Publicidad Bajar al sitio
Territorios

Muerte al hombre

El movimiento por la extinción humana voluntaria cree que para salvar el planeta hombres y mujeres deben desaparecer por completo. Polémica postura entre los grupos ambientalistas.

Por Denise Destéfano

Todos estamos de acuerdo en que el hombre impacta sobre la naturaleza. Algunos dirán que es necesario y otros considerarán al efecto catastrófico. Entre los últimos, defensores del medio ambiente, hay quienes creen en paliativos como la reducción de las emisiones de los gases de efecto invernadero y están los que se inclinan por las medidas drásticas. En este grupo, se ubica el Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT, su sigla en inglés).

El planteo es así: el hombre y la naturaleza no son compatibles. La raza humana es causa de la desaparición de especies y de la destrucción del ambiente, pero además los recursos disponibles no son suficientes para todos y menos si la población mundial sigue aumentando como se proyecta. En suma, los humanos no presentan beneficio ecológico alguno. Por lo tanto, la única manera de salvar al planeta es favoreciendo la extinción de la raza.

X-tremo

Se podría creer que es una broma, que quien surgió con la idea no lo pensó demasiado o que no está bien de la cabeza. Veamos.

Les U. Knight nació en la ciudad estadounidense de Portland, Oregon. En su paso por la universidad, se sumó al movimiento ambientalista de los setenta. Participó en el Zero Population Growth promoviendo la necesidad de un equilibrio entre las muertes y los nacimientos en una población, concepto que hoy considera obsoleto.

“En la universidad, comencé a involucrarme con la protección ambiental y me di cuenta de que cada problema concerniente a la biósfera del planeta se puede resumir así: cuanto menos somos, más fáciles son los temas a resolver”, explicó Knight desde Estados Unidos, cuyo apodo en inglés suena como “Unámonos”.

“Como muchos otros en el VHEMT, seguí el hilo de ese pensamiento guiado por el amor y la lógica y concluí que eliminar nuestra especie sería la manera más segura de cesar permanentemente con la destrucción de la biósfera”, continuó.

En 1991, Knight le puso el nombre al movimiento. Desde entonces, publica un boletín informativo del grupo que, según dice, visitan dos argentinos por día, junto a otros lectores de todo el mundo. Ocasionalmente, capta la atención de los medios o se presenta en eventos de temática ambiental.

Este maestro de escuela secundaria de pelo corto usa camisas, habla con voz pausada y la sonrisa no abandona fácilmente su cara. No se incomoda ante los ataques de sus entrevistadores, como cuando le preguntan si odia a la humanidad o le dicen que seguramente tuvo una niñez complicada o que sus padres lo maltrataron de chico.

Evita hablar del tema. Se ríe.

Para los que piensen que Knight es un teórico, sepan que a los 25 años su primer paso en el movimiento fue hacerse una vasectomía. Algo así como predicar con el ejemplo. En su ficha de presentación, en el casillero de “trabajo de toda la vida” pone “hacer desaparecer a la especie humana con métodos no coercitivos”. Orientación política: anarquista. Aclara que no es ni el fundador ni el líder del movimiento y que hay millones de personas que llegaron a la misma conclusión que él.

“No somos sólo un puñado de misántropos e inadaptados malthusianos y antisociales que se deleitan morbosamente cuando el desastre golpea a los humanos”, aclara Knight. “Nada más lejos de la verdad. La extinción humana voluntaria es la alternativa humanitaria para los desastres humanos”, resume.

 Derecho a (no) reproducirse

Lo que el movimiento propone es “desaparecer progresiva y pacíficamente” (“peaceful phase out”). ¿Cómo? Dejando de crear más humanos, claro. Y esto no se logra con leyes antinatalistas ni métodos represivos. El movimiento pretende difundir el derecho a no tener hijos. Él lo llama “libertad de reproducción”.

“Más y más gente está perdiendo su derecho a no procrear. Y esto pasa en todo el mundo. Hay gente que no tiene acceso a los métodos anticonceptivos”, comenta Knight y aclara que ellos no están en contra de los chicos que ya nacieron.

En realidad, si hablamos de este derecho son varias las organizaciones que lo pregonan, algunas de ellas proponiendo reducir la cantidad de hijos a uno o dos. Además de la ya mencionada Zero Population Growth, hoy conocida como Population Connection, una de las agrupaciones más renombradas es la inglesa Optimum Population Trust (OPT), con miembros tan famosos como la primatóloga amiga de los monos Jane Goodall, el escritor David Attenborough, el ecólogo Paul Ehrlich y James Lovelock, científico y autor de libros como Gaia –y sus muchos derivados– y La Tierra se agota y La venganza de la Tierra, entre otros.

