Publicidad Bajar al sitio
Wine News

Miguel, Miguelito, Mike

Colegas, bodegueros y restauranteurs homenajean a un wwwigo de grandes cambios en la gastronomía argentina.

Todo periodista especializado en vinos y gastronomía tiene su anécdota con Miguel Brascó. Todo dueño de (buen) restaurante, todo bodeguero también la tiene. Y no es casual. Brascó no sólo fue wwwigo, sino que fue protagonista de todo lo que aconteció en la gastronomía argentina de las últimas cinco décadas. Supo hacer trinchera en revistas como Diners primero, pero principalmente en la primera Cuisine & Vins, desde donde recorría con su pluma feroz, su enorme carga de humor, su inteligencia rápida y una mirada siempre honesta y directa los aconteceres de cocineros, restaurantes, productores. En un ambiente de lujos y marcas, Miguel nunca, jamás, se subió al caballo de la pedantería y el esnobismo; por el contrario, participaba de este mundo con pasión y placer, pero también con ironía y crítica. Hizo un personaje de sí mismo, con su moño impoluto y su barriga ancha. Amigo de muchos, popular a niveles insospechados, culto como pocos, dejó enseñanzas y recuerdos a todos. Hoy, en estas páginas, un pequeño homenaje de sus amigos y de colegas que aprendieron de él.

Manolo, qué linda amistad
MANUEL MAS / BODEGUERO
Miguel, Miguelito, Mike. Tener que escribir de vos cuando ya no estás… Miguel Brascó y yo cultivamos una amistad irrepetible. Comenzó temprano en los noventa, a raíz del tema vinos. Pero los vinos por sí solos no dan material para una relación tan rica como la que tuvimos. Al toque, pasamos a las letras, los dos con respeto y pasión por la literatura y la poesía inglesa. Él, sazonándola de regalos valiosos. Dibujos únicos de su pluma y sus coloreadas acuarelas. Señoritas gordas, dieciochescas, con sus tetitas al aire, animales paleolíticos husmeando en copas de vino estrambóticas. Con textos rocambulescos. Sus borradores de poemas.
Leí, a su pedido, en un solo fin de semana, las pruebas de galera de su maravillosa novela Quejido huacho, aventuras de un ingeniero vial por pueblos de la Provincia de Buenos Aires poblados de personajes solitarios, hippies marihuaneros, a su decir, yanquetruces, gente olvidada…
Hace unos meses, nos dedicó a mí y a su otro gran amigo, Carlos López, su último libro, El prisionero, especie de Conde de Montecristo, siglo XVIII, ambientada en tiempos de la Revolución Francesa y que sigue, en su estructura, el simbolismo de una gran jugada de ajedrez. Magistral. Sólo Miguel podía hacer un despliegue tan enorme de imaginación y talento.
Nuestras periódicas salidas, muchas en almuerzos con Carlos López, fueron un clásico en los restaurantes de Buenos Aires. Hicimos juntos viajes maravillosos. Uno memorable visitando Vega Sicilia, la gran bodega secular española. Con nuestras mujeres. Él, recitando poesía del Siglo de Oro por los campos de Castilla. Recibidos por sus dueños como príncipes.
Repetía a Quevedo: “Hice lo que he podido, Destino lo que ha querido”.
Se despidió de mí, hace un par de semanas, en un almuerzo, con: “Manolo, qué linda amistad hemos tenido. Esto que estás viendo es lo último del Brascó”. Y la Muerte llamó a su puerta.
Adiós, Miguelito.

El seductor
DOLLI IRIGOYEN / CHEF
Brascó fue brillante, cambió la forma de hablar del vino, fue un verdadero bon vivant. Era también un caballero, un seductor. siempre tenía un piropo en su boca. Era amoroso conmigo, cuando venía al Espacio Dolli, afirmaba que a esa zona había que llamarla Dolliwood, jugando con el Palermo Hollywood. Charlabamos tanto, bebíamos vinos, hablábamos horas. Incluso, amenazaba que me iba a pintar un bigote y poner un esmoquin, para poder así llevarme al Fork, ese encuentro gastronómico al que iba y donde sólo podían entrar hombres. Él consideraba que yo tenía que ir a esas reuniones, acompañarlo. Ése era su ingenio. Compartí mucho con él, muchos viajes. Y siempre fue un placer. No sólo para mí: en todos lados, cuando estaba en una mesa, todos querían sentarse a su lado: era una garantía de pasarla bien.

