Publicidad Cerrar X
Entrevistas

Mi marciano favorito

Con su reciente Maps to the Stars, Cronenberg hace lo que mejor le sale: revolucionar espectadores.

Por Diego Lerer (Desde Cannes, especial para Bacanal)

Aunque no lo parezca, David Cronenberg siempre quiso ser un comediante. Es cierto, sus películas oscuras, densas y filosas parecen ir por el carril opuesto a cualquier cosa que pueda ser considerada graciosa, pero el realizador canadiense se considera de todos modos un tipo divertido. ¿De qué otra manera, sino, analizar ese look casi payasesco con el que recorrió la habitualmente muy elegante y glamorosa alfombra roja del Festival de Cannes? ¿De qué otra forma tomarse las corrosivas e irónicas respuestas que da ante cada simple pregunta que se le hace? Sí, aunque usted no lo crea, el mundo se perdió a Cronenberg, el humorista.

Tal vez, a los 71 años, el director de Una historia violenta, Crash y La mosca, todavía esté a tiempo de dar a conocer esa faceta algo oculta de su personalidad. Maps to the Stars, su más reciente película de inminente estreno en Argentina, es lo más parecido a una comedia que hizo en toda su vida. Viniendo de una mente retorcida como la suya, es obvio que el humor del filme no es el más convencional ni accesible del mundo, pero es humor al fin. Y la gente se ríe con la película. Mucho.

Maps to the Stars es una sátira sobre Hollywood en la que el humor más negro se mezcla con historias familiares trágicas, en donde la búsqueda de la fama se convierte en un espectáculo casi de varieté, pero también en un deporte brutal y salvaje, de esos que dejan víctimas a través del largo y sinuoso recorrido de la avenida Mulholland Drive. Un universo que el cine ya mostró en clásicas películas como El ocaso de una vida, Las reglas del juego o la propia El camino de los sueños, pero que tal vez nunca habían sido descriptas de manera tan maliciosa y virulenta como en este filme inspirado en las experiencias del escritor y guionista Bruce Wagner.

El filme narra la historia de Agatha (Mia Wasikowska), una adolescente con el rostro parcialmente quemado, víctima de un misterioso accidente. Recién llegada a Los Angeles desde Florida, la chica consigue trabajo como asistente de Havana Segrand (Julianne Moore), una estrella de Hollywood en decadencia que sueña con protagonizar una remake de un filme que hizo su madre, también actriz. Para “resolver” algunos asuntos pendientes con su madre muerta, Havana trabaja con un bastante bizarro terapeuta de famosos (John Cusack) que, además, es padre de una insoportable estrella adolescente tipo Macaulay Culkin. Todos ellos (además de un conductor de limousines que encarna Robert Pattinson) se cruzarán de maneras impensadas en una historia que sirve más que nada como excusa para lanzar una mirada dura e impiadosa sobre este universo de adictos a la fama.

Humor registrado
De toda las películas de Cronenberg, Maps to the Stars es la que se presenta más claramente como una comedia. El director, sin embargo, no está de acuerdo con que sea la primera. “Todas mis películas son divertidas –dice, usando un permanente tono sarcástico–. Tienen humor y comedia. Y esta no es una excepción. Mucha gente me dice que debería hacer comedias y yo siempre les conwwwo que es lo único que hago. ¡La divina comedia! (sic)”

-Pero en esta película el humor está más en primer plano, en las anteriores siempre era algo secundario. Tomándolo así, ¿fue diferente la forma de encarar el trabajo?
-No, para nada. No la sentí diferente. Es decir, cada película es diferente y ésta lo es también, pero no por eso. Aquí traté de hacer lo mejor en función del guión de Bruce (Wagner), tratar de ser fiel a su voz y a su visión de Los Angeles y de la humanidad. Así que cúlpenlo a él si la película les parece diferente, no es mi problema (se sonríe). Creo que la película toca varios tonos y cambia de escena a escena, pero es probable que haya un poco más de humor que en otras. Algunos actores pensaron que era una comedia…

-¿Qué le interesó de las vidas de este grupo de personajes? ¿Qué le encontró de divertido?
-Siendo un existencialista profesional (risas), debo decir que lo que veo es un grupo de gente desesperada por existir y aterrorizada por dejar de hacerlo. Para ellos ser descartados por la industria, por Hollywood, es como morirse en vida. Hay desesperación porque es un asunto de supervivencia para ellos, de vida o muerte. Y eso da resultados trágicos pero también muy divertidos.

