Publicidad Bajar al sitio
Cocineros

Mi otro yo

Durante varios años el charme francés lo mantuvo cautivo de la haute cuisine. Pero su gen nativo terminó por desatarse y liberar su propia esencia.

Por Pamela Bentel
Fotos: Alejandro Lipszyc

La vida lo nació peruano, el destino lo educó francés. Y en ese profundo juego de opuestos, Antonio un día se encontró con el eterno dilema del ser y del parecer.

Hijo de exiliados políticos, una maestra y un periodista, su historia se nutre de ideales, desapegos y una permanente búsqueda de la propia identidad.

Nacido en Lima, pasado unos meses por Colombia, hasta los seis años, París lo cobijó, alimentándolo con sabores galos y el savoir faire francés. Un listado de excentricidades como el tartar, el foie gras, el brie y otras tantas especialidades fueron parte de su más temprana iniciación en los sentidos del paladar.

Hasta que un día Alfonsín anunció la vuelta a la democracia, y su padre casi en un grito de gol, decidió emprender el regreso. Previa pasada por Lima, tierra de su abuelo paterno, donde se reencontró con toda una parva de hasta ese entonces perfectos desconocidos, su familia. Personas que no paraban de manifestarle sus más sentidas demostraciones de cariño y de estar omnipresentes en cada uno de sus días en la gran casa de Lima. Una situación que, reconoce, le resultó agobiante y confusa en ese momento. Un niño cuyo pequeño mundo hasta ahí habían sido sólo sus padres y hermanos en la parquedad solemne del ámbito francés.

Diferencias irreconciliables de culturas que entienden de manera muy distinta las formas del ser y el estar. Ambigüedad que ya empezaba a revolucionar su interior.

Soriano Returns
En un Renault 12 Dacia rumano y a campo traviesa desde Lima, se dieron a la aventura de volver. Antonio tiene una exquisita memoria para los detalles y sus relatos minuciosos de datos parecen salidos de los cuentos de Julio Verne.

Justiciero desde chico, un episodio de encontrar culpables de travesuras entre primos lo entusiasmó con la posibilidad de ser abogado: “Tampoco había tanto para elegir más que carreras tradicionales que respondían a lo establecido”, recuerda. Pero se adentró en las leyes, se repugnó de los métodos, se alejó del Derecho y se comprometió con la causa, esa de defender por sobre todo la auténtica verdad de las cosas.

Ser cocinero no estaba en los planes, no era una posibilidad. Sus influencias culinarias más cercanas eran una abuela judía escapada de un campo de concentración -“que nos llenaba a tortas”- y su padre, un cocinero de domingos que lo ha hecho recorrer mercados y que le enseñó, con sus desmedidas bacanales, una forma de expresarse.

Como hermano mayor, estaba habituado a cocinarle a sus hermanos, a cocinarse cuando nadie lo esperaba y a lucirse con sus amigos antes de las salidas.

“Me encanta comer. Comer rico te cambia el humor”, dice, a la vez que reconoce haber cocinado cosas horribles… De tanta prueba y error perfeccionó su arte, y un apasionado Gato Dumas desde la tevé terminó por encantarlo. También descubrió que de esa manera convocaba multitudes y generaba alegrías colectivas: “Como un equipo de fútbol cuando sale a jugar los domingos”.

Ese, el fútbol, otro de sus estigmas familiares. Su abuelo peruano fue ingeniero agrónomo, pero mucho más, futbolista amateur. Atajaba para distintos equipos y hasta fue convocado por clubes internacionales. Llegó a la Argentina de gira, jugó en Argentinos, en Banfield y se consagró en el River del 45`.

En oposición y como resultado de un hecho poco claro, en el que le hicieron creer que los cánticos que avivaban una manifestación eran por Boca, su propio padre terminó de ese equipo. Y Antonio, buen hincha de su papá, siguió el mismo camino. Aunque él hoy lo explique de una manera mucho más irónica y desafiante: “Es la evolución natural de la especie”.

Su costado más villano lo pinta rencoroso, pero como respuesta a una doliente sensación de que a veces no hay justicia y esa es su kriptonita: “Me apaga, me desmotiva”.

Le encantaría tener poderes especiales, como los de los superhéroes de su infancia, donde Gambito de los X-Men se lleva el podio. “Me dedicaría a leer las mentes, a volar, y lo mejor… comer sin límite y sin tener que cuidarme.” Cada capítulo estaría ambientado con música de Malosetti, Otero o los Dancing Mood, sus preferidos.

No sería feliz si perdiera el sentido lúdico y de niño que esconde su personalidad, ese que su pequeña de apenas dos años tanto le ayuda a preservar, y al que da rienda suelta cada vez que se fervoriza jugando juegos virtuales con sus hermanos o pensando en las travesuras más endiabladas. Como cuando se dedicaban a los campeonatos de tirar papel mojado contra el techo.

Podría haber elegido vivir en París, más cómodo, más resuelto, y reconoce que tanto ahí como en Cuzco suele sentir paz. Pero sabe que en Buenos Aires es donde su energía vale más. Y donde se puede dedicar a actos heroicos como el más reciente, haber dejado de lado la comodidad de un trabajo estable o las mieles de grandes ofrecimientos para seguir su sueño: tener su propio restaurante, Soria.

Antonio aprendió que para ser feliz uno debe ser consecuente con sus ideales y con su verdadera identidad, así uno sea un superhéroe o un simple mortal.

×