Brascó, para siempre
FABRICIO PORTELLI / SOMMELIER
Es una de esas pocas personas de las cuales se puede decir que era y es. Porque era un degustador de la vida, con su inteligencia puesta al servicio del disfrute. Porque era chispeante, bueno, divertido y muy culto, pero también muy catalán. Se fue y nos dejó tanto que es como si estuviera. Porque es el más grande defensor de los vinos argentinos, porque es el mayor influyente del consumidor en lo que a buena vida se refiere. Y porque además es ilustraciones, literatura, poesía y música. Sin duda, Miguel, gracias a su obra y a su persona, es eterno.

Hasta Borges fue reescrito por Brascó
ELIZABETH CHECA / PERIODISTA
Trabajé con Miguel desde 1985 hasta el 2000. Siempre me divertí. Su editorial, la que editaba Cuisine & Vins entre otras revistas, se llamaba Re-writing. Si entrabas a trabajar ahí, debías colgar tu ego en el perchero. Todas las notas pasaban por Brascó, las reescribía. Algunos no aguantaron, ¿cómo les iban a cambiar sus palabritas? Hasta hubo algunos periodistas que renunciaron después del primer cambiazo. Recuerdo cuando alabó una nota mía para un revista que hacíamos, Sal y Pimienta: “Escribís genial Checa, te envidio por tu humor y levedad, yo no puedo, me complico, pongo insert y allí me voy a la mierda. Me hiciste reír tanto. Fijate, quedó genial”, me dijo devolviéndome el disquete (eran tiempos de disquete). Había reescrito y cambiado totalmente mi artículo. Tenía razón, quedó genial. 

BrascóUna fiesta, todos los días
EMILIO GARIP / RESTAURANTEUR

A Miguel lo conocí en un momento muy malo de su vida, había perdido a su gran amor, Lucila Goto. Ellos dos fueron los genios de Cuisine, que junto a un equipo incomparable nos enseñaron ese mundo de fantasía y magia que hoy llamamos “gourmet”. Con Brascó, conectamos instantáneamente, en ese momento no me daba cuenta, pero todo se estaba cocinando. Y no a fuego lento sino a la plancha, vuelta y vuelta. Juntos vivimos la modificación de la enología.
Tuve la suerte de hacer muchos viajes con él y me costaba seguirlo. Miguel, con unas pequeñas siestas en los traslados cortos, estaba activo desde muy temprano hasta las sobremesas de la noche, pasando por caminatas, largos y copiosos almuerzos, degustaciones desde las 9 de la mañana, comilonas, agasajos. Lógico: era Miguel Brascó, todos lo agasajaban, todos querían saber si estaban en el camino correcto.
Tuvimos la gran suerte con mi mujer de ir a la mejor boda, una boda casi de la realeza. Miguel se casaba con Luisa. Fue en el hotel de La Toja, en Galicia, en un agosto donde el sol brilla sobre el mar azul, los toldos amarillos, el brillo de los balcones mirando a la playa , los Rolls-Royce. La fiesta comenzó con los invitados en la piscina, riendo, tomando tragos, luego un almuerzo y alguien dijo: “¡a vestirse que llegamos tarde!”. Fuimos a la capilla del hotel, revestida con conchas marinas, y a los pocos minutos entraron Miguel y Luisa, seguidos de 14 padrinos, la prensa sacando fotos y el público agolpado detrás de las vallas. Al terminar la ceremonia, nos esperaban con caviar, angulas, jamón de jabugo, champagne, luego la comida, el tango, la torta. Lo que a mí me parecía un mundo de películas, a él no lo asombraba: siempre había escrito de eso.
Voy a extrañar las charlas, las grandes enseñanzas. Miguel te enseñaba sin demostrarlo, juntos repasabamos cómo se podían hacer las cosas en nuestro mundo, para que fueran posibles.
Dibujante, poeta, filósofo, el gran gourmet, sabio, gracioso y el mejor compañero de mesa, de viajes. Amigo de los grandes, todos le hacían reverencia y él sabía apreciarlas.
Así vivió Brascó. Hoy nos toca decirle un “hasta luego, maestro”. Para él, la vida era lo que nosotros llamamos una fiesta. Una fiesta que se repetía todos los días. ¡Salud, querido amigo! Salud, Brascó. Tu mesa en Oviedo, la número 1, lleva tu nombre desde hace años. La mesa de Miguel Brascó.

