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Tecno

Modelo para (des)armar

Si odiás los cambios de interfase de Facebook, Twitter y Gmail,esta nota es para vos.

Por Federico Kukso

Tarde o temprano, ocurre. El momento eventualmente llega. Siempre. Cuando por fin nos acostumbramos a la distribución de los botones de un sitio web, cuando su apariencia ya no nos resulta ni chillona ni extremadamente caótica, cuando sentimos que somos capaces de mandar un mail, actualizar nuestro estado, subir una foto con los ojos cerrados y con un simple movimiento relámpago de muñeca y un par de clicks, nuestra casilla de correo, nuestra red social favorita o cualesquiera que sean las páginas web que visitamos (y vemos más que a un amigo), de repente, cambia. O como dicen los diseñadores gráficos, sufre un “facelift”.

Nuestra primera reacción es visceral. Nos sentimos incómodos, confusos, raros, como si alguien hubiera entrado a nuestras casas y cambiado de lugar el sillón, el televisor, la heladera. Nos indignamos. Es toda una violación digital. ¿Cómo no nos preguntaron si necesitábamos o si queríamos un cambio? ¿Acaso mi cuenta de Gmail no es mía para determinar cómo quiero yo que luzca? ¿No tengo voz ni voto respecto a los colores y diseño de mi cuenta de Facebook, Twitter, Youtube?

En vista de lo que ocurre año tras año en nuestro hábitat virtual, la respuesta es un claro y gran “no”. Fóbicas al estado de reposo, las grandes compañía de Internet -que cada vez con más fuerza dictaminan cómo vemos y cómo nos relacionamos con el mundo- nos recuerdan con cada lavada de cara de las interfaces de sus productos nuestro verdadero lugar: el de ser subsidiario de usuarios -más que dueños- en este universo no tan paralelo de nuestras vidas. Ante una decisión caprichosa de renovación gráfica, la única opción que tenemos es la de bajar la cabeza, acatar órdenes y seguir tecleando.

Obviamente, estas compañías no lo reconocen. Su discurso resalta -siempre- que los cambios son para mejor. Que nos harán la vida más fácil, placentera, feliz, incluso si hasta entonces no teníamos ningún problema. Al parecer, no importan las quejas de millones de usuarios de Gmail o Facebook. El mandato de la red es el cambio permanente. Las compañías imponen. Y a nosotros, los usuarios, no nos queda otra más que horrorizarnos al principio, resistir en lo posible y adaptarnos. Una y otra vez.

Visto ahora a la distancia, 2011 fue el año de las actualizaciones. Facebook, Youtube, Gmail y Blogger mutaron gráficamente. La red social más popular del mundo lanzó su nuevo diseño de perfil llamado “Time Line”. Google unificó el estilo visual de sus productos y Gmail -que actualmente cuenta con unos 425 millones de usuarios- fue víctima del minimalismo. Blogger, Twitter, Instagram y Youtube sufrieron el mismo destino.

Las excusas -o justificaciones- son siempre las mismas; cambian las palabras pero nunca el sentido: “Si un negocio no se renueva, se muere”; “lo que hoy parece bueno al siguiente año no lo es”; “Internet es un medio cambiante”. Y es verdad. La web está repleta de sitios en reconstrucción permanente, ya sea para atraer a nuevos visitantes -como cuando los productos de un supermercado son cambiados a propósito de lugar-, con el fin de conservar el look fresco o joven de una marca o por mero cansancio y arrogancia de los diseñadores, quienes argumentan: “El atractivo de los diseños tiene un ciclo de vida muy corto; si se quiere estar a la vanguardia se debe rediseñar constantemente”.

Desde que Apple transformó la computación hace casi 30 años con la imposición de la metáfora del escritorio para ordenar visualmente los archivos en los que trabajamos y aquellos que movemos caprichosamente con los botones de un dispositivo llamado extrañamente “ratón”, nos acostumbramos a interactuar con el mundo a través de cientos de interfaces. Un buen diseñador sabe que las mejores son las interfaces invisibles, aquellas que no vemos o no nos acordamos que están ahí.

El ingeniero de interfaces danés Jakob Nielsen, por ejemplo, sostiene que lo más importante en nuestra interacción con la tecnología -ya sea el control remoto del televisor, el reproductor de MP3, la licuadora- es la usabilidad. Y para ello debe primar la simplicidad; el usuario debe ser considerado un rey. “No me hagas pensar”, es uno de los conceptos más destacados en este campo. Título del libro de 2005 de Steven Krug, apunta a hacer prevalecer siempre el sentido común a la hora de diseñar un sitio web. Cuando un usuario ingresa a una página y no sabe, por intuición, dónde ir, dónde buscar información o qué botón presionar para comprar los auriculares, el libro o las zapatillas que tanto estaba buscando, se va rápidamente a otro lado. Huye para no volver jamás.

Aun así, un sitio web comercial no tiene el mismo peso afectivo que una casilla de correo o perfil de Facebook o Twitter. Aunque no lo admitamos, suponemos que nos pertenecen como si fueran cosas, bienes tangibles, zapatos o pantalones que compramos en un local. Si alguien nos arrojara lavandina y los destiñe, no dudaríamos en estallar en furia.

Cuando a fines de 2011, Google decidió rediseñar todas sus aplicaciones -desde las búsquedas a Google Groups, Gmail, Calendar, Docs- no consultó a sus usuarios. Impuso las modificaciones. “Hemos rediseñado totalmente la interfaz y estética para hacerla más clara, sencilla e intuitiva posible”, señaló Jason Cornwell, diseñador de la experiencia de usuario de Gmail. Pero las quejas se multiplicaron. Y muchos comenzamos la resistencia: no dejamos de presionar una y otra vez la opción que Google daba para volver al viejo look (temporalmente) y no nos cansamos de instalar en nuestros navegadores aplicaciones y extensiones como “Minimalist for Everything”, “Better Gmail” o “Gmelius”, que dan un respiro y permiten retomar -parcialmente- el control visual de nuestras casillas y perfiles de Facebook (en este caso, con plugins como Socialfixer.com y Facebook Fixer). Hasta que nos adaptamos -nos rendimos- mientras aguardamos el próximo (y eminente) terremoto visual.

Lo que está en juego acá, sin embargo, no es un mero capricho estético o un altercado por el color de un botón o de una etiqueta. Se trata, más bien, de una disputa más crucial por el control de la llamada “experiencia del usuario”. O sea: hasta qué punto contamos con la libertad de decirle “no” a la innovación por la innovación misma, o de rehusarnos a obedecer el mandato moderno (y de mercado) de renovarnos o perecer. Queremos (y debemos) poder decidir al respecto: tener al menos la opción de darle la espalda a aquella idea vacía de que todo lo nuevo es -por definición- siempre mejor que aquello que consideramos confiable, útil y conocido.

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