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Columnistas

No quiero tu piropo

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Ezequiel bufa. Lucas terminó de hablar por celular con Agustina. Embobado. Mariano avisa por mensaje de texto que está llegando. Yo los miro extrañado. Tras el affaire “María Fernanda” me siento no sólo un león herbívoro, sino directamente un león desdentado, o lo que es peor, un león que ya ni sabe si es león. Ezequiel prowwwa. Dice que está cansado, que está aburrido, que las mujeres están cada día más locas que una cabra loca. Nos reparte la revista que edita. Y, molesto, se sacude con la palma de la mano la mollera desordenando un poco los cabellos cortos de su nuevo peinado. Mariano llega apresurado. Saluda con un gesto lánguido y la mano levantada. Se sienta y elige rápido las pastas y el vino, toma el pan casero y le unta la manteca con pimentón.

-¿De qué hablan, che? -pregunta displicente.

-Éste, que se queja de las mujeres no sé por qué… -explica Lucas, luego de cortar la comunicación, con una sonrisa boba en los labios- Me parece mentira que ya llevemos casi un año con “Agus”…

-El “Agus” es muy de pollerudo ¿te das cuenta? -tercia Ezequiel, molesto.

-Epa… ¿qué le pasa a nuestro Casanova? ¿Se aburrió?

-(Ezequiel sonríe y suspira) Algo de eso hay, che. Estoy saliendo con dos minas. Todavía no pude mantener un diálogo de más de una hora con ninguna de ellas. Susana y Jesica. Una es pelirroja, cincuentona, de ojos verdes, socióloga; la otra, morenita, flaca, petisa, trabaja en el Chino de la vuelta de casa. No se parecen en nada, vienen de mundos distintos, son como el agua y el aceite… Una es relajada y sofisticada en sus gustos, la otra es sencilla y vital, la primera toma vinos caros y fuma marihuana, la otra limonada con jengibre y come macrobiótico. Una lee los libros de Anagrama y Tusquets, la otra está enamorada del bucolismo tolstoiano. Parecen mujeres hermosas para descubrir de a poco, para conocer sus recovecos, sus intersticios, ir saboreando lentamente los pliegues de sus contradicciones, bucear en sus anhelos… Pero no… lo único que quieren, las dos, es coger todo el día… Un poquito de charla al principio, un largo encame y un meloso franeleo que incluye una sarta de elogios y halagos que tapan el único momento de silencio justificado…

Silencio absoluto. Hace cuatro años apenas, cuando nos juntamos por primera vez en el Monumental, Ezequiel no podría haber dicho lo que dijo sin convertirnos a nosotros en una pléyade de gastadores y burladores insoportables. Pero no. Nuestra amistad había llegado a ese punto donde el machismo reinante no puede ingresar. Mariano hace un gesto de superado y dice:

-Yo se los dije siempre, muchachos, el sexo está sobrevaluado…

-No quiero tu piropo, quiero tu respeto -se burla Lucas.

-(Ezequiel me mira e interpela) Che, ¿pero no es cierto? ¿No te pasa que no te podés comunicar con una mina sino es a través del tubo bombeador? Están sacadas… Eso más que liberación es un trastorno obsesivo compulsivo…

-¿Vos te das cuenta de lo que te estás quejando, hermano? -pregunta Lucas- ¿Te acordás cuando en lo único que pensábamos era en darle y darle al viejo mete y saca? Ahora te quejás… Es la vejez… es la vejez…

Se hace un silencio. Todos me miran. Me siento incómodo. No sé qué decir. Me invitan a decir algo. Balbuceo:

-No sé, yo me siento un boludo… después de María Fernanda creo que paso a cuarteles de invierno en serio.

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