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General

Música y política

A poco de las elecciones, una relación peligrosa: músicos y políticos, una historia con mucas bajas y pocas altas.

La escena tuvo lugar en la última apertura de sesiones ordinarias del Congreso Nacional: al terminar su extenso discurso, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner salió del edificio con un fondo musical elegido por los muchachos de La Cámpora. Una canción del rock argentino que dice que “podrán pasar mil años, verás muchos caer / pero si nos juntamos, no nos van a detener”. No era el primer cruce entre la épica kirchnerista y el rock and roll argento, pero al día siguiente alguien decidió manifestar su descontento. Alguien que era precisamente el autor de “Donde las águilas se atreven”: a través de su página en Facebook, el cantante Ciro Pertusi señaló que “me veo en la necesidad de hacer descargo público”, y argumentó que “si bien es de uso público puesto que está en manos de todos, la utilización de la canción no me cae en gracia en absoluto (…) Fue atesorada durante más de 26 años en el corazón de miles de seguidores prerservándola de todo tipo de proselitismo y llegado el caso no es justamente este modelo el ideal como para semejante obra, la cual promulga unión y no ‘divide y reinarás’ (…) Los políticos pasan, las canciones quedan.”
Más allá de los habituales remezones de redes sociales, el entredicho entre el ex Attaque 77 y el gobierno –o más bien sus militantes musicalizadores- no pasó a mayores. Pero sí sirvió para volver a graficar una histórica tensión entre el rock y la política, que a lo largo de la historia ha sabido de acercamientos y batallas, de desconfianzas e incomprensiones. La desconfianza, claro, llega desde el campo de la música: más de una vez quedó en evidencia que a algunos rockeros les gustaría involucrarse en proyectos políticos si es que éstos alguna vez sintonizan con las necesidades y deseos de su público natural. Pero del otro lado generalmente encuentran a partidos ávidos de sumar fuerzas tan poderosas a su caudal electoral, pero incapaces de llegarle por una vía honesta y no meramente oportunista.
En marzo de 1973, el resonante triunfo de Héctor Cámpora iba a ser celebrado con un Festival del Triunfo Peronista que en Argentinos Juniors presentaba -entre otros- a Pescado Rabioso, La Pesada del Rock and Roll, Pappo, Litto Nebbia, Color Humano, León Gieco y Sui Generis. Pero las buenas intenciones de los productores Oscar López y Jorge Alvarez (justicialista rabioso que en la tapa del compilado Pidamos peras a Mandioca había puesto una gran pera, un perón) chocaron con un diluvio que suspendió la fiesta. Y la primavera camporista duró tan poco, y lo que vino fue tan oscuro, que las esperanzas hippies de los primeros rockeros se diluyeron rápidamente.

Leé la nota completa en nuestra edición de junio.

EDITORIAL. De música ligera

A pocos meses de las elecciones de octubre, en medio de las PASO y a centímetros de algunas elecciones provinciales, la cultura -o los hechos que esa cultura propone- parece jugar un rol importante en el humor de nuestra sociedad.

Sería ingenuo pensar que la inauguración en mayo de ese notable proyecto que es el Centro Cultural Néstor Kirchner no está asociado a esta coyuntura. O que los festejos por el 25 de mayo -con cuatro días de recitales libres y gratuitos- no forman parte de la agenda política. Tiene su lógica: las manifestaciones artísticas suelen mejorar la imagen de quien las promueve. Y en esto la música se lleva la parte del león.

Ocurre que dentro de los hechos artísticos/culturales, la música -con sus diferentes ritmos y públicos- convoca mucho más que una muestra de artes plásticas, una lectura de poesía o una obra teatral, por poner sólo otras opciones artísticas/culturales posibles. La música tiene, digamos, un efecto inmediato, convocante, aglutinador. Eso de “una que la sepamos todos” no sólo es un lugar común, también es un hecho fáctico: una que sepamos todos nos comunica de un modo inmediato, nos presenta a desconocidos que, si saben la misma canción que nosotros, al menos en primera instancia forman parte de nuestro mismo equipo.

Sin embargo, la relación entre música y política (o personas que detentaron el poder en la Argentina, como aquellas que participaron de las dictaduras militares) no siempre fue buena. De hecho, por lo general ha sido mala, conflictiva. Sobre todo, engañosa: por un lado, los músicos desconfían (con muy buenas razones) de los políticos. Por el otro, el público recela de su banda preferida cuando se suma de modo inequívoco a un proyecto partidario. Siempre se pone en duda los números que los músicos cobran por sus actuaciones. La muletilla “se vendió” aparece casi de inmediato; cualquier actitud a favor de determinado partido pone una nube sobre el artista. De algún modo, desde el público, parece indecente que un músico sea militante. Distinto es cuando avalan reclamos o luchas sociales: tomas de fábricas o Abuelas de Plaza de Mayo, por poner dos ejemplos obvios. Aquí, en lugar de restar, suman. Como sea, este diálogo de tres -políticos, artistas, público- siempre está a punto de explotar.

Tal vez por eso -porque está a punto de explotar- este mes en Bacanal nos atrevemos con esta partitura: tratamos de entender esta tensión, este diálogo complejo. Y tratamos de mostrar la mejor versión del tema. Ojalá, después de leer este número, nos ganemos sus aplausos.

Javier Rombouts

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Además, en este número:

+ Entrevista con Vicentico
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Crónica del terromoto de Nepal

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Gastronomía: la moda del monoproducto.
… y mucho más!

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