abiertas. Finalizadas estas tres partes se obtiene una licencia internacional de buceo”. Con esta credencial se puede descender hasta unos 18 metros.

La duración de este primer curso dependerá de la constancia del alumno, pero es posible terminarlo en unos tres meses. Existen escuelas en todo el país que capacitan. Lo que sí hay que tener en cuenta es que si bien existen múltiples asociaciones, las más recomendables -con calificaciones reconocidas en todo el mundo y compatibles entre sí- son las que certifican con PADI y SSI.

Libertad marina
Cuando un buzo empieza a bajar, la presión corporal cambia, va perdiendo la visión de los colores, escucha los sonidos con más intensidad y su cuerpo se enfría con mayor velocidad. Además pierde completa noción de la dirección.

Dicen que bucear es como volver al vientre: el agua libera, relaja. Esto cuenta Daniel Zuber, también instructor, y agrega que en jóvenes, chicos y adolescentes el aprendizaje es mucho más rápido que en el adulto. Es que la referencia de un niño con este hábitat es más cercana. No tienen miedo, se adaptan a la experiencia de respirar por el regulador con mucha facilidad. “Lo que hacemos los instructores en las escuelas es facilitar el buceo. Adaptar el deporte a la gente mediante herramientas que usamos para las condiciones de cada persona”, explica.

Y si habla de adaptarse es porque la vida y su vocación le enseñaron la importancia de ese verbo. Zuber forma parte -desde hace diez años- de la IAHD (Asociación Internacional de Buceadores con discapacidad) que funciona en España, Portugal y Sudamérica. Y es el creador de Buceo sin Barreras, una red argentina que nació en 2009 y que busca enseñar a personas con capacidades diferentes.

El buceo es una de las pocas actividades que libera a las personas de restricciones de movilidad, porque el agua sostiene al cuerpo, iguala las condiciones. Nos metemos al agua para disfrutar de la inigualable sensación de ingravidez”, cuenta Zuber y detalla que su objetivo es hacer que personas con dificultades motoras o cognitivas pierdan el miedo y puedan integrarse al medio.

Todos los instructores que formamos parte de la red estamos capacitados para enseñar buceo adaptado, lo cual es una especialización que brindan diferentes instituciones”. Buceo sin Barreras cuenta con cincuenta profesionales en diferentes lugares de Argentina, Colombia y Chile.

El mar y sus fanáticos
El buceo es una de esas actividades que logra que quienes la practican monten su calendario en función de ella y que, incluso, gran parte de su vida social esté conectada con el deporte. Así como los amantes del esquí planifican un viaje a la nieve todos los inviernos y buscan relaciones para compartir la experiencia, lo mismo sucede con los buceadores. Las operadoras y escuelas organizan viajes permanentemente, a distintos lugares del mundo. Es como una adicción o como un video juego en el que se va subiendo de nivel: siempre hay un paso más para dar.

El buceo es una actividad que te atrapa y que ofrece posibilidades infinitas. Se pueden sacar fotos bajo el agua, explorar naufragios, visitar nuevas costas, compartir con amigos, contemplar la naturaleza en su máximo esplendor, nadar con tiburones, o simplemente relajar”, relata Moroni, un apasionado del mar que, a pesar de haber nacido en Buenos Aires, bucea desde los diez años y decidió mudarse a Madryn para acortar la distancia con su estilo de vida ideal.

El de Zuber es otro caso en el que el buceo lo significa y significó todo: dio la vuelta al mundo practicando y enseñando a disfrutar de este deporte. Empezó trabajando como buzo técnico científico en el Mar Rojo y en 1996 se acercó al buceo adaptado en Israel, colaborando con veteranos de guerra que tenían alguna discapacidad.

El mar tiene múltiples posibilidades y el buzo lo aprovecha. Como describió Jacques Yves Cousteau: “El mar, una vez que entras en su hechizo, te envuelve en su magia para siempre”. México, Ecuador, Chile, Argentina, Colombia, Panamá, Belice, Bahamas, Costa Rica, Honduras, España, Egipto son solo algunos de los destinos preferidos en el mapa de los buceadores. Cada arrecife es único y cada uno de los lugares contiene una fauna atractiva, más o menos peligrosa.

El buceo es un cable a tierra que te da la posibilidad de descubrir un mundo nuevo en el que las formas cambian completamente”, cuenta Moroni.

Y lo cierto es que, aunque resulte una paradoja, la tierra está compuesta en un 70 por ciento por agua. ¿Cómo no preguntarse cuánto más está sucediendo bajo estos espejos, que arriba de la corteza? ¿Cómo no cuestionarse la importancia de los humanos como especie? ¿Cómo no verse tentado a ser parte, aunque sea una vez, o tal vez para toda la vida, de un mundo que habita en actividad permanente, mudo y penetrable y que simplemente está escondido bajo un chapuzón, una máscara y un regulador?

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