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Cine y Series

Muñeca brava

Dentro del mundo del cine, la hija del director Darío Argento supo marcar la cancha. Y hoy, más directora que actriz, acaba de estrenar en Argentina su última película, Incomprendida, una comedia un poco negra y otro poco triste.

Por Diego Lerer (Desde Cannes, especial para Bacanal)

En cualquier situación en la que uno se la encuentre, Asia Argento siempre parece ser la persona más cool alrededor. Su actitud de cuidado desinterés –por los otros, por los periodistas, por su peinado o su look– le da un aura casi de intocable, como si fuera una rock star dentro del mundo del cine, más cerca de una cantante punk que de una actriz y directora de películas. No es bella de una manera clásica pero sí atractiva y personal –especialmente para los que todavía admiran con cierto romanticismo juvenil este tipo de look–, la clase de mujer que no deja a nadie indiferente y que deja una marca a fuego tras su paso.

En los últimos años, la hija del maestro de terror Darío Argento, actriz desde pequeña y directora desde principios de este siglo, ha bajado algunos cambios y ha ido dejando de lado, de a poco, esa etiqueta de rebelde. Su nueva película, Incomprendida, tiene muchas diferencias con las anteriores (Scarlet Diva y El corazón es engañoso sobre todas las cosas) y con el estilo cool y decadente de aquellas. Se trata de una comedia dramática –densa en el fondo pero bastante humorística en su presentación y casi almodovariana en su colorida paleta visual– que cuenta la historia de una niña que crece en medio de la desatención y la locura de sus extravagantes padres que se están separando.

La energía un tanto más amable de la película se refleja un poco en la actriz/directora, que está por cumplir 40 años. A diferencia de su postura más belicosa de años anteriores, se la notaba amable y considerada cuando hablaba ante la prensa en Cannes, aún cuando su voz carrasposa y su mirada vampiresca sigan dándole un aura casi tan extravagante como entonces. La Asia de Incomprendida –título que podría aplicarse a toda su vida artística y personal– es una Asia que mira para atrás con bronca y fastidio pero sin odio, con quejas y reclamos pero con la mirada de alguien que ha llegado a una etapa de la vida en la que puede comprender tanto la angustia de los chicos abandonados por sus padres como los motivos que llevaron a sus padres a actuar así.

En defensa de la inocencia
Lo más personal de la película, claro, es el personaje principal, Aria, una niña de unos nueve años que logra construir un duro caparazón para soportar esos momentos en los que nadie –ni la familia, ni sus amigos ni las “instituciones”– parecen comprenderla o contenerla. Es posible que la historia, en su costado más específico y anecdótico, no sea la de “la familia Argento”, pero sin dudas que, al menos espiritualmente, es una película absolutamente autobiográfica.

Sin embargo, para Asia no hay autobiografía alguna allí, aunque la protagonista se llame Aria, el mismo nombre con el que la directora figura en su documento.

“No me parece que ella crea que sus padres son divertidos –dice la actriz, pelo corto y negro, un tatuaje gigantesco en el pecho, sin sacarse los anteojos oscuros–. La audiencia puede creerlo pero para ella no lo son. Ella es como un pequeño animal que desarrolló una forma de mostrarse al mundo a partir del instinto de supervivencia, pero no la pasa nada bien. Su madre es bipolar –puede ser graciosa y divertida un momento y violenta en otro– y lo mismo pasa con el padre. Pero ella no conoce otra cosa, otra vida, otra familia, así que aprende a convivir con eso.”

-Es obvio pensar en algún contenido autobiográfico en la historia. ¿Qué tenés para decir al respecto?
-Todos proyectan algo autobiográfico en sus películas, aunque no lo sean. Spielberg tiene razones personales para filmar lo que filma. Yo no estoy interesada en contar si son situaciones verdaderas o no, creo que hay que dejarlo a la imaginación de la gente. Me interesa cómo te toca a vos y lo que sentís con la película. Podía haber hecho un documental tipo Capturing the Friedmanns sobre mis padres (Nota: es un filme sobre una familia sobre la que recae la sospecha de abuso de menores), pero eso no me interesa. Me gusta inventar, manipular historias, trabajar con gente. Hice un documental, pero siento que curiosamente son más manipuladores que las ficciones, la mayor parte de las veces los directores arrancan con una idea y tratan de conducir a sus personajes a corroborarla. En la ficción no tenés ese problema.