-¿Qué parte de la industria del cine considera más repulsiva?
-¿Repulsiva? Nada, todo es fabuloso… Mirame. ¿No ves cómo me estoy divirtiendo? ¡Todo es genial! La película no es solo sobre Hollywood y la industria del cine. Podría transcurrir en Silicon Valley o en Wall Street, en cualquier lugar en el que haya gente ambiciosa, desesperada, codiciosa y temerosa. Tal vez en Hollywood esas cosas se hacen más obvias y evidentes, pero sucede en todos lados. No es solo un ataque a la industria del espectáculo.

¿Hay algún personaje que se base en una celebridad real? ¿O se ha topado con gente parecida a los personajes?
-No, para nada, no hay personas reales en las que me baso… (hace un breve silencio). Pero estoy bromeando.

writeFlash({“src”:”http://www.youtube.com/v/Zd5EM7Z0MS8″,”width”:”350″,”height”:”288″});

 

 

 

 

 

 

 

Sexo y juventud
Cronenberg está de buen humor. Y lo demuestra en cada respuesta. En una época en que se ponía más serio (incluso de mal humor) en las entrevistas llegó a decir que el trabajo en una película estaba hecho en un 90 por ciento en el casting. Hoy, asegura: “No está hecho el 90 porciento del trabajo en el casting. Diría que es el 72,5 por ciento del trabajo el que se hace en el casting. La otra vez me equivoqué, hice mal las cuentas”.

– ¿Pero sigue pensando que el casting es importante?
-Es mucho más fácil trabajar cuando tenés actores excelentes que saben lo que están haciendo, eso hace que dirigir sea mucho más simple. Gran parte es elegir buenos actores y acá tuvimos suerte…

-Julianne Moore (que ganó el premio a la mejor actriz en Cannes por este papel) está increíble en un papel muy arriesgado. ¿Qué le aportó ella de su propia experiencia al rol?
-Como yo, Julianne tampoco soporta vivir en Los Angeles. Ella vive en Nueva York. Tiene 50 y tantos años y conoce a muchas actrices que a esa edad empiezan a desaparecer. Ella sabe que su caso –es muy bella y talentosa– es una excepción. El mundo del cine es muy brutal. Ella podía basar su personaje en muchas actrices que conoce, actrices que tuvieron su momento de fama a lo largo de tres o cuatro años y luego desaparecieron por falta de talento o porque no envejecieron bien. Es un trauma existencial: “Soy actriz pero no puedo trabajar más. ¿Quíen soy? ¿Todavía existo?” Hay mucho material para trabajar ahí y ella lo hizo muy bien.

-La edad es también un tema central de la película. Medio en broma, medio en serio, a las mujeres se las trata de “viejas” cuando tienen más de 25 años…
-Es un poco así. No tienen un sentido de su propia edad, es como si no supieran que van a envejecer y que son mortales como cualquiera. Se vuelven crueles porque tienen miedo. Y el miedo crea monstruos. Son chicos que se convirtieron en famosos pero que no tienen a nadie que les enseñe nada, solo madres que los empujan a hacerse famosos para vivir a través suyo y que no les advierten nada de lo que les puede suceder. Los padres se convierten en monstruos y luego los hijos también.

-En esta película vuelve a una imagen favorita de toda su obra: el sexo en los autos. Además de Crash, obviamente, aparecen escenas así tanto acá como en Cosmópolis, entre otras. ¿Es algo consciente o deberíamos hablar con su terapeuta?
-No es que yo haya inventado el sexo en los coches, ¿eh? Parte de la revolución sexual viene del coche, de poder estar lejos de los padres, en la ruta, libre. No creo estar rompiendo ningún tabú con poner escenas donde hay gente teniendo sexo en autos. Hoy hay coches buenísimos para tener sexo… (risas) Recuerdo que Ted Turner abandonó la distribución de “Crash” porque me dijo que si la gente veía esa película iba a tener ganas de tener sexo en coches. Yo le dije que seguramente había una generación entera de estadounidenses que habían sido concebidos en la parte trasera de un Ford ‘54. No es que sea algo novedoso, ¿no?

