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Cine y Series

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Voley es el nombre de la segunda película realizada por Martín Piroyansky, en la que el Chino Darín se suma un un elenco talentoso que da forma a un film lúdico y desprejuiciado.

Por Esteban Ulrich
Fotos: Juan Carlos Casas

Es de trato descontracturado y viste remera (de hecho, no usa camisas, “no me quedan bien”, dice) antes de comenzar la sesión de fotos. Con una mirada atenta y buscando las palabras para ser lo más claro posible, los ojos del Chino brillan con luz propia mientras que su voz, en cambio, remite a la de su ultrafamoso padre, sobre todo cuando lo imita en algún pasaje de la entrevista. Con Voley, su tercer largometraje, junto a ottras dos películas realizadas el año pasado que esperan fecha de estreno para este año, Darín se afianza en la pantalla grande.

– ¿Cómo llegás a la película de Martín Piroyansky? ¿Ya se conocían?
– No lo conocía, aunque tenemos amigos en común. Hice el casting. Creo que tenía definidos algunos personajes y otros no, e hizo casting para los que estaban faltando. Y me llamaron a mí.

– ¿Qué te convenció para participar?
– En realidad, cuando te llaman para el casting no sabés mucho sobre la peli, pero como lo hacían unos amigos, me contaron un poco de qué iba, sobre el personaje… La verdad es que, sobre todo, me interesó laburar con ese grupete de gente. Martín me parece un actor interesante, como director no había visto todavía su película anterior, pero sí un corto que había escrito y también una serie web que se llamó Tiempo Libre, que también escribió, dirigió y en la que actuó. Él es muy gracioso… Y me habían dicho que el guión era divertido. Después, fue muy loco lo que pasó con todo el grupo. Martín (Piroyansky), Violeta (Urtizberea), Vera Spinetta, Inés Efrón ya se conocían hace tiempo. Son todos actores interesantes, son muy lúdicos, bien predispuestos a jugar en escena, son actores que a mí me gustan mucho. A la que menos conocía era a Vera, que me sorprendió muchísimo. Ese grupo era un condimento muy interesante que me llevó a querer participar del proyecto.

– El buen clima que vivieron se transmite a través de la pantalla…
– Martín buscó armar eso con todos los actores que convocó, también porque el proyecto implicaba prácticamente ir a vivir al Tigre, todos juntos, casi mes y medio. Salvo por alguna ida y venida que pudimos hacer, convimos ahí todo el tiempo: el día de rodaje era de las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche y después íbamos todos al mismo hotel en lancha. Yo también conocía a mucha gente del equipo técnico, así que lo pasamos muy bien. Tuvimos muchas actividades extracurriculares, para decirlo de una manera… Ping Pong, asado, cerveza, etc. Había una movida en paralelo de todo el equipo que tenía que ver con el espíritu de la película y que el contexto del Tigre propiciaba.

– ¿Siempre supiste que ibas a ser actor?
– No sé, nunca fui del todo consciente. Tengo la sensación de que hasta los 18 años, cuando terminé la secundaria, fue algo que de alguna manera sentía pero que estaba evitando encarar. Era algo que me atraía, tenía que ver con un mundo en el que me había criado, al que conocía tangencialmente.

– ¿Viendo a tu papá pensaste que querías hacer eso?
– Mi viejo es un tipo con muy buen humor, así que se lo vé pasándola bien en general. Me encontré, sí, de chico con cuestiones que son bastante ingratas de la profesión, cuestiones que tal vez para otra gente parecen un anhelo, eso de ser conocido, que la gente te salude por la calle, que sepa de tus cosas, conozca tu intimidad y crea que es amigo tuyo. Lo cierto es que nunca es un punto a favor, la pérdida del anonimato es difícil de recuperar. Mi viejo ya era muy conocido cuando yo era muy chico. Al principio es algo que te genera curiosidad, sobre todo cuando todavía no sabés discernir entre ficción y realidad, pero con el tiempo pasás por un montón de etapas, te sentís un poco invadido y lamentás no poder hacer casi ninguna actividad en el espacio público sin que te rompan soberanamente las pelotas. O sea, yo conocía un poco de qué se trataba esa vida. Después, en cuanto a lo profesional, era todo un mundo a descubrir. Mi madre me recordó que, cuando era chico, tipo tres o cuatro años, ya decía que quería actuar de Batman. Quería ser un súperheroe, obviamente, pero de alguna manera ya entendía a la actuación como un móvil para poder jugar a ser otra persona.

– ¿Cómo te formaste?
– Cuando terminé el secundario me anoté en la FUC (Facultad de cine) para estudiar cine y en paralelo en la escuela de teatro de Raúl Serrano. Después, el tiempo me llevó a experimentar en el cine como meritorio de producción en El secreto de tus ojos, tuve una experiencia, medio una prueba de fuego, porque ya en esa época me daba cuenta que la facultad no cautivaba mi atención ciento por ciento, por decirlo de alguna manera…. (risas)

– Imagino que ya conocías el ambiente de rodaje de chico…
– Sí, había ido a los rodajes, de cine, de tele, y también al teatro. A mí me quedaron muchas imágenes de esas visitas. Era ver un mundo de fantasías. Me fascinaban esos artefactos y esas movidas para filmar algo. Con el tiempo entendí cómo funcionaba, de chico no me daba cuenta que se estaba generando ficción. Después, no sé qué pasó, pero en un momento dejé de ir, y el colegio empezó a absorberme.

