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Moby Dick

Separado, con 40 años y de regreso a un rodeo que ya no conoce y que, quizás, hubiera preferido ignorar. ¿A dónde van los hombres cuando llueve?

Por Hernán Brienza

Y un día. Un día sereno, tranquilo como cualquier otro. Uno de esos días en qué pensás que no va a pasar nada, tu vida cambia para siempre. Estás cansado, llegaste a lo que se denomina la mitad de la vida y sentís una tarde un deseo irrefrenable de descansar. ¿Descansar de qué? No se sabe, pero hay un momento en que la naturaleza comienza a llamar indefectiblemente.

Lucas viene con la propuesta: 30 hectáreas en Mendoza. Luján de Cuyo. Precio accesible para cuatro hombres de más de 40 años. Un buen lugar donde descansar. Un buen lugar para invertir. Un buen lugar donde escaparse.

Ezequiel duda. Mariano dice que debería consultarlo. A mí me entusiasma la idea. Dividimos el campo en tres hectáreas para cada uno y nos quedan 28 comunes para producir algo

Olivos y viñedos, se entusiasma Ezequiel, pero no se termina de convencer. Yo imagino una vida alejada de la ciudad, sin necesidad de trabajar de abogado, pudiéndome dedicar al trabajo teórico, que siempre me entusiasmó, a escribir un manual sobre Teoría del Estado para la universidad. Lucas sigue hablando. Pienso en la tierra. En el deseo de plantar árboles, de tener un contacto directo con la naturaleza, ese animal brutal que todo lo destruye y lo regenera, que da vida y mata.

Mendoza. Siempre me gustó la musicalidad de su palabra. Y Ezequiel dice: habrá que ver, y Mariano sonríe, y yo pregunto cuándo. Lucas dice: este finde ¿auto o avión? Auto, conwwwa Mariano.

Y allí vamos un viernes por la noche como cuatro adolescentes en el día de la primavera. Entusiasmados como si la vida nos diera otra oportunidad. Maneja Mariano, Lucas conduce. Los temas van desde la política al fútbol, desde los proyectos faraónicos al interés gastronómico. Ezequiel piensa en una bodega boutique y en plantar olivares. Yo en construir una casa para refugiarme en soledad. Lucas sueña con formar una familia con Agustina cuando pase este momento político. Mariano en cambiar la rutina y dejarle algo a sus hijos.

Nada hay más rejuvenecedor que las ilusiones, las esperanzas y los proyectos. Nada hay más inocente que cuatro cuarentones creyendo que pueden cambiar sus vidas para siempre. Nada más fortalecedor de la amistad que un viaje y un proyecto juntos. Mariano maneja por la ruta 7. Pasamos Luján, Junín, Vedia, Rufino, Darack, Mercedes, San Luis, San Martín, Mendoza. Ezequiel tiene un gesto desproporcionado de su parte: aporta un pen drive con 120 discos de rock nacional de los ochenta, y allí vamos cantando en el camino viejos éxitos que marcaron nuestra época. Porque, ¿cuál es nuestra época? Obviamente, la adolescencia, la primera juventud, los años en que aprendés todo o casi todo. Cuando descubrís el cine y la amistad, las mujeres y el alcohol, el rocanrol y la furia, el cigarrillo y la soledad, la ternura y la marihuana.

Pero hay algo extraño en los cuarenta. Una vez que se transcurre la crisis habitual y tan famosa, ocurre un milagro inesperado: una nueva adolescencia. Se produce una nueva inocencia, se deja atrás el cinismo treintañero y uno comienza a afianzarse en sus logros y a desechar sus imposibilidades, uno comienza a pensar que la carrera absurda y enceguecida por llegar no te hace llegar a ningún lado y que por ahí es mejor parar un poco la pelota y disfrutar del partido.

Cerca de las nueve de la mañana llegamos al campo prometido. Nos abre la tranquera el vendedor. Contemplamos las montañas del Cordón del Plata y nos miramos entre nosotros. El entusiasmo se nota en los ojos. Delante, se extienden las 30 hectáreas, esa gigante, enorme, imposible, inalcanzable ballena blanca.