De bobetas y babletas
ANDRÉS ROSBERG / SOMMELIER
Brascó siempre me impactó por varias cosas distintas: su espíritu casi renacentista, que lo llevó a vivir varias vidas en una y a codearse con lo más granado del arte y la cultura nacional a lo largo de decenas de años; su personalidad jovial, creativa, irreverente y librepensadora; su estilo personalísimo para escribir, reconocible en una línea y pionero en lograr que la gente le interesara hablar y leer de vinos; su elegante sentido del humor, signado por la ironía y la chispa. Todavía recuerdo algunas de sus provocadoras columnas, en las que fustigaba a una entonces incipiente sommellerie Argentina –especialmente una titulada De bobetas y blabletas, si la memoria no me falla. Sin embargo, siempre sospeché que se debía más a una pulsión por polemizar que a otra cosa: a mí siempre me trató con respeto y generosidad, y, a la hora de publicar su guía de vinos, supo asociarse a Fabricio Portelli, otro de los primeros sommeliers del país. Su partida nos deja a todos un poco más pobres, pero creo que se puede ir en paz, con la satisfacción del deber –¿del beber?– cumplido. 

Tres generaciones unidas
EDUARDO LÓPEZ / BODEGUERO

Con Miguel, tuvimos una amistad que trascendió a tres generaciones de López. Su relación empezó con mi abuelo José Federico, fue amigo de papá (Carlos Alberto), con quien almorzaba cada 15 días junto con Manuel Mas (Finca La Anita) y tenía con mi hermano Carlos y conmigo una relación muy cercana. Tan cercana que elaboró con nosotros el único vino al cual le puso su nombre: “Miguel Brascó Corte 279”. Casi tres años estuvo probando vinos, para definir dónde pondría su nombre y su dibujo (la etiqueta tiene un dibujo bien característico de él). Con Miguel, aprendimos distintas formas de cómo comunicar el vino, participó en cientos de degustaciones y charlas de la bodega en muchas ciudades argentinas, compartimos muchos almuerzos, buenos vinos y largas charlas sobre la vida… ¡Lo vamos a extrañar!

Un fuera de serie
FEDERICO FIALAYRE / RESTAURANTEUR

Admiro a Brascó desde chico. ¿Cómo no hacerlo? ¡En una sola revista, embutía fotos de mujeres semidesnudas, un reportaje a Nabokov o a Burgess, por caso, y notas hilarantes sobre gastronomía! Brascó hablaba como escribía y escribía como nadie. Tenía una habilidad descomunal para conceptualizar fenómenos complejos, haciendo parecer fácil lo imposible y revelando aspectos desconocidos en lo que creíamos dado y simple. Era buenísimo como dibujante y novelista, me gustaba todavía más como poeta y orador, pero me encandilaba como articulista. En esa disciplina, conjugaba ideas, prosa y humor. Hay articulistas buenísimos con los que coincidís siempre, y otros mejores que te dicen cosas nuevas: Miguel era del segundo grupo. Tenía oficio para desmalezar temas tan espinosos como la gastronomía y el vino, descartando toda la pavada y los mitos ridículos que la rodean. Sus notas en la revista Veintitrés adelantaron una década (mínimo) cuando exaltaban conceptos como amabilidad en los vinos y drinkability (facilidad para ser bebidos) mientras la moda ¡global! iba en sentido opuesto.
Lo confieso: muero por escribir sobre los cientos de anécdotas, afectos, datos y diálogos que compartimos, pero se van a divertir mucho más repasando su obra, un legado difícil de compilar por su naturaleza polifacética y por el soporte efímero (revistas, diarios) de una gran porción de ella. Ciertamente, despedimos a un fuera de serie.

El nudo del moño
JULIÁN DÍAZ / RESTAURANTEUR
Conocí a Brascó en mi primera visita a Oviedo, con 19 o 20 años. Él estaba sentado con Emilio Garip, y casi por azar nos auspiciaron a que con Flor, mi mujer, tomemos un vino muy superior al que podíamos permitirnos. Desde ese momento, me di cuenta de que Brascó brindaba cosas maravillosas. Con Brascó, aprendí a hacer el nudo del moño en el baño de 878, la verdadera historia del Gin&Tonic, la elegancia de los vinos delicados, la verdad del risotto, y gracias a él probé a conciencia por primera vez en mi vida un gran vino argentino. Sin haber sido muy próximos, me siento agradecido por mucho de lo que hago, de lo que sé, de lo que como y de lo que tomo.

Hombre de mundo
PABLO STROZZA / PERIODISTA
Leerlo, mirarlo por TV, admirar sus dibujos o sorprenderse con sus poemas o sus anécdotas: lo que se hacía con Miguel Brascó en cualquiera de sus apariciones era prestarle atención, como correspondía a un hombre de su fuste. Siempre me impresionó su convicción para recomendar esos vinos antes llamados “finos”, que en estos momentos, en los que el conocimiento medio sobre cepas creció, son vinos de todos los días. Con ese gesto, Brascó representaba la quintaesencia del hombre de mundo que podía disfrutar de una comida en un hotel cinco estrellas como de una mila con fritas en un bodegón. No se fabrican más seres como él.

×