-¿Te inspiraste en otras películas a la hora de hacer Incomprendida?
-No en películas específicas, pero sí en un tipo de cine sobre la infancia que se hacía en los años ‘60, en el que los chicos eran chicos y no proyecciones de los adultos. Quería capturar una inocencia verdadera. Es una niña que solo quiere ser amada. Los padres se están divorciando y ella tiene que atravesar las consecuencias de eso, con todo lo que implica.

-Es una película sobre el fin de la inocencia, sobre darse cuenta de golpe que la vida no es tan sencilla como parecía…
-Sí, pero ella no es una víctima. Su inocencia es lastimada, el lazo de confianza que tiene se quiebra, pero ella sobrevive. La película habla sobre la infancia eterna, en un sentido. Todos nos sentimos incomprendidos en la escuela o por nuestras familias. La niñez no es perfecta, una sobrevive a muchas heridas y se crea una caparazón para sobrevivir en esta sociedad materialista que no respecta aspectos espirituales. Y los niños son todo espíritu. Mucho de eso tiene que ver con la altura…

-¿En qué sentido?
-A los chicos los subyuga la altura, el tamaño y la fuerza de los adultos. Los grandes raramente se arrodillan para ponerse a la altura de los niños. No saben que agacharse es elevarse espiritualmente. Yo me siento más cómoda con los niños que con los adultos y últimamente he empezado a pensar que mi misión en la vida es proteger su inocencia. Y no porque la mía haya sido una infancia perturbada. Creo que es algo antiguo, de siempre. Es una historia poética y a la vez universal sobre la lucha por mantener la inocencia en un mundo de muertos vivos. Es una película que le habla a los que todavía conservan la infancia dentro suyo.

-Suena muy personal lo que contás. Si no es autobiográfica, ¿qué fue lo que la inspiró? ¿En qué te sentís diferente al personaje?
-La idea para hacer la película me vino cuando vi a una niña rechazada por sus padres en la calle. Ahí surgió todo. Y ese centro quedó: cuidar y defender esa pureza. Y creo que lo logramos. Hice la película que quería hacer y eso me alegra. El resto –las críticas, la taquilla– no me interesa nada. ¿Diferencias conmigo? Yo no busco el amor y ella sí. Ella no sabe que el amor no existe. Tengo la sensación de que la historia me atravesó como si fuera un médium. No vienen de mí pero la historia me pasó por encima, me capturó.

El caos controlado
Cuando Asia obtuvo cierta fama –tras actuar en varias películas, muchas de ellas de terror, algunas dirigidas por su padre, como El fantasma de la ópera, El síndrome de Stendhal y Trauma, entre otras– no le costó reconocer que había tenido una infancia difícil, que casi no veía a su padre y que había empezado a actuar para estar más cerca suyo y ser tomada en cuenta. Ahora, relativiza un tanto aquellas afirmaciones. “No solo mi padre. Quería llamar la atención de los adultos. Tanto en casa como en la escuela no era la favorita de nadie”, asegura.

Logró lo que quiso, claro, con su aparición fulgurante como actriz, modelo y con su controvertida y frontal personalidad, imagen que cimentó aún más con sus trabajos como actriz para directores como Abel Ferrara (New Rose Hotel, Go Go Tales) y películas como B. Monkey y Triple X, además de su siempre comentada vida, su personalidad y su sexualidad. De esa etapa lo que más recuerda es su trabajo con Ferrara. “Fue un gran maestro para mí. El crea una gran atmósfera en el set, hablando con los actores y explorando los personajes antes de empezar a rodar: cómo huelen, cómo se mueven, sus obsesiones, sus tics. Logra que crees un mundo acerca de ellos.”, dice.

Luego del nacimiento de su primera hija -Anna, en 2001-, las cosas empezaron a cambiar. “Vi cientos de películas y novelas, fui a todos los museos del mundo –comenta–. Y me concentré más en mi trabajo como directora”. Tras separarse del padre de la niña –el cantante de rock Marco Castoldi–, en 2008 se casó con el cineasta Michele Civetta, con quien tiene un hijo, Nicola, actualmente de ocho años.