– ¿Nunca pensaste seguir otro camino?
– Cuando salí del colegio me anoté en Ingeniería Industrial, me gustaba la física, la química, la biología. El colegio al que fui no tenía una formación muy dirigida hacia el arte. Pero en un momento hice un ejercicio de reflexión a futuro, me visualicé como ingeniero, investigué un poco, y no me veía por ningún lado. Es decir, si bien me resultaban temas atractivos para estudiar, no me veía el resto de mi vida encarando una empresa de ese tipo. Yo soy mucho más disperso. En cambio sí me imaginé en este universo que me cautivaba cuando era más chico. Y como no sabía muy bien dónde ubicarme, abordé las dos puntas a la vez, producción de cine y actuación en teatro.

Una carrera ascendente
El Chino eligió como locación para esta entrevista un bar de Belgrano, muy cerca de donde vive. Afuera, el sol brilla y si alguien mira desde la ventana, nos creerá dos amigos que nos conocemos hace mucho. El Chino Darín sonríe y habla cómodo, fluido. A sus veintiséis años, y mostrando por momentos pequeños gestos que denotan cierta ansiedad, parece querer comerse el mundo con tanta determinación como alegría.

– A diferencia de otros actores que nacieron en el ambiente, arrancaste “tarde”, recién en 2010. ¿Cómo se dio eso?
– En mi caso, ser actor no fue nada pensado en familia. Recuerdo que un día llegué a casa, todavía tratando de decidir qué iba a hacer, y les conté a mis padres que iba a estudiar ingeniería. Les causé un shock… Después, cuando ya me había metido en lo del cine y el teatro, le pregunté a mi papá qué pensaría si yo me dedicaba a ser actor. “Lo que vos quieras”, me dijo, “hacé lo que quieras, lo que te haga feliz”. Su consejo siempre fue por ese lado. Eso sí, más allá de estar estudiando, no me animaba a ir a ningún casting. Fue gracias a un amigo de mi viejo que lo hice, fue él el que dio el puntapié inicial, porque agarró el teléfono y -sorprendido de que no haya ida a ningún casting- me consiguió una primera prueba para un piloto que después no se terminó haciendo, pero que me sirvió para arrancar. Está claro que no me animaba porque no quería exponerme a que me juzgaran.

– Tenías que rendir tus parciales…
– Más o menos… creo que el casting es mucho más macabro. porque en la facultad hay una información al final, hay algo que es de una manera y no puede ser de otra. En el caso del casting es pura subjetividad. Lo cierto es que nadie te puede decir qué está bien o mal, pero el casting es eso, es una instancia de selección, muy ingrata para los que no son elegidos, y que a veces no tiene nada que ver con haberlo hecho bien o mal. Después de ese primer casting (en el que hice mi parte tan mal que, para darte una idea, fui para hacer el personaje del bueno y terminé haciendo el del malo), fui a uno de Polka para Alguien que me quiera. Ese fue mi primer trabajo, con Andrea del Boca, Osvaldo Laport, Miguel Ángel Rodríguez, Susú Pecoraro, Ludovico Di Santo, Marco Antonio Caponi, Calu Rivero, Lusiana Lopilato, María Leal… (los dice a todos de un tirón y de memoria). Ahí tenía un papel muy periférico, con algunas escenitas, sin situaciones de gran responsabilidad. Aunque estaba acostumbrado a estar rodeado de gente conocida o famosos, estar actuando fue distinto, ver que eso después salía por la tele y trabajar en ese ambiente, que justo era el que menos recordaba de la época en que acompañaba a mi padre (porque en los últimos años él había hecho muy poca tele). Y entendí que exige un ritmo muy intenso, una máquina, en la que no hay mucho tiempo para la prueba y el error. Lo que hacés, sale. Nadie te prepara mucho para eso, son cosas que aprendés sobre la marcha.

– ¿Tenés algún sueño, algo que esperás alcanzar dentro de la actuación?
– Lo que me atrae es justamente la variación constante, el encontrarse todo el tiempo con cosas distintas y tener la oportunidad de meterse en mundos diferentes. Por el trabajo previo de aproximación que uno tiene que hacer para ciertos personajes, esa etapa previa de investigación es muy rica… Donde sea que te debas meter, cada personaje tiene características y cosas que uno no conoce, que no te han tocado vivir y otras con las que estás más emparentado. Y justamente todos esos puntos nebulosos a rellenarse demandan una toma de decisiones y una investigación que me parece súper interesante. Hasta ahora siempre encontré proyectos que hacen que tenga que poner la cabeza en cosas que nunca hubiese imaginado que iba a experimentar. Y como soy una persona sumamente inconstante, me parece que ésta es la profesión justa para mí.

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