OPT tiene por objetivo hacer reflexionar a la gente sobre el impacto que tiene el crecimiento de la población en el ambiente y cómo afecta a la reducción de los recursos naturales y energéticos, el cambio climático y la biodiversidad. Con eso en mente, promueve la planificación familiar, la educación sexual y los derechos de las mujeres.

“Deberíamos estar hablando de reducir de alguna manera el crecimiento de la población humana”, opinó Goodall. Una de las líneas de acción de OPT propone que las parejas decidan de manera voluntaria tener como máximo dos hijos: “Stop at two”.

“La Tierra puede soportar a dos mil millones, que es lo razonable. Es la cifra que había en 1934”, coincidió Ehrlich. “Había gente suficiente para tener grandes ciudades, por si te gusta la ópera y los museos, pero a la vez quedaba naturaleza”, agregó.

Por supuesto, es demasiado tarde para volver a esas cifras. Según datos de las Naciones Unidas (ONU), la población mundial superó los 7.000 millones de habitantes en 2011. Estamos por encima de los 7.100 millones ahora. Agréguese un nacimiento más por segundo. Haga la cuenta.

“Que paren en el segundo. Tener más de dos es egoísta e irresponsable, porque hay que tener en cuenta qué pasará con ellos y con los de otra gente”, subrayó el ecólogo.

Según los datos que presenta VHEMT, la fertilidad humana descendió de cinco hijos por mujer en 1950 a la mitad este año. El informe del año pasado del Population Reference Bureau, citado por la ONU, indica que la tasa de natalidad promedio en el mundo es de 2,4. Las cifras más bajas se encuentran en Europa, donde el promedio continental es de 1,6 hijos por mujer. Eso es considerado una buena noticia por el VHEMT.

La mala noticia sería que “en 1950 había 35 millones más de nosotros cada año y ahora hay 78 millones más” anualmente, explicó Knight. Es decir que la población mundial está aumentando el doble de rápido con la mitad de la fertilidad por efecto exponencial.

“Considerando que ya excedimos la capacidad de la Tierra para alojar a nuestras especies puede que no sea posible sumar algunos miles de millones más, como proyecta la ONU. Seguir en esa dirección nos lleva a la manera que tiene la naturaleza para corregir nuestro exceso. Nos gustaría evitar ese disgusto”, aconseja Knight.

Dos maneras de terminar la humanidad

Según explica el VHEMT, la extinción puede ocurrir rápida o lentamente. En la versión rápida, no habría mucho por hacer más que ver cómo las obras del hombre se desintegran y los animales se ocupan de reorganizar sus cadenas tróficas y repartirse los hábitats abandonados.

En la versión lenta, en cambio, en el proceso de desaparición, “las clínicas de abortos serían las primeras en enterarse: felizmente, saldrían del negocio en pocos meses”, relata Knight. Las personas con hambre empezarían a encontrar lo necesario para comer y los recursos alcanzarían para todos.

Se podría comenzar a clausurar con seguridad las plantas nucleares. Se podrían retirar las represas. La tecnología podría enfocarse en los problemas no resueltos, como los desechos tóxicos. Las granjas se podrían convertir en ecosistemas de vida silvestre.

“Desafortunadamente, la extinción involuntaria es mucho más probable que la desaparición pacífica a través la disminución natural que estamos promoviendo”, reflexiona el vocero del VHEMT.

Ante la pregunta de si se imagina el mundo de los últimos humanos, Les describe poéticamente que aquellos “podrían disfrutar los atardeceres en paz sabiendo que han regresado al planeta lo más posible, dadas las circunstancias, a su condición edénica”, aunque por un momento acepta que “un mundo sin niños no sería un lugar más feliz para mí”.

Pero enseguida agrega que “un mundo sin todas las especies que estamos llevando a la extinción es menos feliz para aquellos de nosotros a los que nos importan las formas de vida con las que compartimos la biósfera. Si tenemos éxito desapareciendo habrá más de todo para todos y las últimas personas podrían disfrutar de un mundo vuelto a un Jardín del Edén natural”.,

Por un momento imagino grupos de ancianos dispersos por el globo. Sin nadie que los acompañe, sin jubilación ni atención médica, sin mayor propósito que esperar el final, sin anécdotas de los sobrinos que compartir, porque no existen, ni hijos a quienes contarles sus aventuras de jóvenes o abrazar, ni nietos para jugar. No sé. Hay que ver si ése es un mundo que vale la pena salvar.

×