Sin mirar a Hollywood
David Paul Cronenberg nació en marzo de 1943 en Toronto, Canadá, hijo de un escritor estadounidense y una música canadiense. Fascinado por el cine desde la época de la universidad, comenzó a filmar películas que pronto se hicieron famosas por su acercamiento a la violencia y al horror físico, algo que mantuvo a lo largo de toda su carrera más allá de sus diferentes proyectos. Sus primeros éxitos de terror clase B (como Shivers o Rabia) dieron paso a películas más grandes dentro del mismo género, como Scanners, La zona muerta y La mosca, para luego entrar en una veta autoral menos directamente ligada a los géneros, en filmes como Pacto de amor, El almuerzo desnudo o Spider, entre otros.

Recientemente, con títulos como Una historia violenta y Promesas del Este junto a otros como Un método peligroso y Cosmópolis, Cronenberg ha dejado una vez más en claro que no intenta limitarse a trabajar dentro de los confines y estructuras del cine comercial. Sus películas pueden ser violentas, extravagantes y bizarras pero, a la vez, analíticas, románticas y sí, también cómicas. Pueden ser accesibles, como Maps to the Stars o las que hizo con Viggo Mortensen; o impenetrables como Spider o existenZ. Pueden ser cualquier cosa que él imagine. Son películas que sólo pueden definirse como… películas de Cronenberg.

-Pasan los años y usted siempre sigue siendo un referente para muchos. ¿Cómo hace para reinventarse permanentemente?
-La verdad es que yo no siento que me estoy reinventando. Trato de entretenerme, de divertirme. Para mí cada proyecto es una exploración, algo que me hace preguntarme qué significa ser un ser humano, en qué consiste la condición humana, si es algo genético, cultural. Hay muchas formas de acercarse a ese tema. La mía es hacer estas películas.

¿Cuál es el secreto para poder seguir haciendo películas fuera de Hollywood?
-Fracasando (risas). Fracasando en Hollywood, quiero decir. Intenté hacer películas dentro de la industria, es muy seductor hacerlo. Sabés que no vas a tener la libertad creativa que tenés cuando trabajás de manera independiente, pero también sabés que no vas a tener que luchar años para conseguir financiamiento y que tendrás un muy buen sueldo. Es como hacer un pacto con el Diablo. Hay que saber aceptar las limitaciones y jugar el juego. Yo iba a hacer una película de espías con Tom Cruise y Denzel Washington. Me gustaba el guión que había escrito y pensaba que era una dupla de actores muy interesante. Pero nunca se hizo porque el estudio que la financiaba (MGM) quebró. No fue ni mi culpa ni la de ellos. ¿Hubiera sido una experiencia horrible? Tal vez sí, pero no lo sabré nunca.

-¿No volvió a probar?
-No, elegí seguir con mi carrera viviendo en Toronto. No soy estadounidense y si bien las diferencias con los canadienses no parecen importantes para ellos, para nosotros lo son. Nunca quise convertirme en un director de Hollywood. Mi mirada siempre estuvo enfocada hacia Europa. (Ingmar) Bergman, (François) Truffaut, la Nueva Ola francesa, el cine de arte de los años ‘60. Y mis películas terminaron siendo eso, coproducciones entre Canadá y Europa.

-Estudió Literatura pero nunca escribió una novela hasta ahora (se titula Consumed y se editará en septiembre). ¿Qué lo motivó a hacerlo ahora, finalmente?
-No escribía porque me inhibía la competencia… La influencia de gente como (William S.) Burroughs o (Vladimir) Nabokov era intimidante. No podía salir de eso. Cuando empecé a hacer películas los cineastas no eran mirados de la misma manera, con la misma clase de respeto que los escritores, así que pude encontrar mi propia voz.

×