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Nac&Pop

A punto de cumplir los 50 años, el rock argentino se ha convertido en un hecho social insoslayable a la hora de explicar nuestra historia.

Alguna vez, el rock argentino fue un ghetto. No podía ser de otra manera: los primeros, tímidos pasos del movimiento se produjeron durante la presidencia de Arturo Illia, pero sobre todo bajo el gobierno del General Juan Carlos Onganía, que podría autodefinirse como “dictablanda” pero no mostró precisamente tolerancia con ciertas expresiones populares. Claro que lo de “populares”, tratándose del primer rock argentino, es más bien un eufemismo. Los primeros músicos y seguidores eran moscas notorias en la blanca sociedad pretendida por los militares; la policía solía cumplir en los calabozos tareas de peluquería, adecentando a esos sucios hippies de ropas multicolores y pelambres inaceptables. La cultura urbana no registraba al rock, oculto en las rincones de la ciudad.

Y entonces: imaginemos la posibilidad de subirse al DeLorean de Marty McFly, y traer al presente a uno de los habitués de La Cueva de Pasorotus o Plaza Francia. Enfrentarlo al multitudinario funeral de Gustavo Cerati. Comprarle una estampilla de Luis Alberto Spinetta. Ponerle el aviso de una proveedora de Internet (“¿Internet?”) con Adrián Barilari al frente de Gorrión en Llamas. Llevarlo a un festival donde quince bandas independientes demuestran que algo llamado República Cromañón es una herida abierta, pero no consiguió liquidar a la creación. Prender la radio y que el rock argentino aparezca no en una sino en varias emisoras. Espiar a un gerente empresarial volviendo a casa con música de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en el auto. Pasar por un mitín donde un político cita muy suelto de cuerpo una frase de Charly García. Prestar una revista como Bacanal y que otro encuentre a ese ghetto de los sesenta convertido en una cultura que lo atraviesa todo, que lo tiñe todo, que ya es un lenguaje asumido.

¿Y ahora qué pasa, eh?

Leé la nota completa en el número de noviembre de Bacanal. ?

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