Pero no le gusta que le digan que maduró. “No sé si es la palabra correcta, ni que crecí –confiesa–. Cambié, sí, como todos. Y las películas que hago son una parte de quien soy y de cómo veo el mundo. Si es que crecí, eso se va a notar en mi trabajo”. Y se nota. Más allá que “Incomprendida” siga teniendo un espíritu entre caótico y juvenil, no hay tanto deseo de provocar reacciones fuertes o impactar a la audiencia. Hay, si se quiere, una juguetona madurez, como si la Asia adolescente y juvenil se hubiera escondido detrás de la Asia niña y de la adulta.

-¿Por qué decidiste no actuar y elegir a Charlotte Gainsbourg en el rol de la madre?
-Aún antes de escribir la película quería trabajar con ella. Ya habíamos actuado juntas, pero nunca la había dirigido. Cuando empecé el guión y apareció el personaje, no me quedó dudas que era para ella. En mi caso, no actué (salvo un pequeño cameo que tiene en la película) porque ahora me interesa más dirigir que actuar, prefiero estar más detrás de cámara que adelante.

-¿Cómo es un set de filmación de Asia Argento?
-Es un caos. Un caos controlado, pero caos al fin. No hay mala onda, sabemos lo que queremos, pero puede ser algo confuso. Ese caos me gusta porque me da una magia que permite que salga alguna verdad durante la filmación. Me gustan las películas imperfectas, llenas de pequeños errores con los textos, con la cámara, cosas inesperadas. Busco esos errores. A veces le doy el texto a un actor a último momento para que no lo pueda recordar bien, para que se confunda. Esas cosas le dan verdad a una película. Tampoco me gusta hacer muchas tomas, salvo que sea por un problema importante. Me aburre. Un crítico italiano me dijo después de ver la película que le había gustado pero que era imperfecta. Y es el mejor elogio que me podía haber hecho: la películas imperfectas son las mejores y si una crítica dice eso de una película mía lo tomo como un cumplido. ¿Qué es la perfección? No busco eso…

-La película está filmada en 35mm, algo cada vez más raro. ¿Por qué elegiste eso?
-Quería que la película tuviera el look de una Polaroid gastada que, como los recuerdos, se van borrando. La historia transcurre en 1984 (Asia nació en 1975 y la protagonista tiene 9 años, pero no, no es autobiográfica) y quería que tuviera una paleta de colores de esa época, una especie de rosa viejo, gastado. Creo que es una mentira que el digital es más barato. Finalmente muchos directores se la pasan semanas gastando dinero en posproducción para arreglar lo que quedó mal en el rodaje o transformar el look de sus película. El celuloide lo capta así en el momento y es mucho menos el trabajo que tenés que hacer después. Es cierto que los laboratorios para revelar y procesar película están cerrando pero al final va a pasar como el vinilo –ya está pasando, de hecho– y van a renacer.

-¿Cuál fue la película que más te impactó en tu formación?
-La primera fue Freaks, de Todd Browning, sin duda. La vi cuando era niña, demasiado niña tal vez –tendría cinco años– y me cambió la perspectiva respecto a todo. Yo siempre me sentí distinta y viendo esa película en lugar de sentirme shockeada por los personajes (Nota: es una película filmada en 1932 sobre un grupo de fenómenos circenses interpretados por personas con verdaderas deformidades en lugar de actores), me sentí cercana a ellos. Sentí que estaba ok ser diferente y es al dia de hoy que siento que es la película que más me marcó. También me gustan muchas películas sobre la niñez, tal vez porque fui actriz de niña: Los 400 golpes, de Francois Truffaut; Sombras del paraíso, de Marcel Carné. Y mi nueva película será también sobre chicos, pero ya adolescentes. Me vienen esas historias a la cabeza, son las que encuentro más fascinantes.

-¿Cómo fue tener la premiere mundial en Cannes del año pasado? ¿Muy enervante?
-Verla con público por primera vez es muy extraño, pero de todos modos siento que estoy contenta con lo que hice y eso es algo que nadie me lo va a quitar. Fuimos muchos los que soñamos este sueño, este caos, y haber llegado hasta acá es como venir a tener el bebé con el mejor doctor y en el mejor hospital. Cannes es el mejor hospital del mundo (risas). Fue muy emocionante al terminar la proyección abrazar a mi hija –que tiene un papel en la película– y que me dijera: “Lo hicimos, mamá, lo hicimos”. Eso me impactó mucho. Me sacó de mi estado zen y me hizo llorar.

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